El Abogado Acusado: Cómo Salvar a una Heredera Millonaria lo Involucró en una Deuda de Sangre y una Herencia Millonaria

El oficial, un hombre corpulento con un bigote espeso y una voz grave, repitió la acusación con una frialdad que me heló hasta los huesos. "Tenemos una orden de arresto, señor. Le aconsejo que no oponga resistencia." Los otros dos agentes ya estaban flanqueándome, sus manos cerca de sus armas. Mi cabeza daba vueltas. ¿Cómo podía ser esto posible? Un día antes era un héroe anónimo, ahora era un criminal.

"¡Pero si yo salvé a esa mujer!", grité, mi voz quebrándose de indignación y miedo. "¡La saqué del coche, la llevé al hospital! ¡Pregúntenle a ella!"

El oficial me miró con una expresión de incredulidad, casi de lástima. "La señorita Clara Beaumont está en coma inducido, señor. Y, por cierto, cuando los paramédicos llegaron al lugar del accidente, y más tarde la policía, faltaba un objeto de incalculable valor de su vehículo. Un collar de esmeraldas, una reliquia familiar con un valor estimado de varios millones de dólares."

Millones de dólares. La cifra rebotó en mi cerebro, absurda, irreal. Yo vivía al día, pagaba mi alquiler con el sudor de mi frente como diseñador gráfico freelance. ¿Un collar de esmeraldas? ¿Yo? ¿Un intento de homicidio? ¿A una mujer embarazada a la que me había dejado el alma por salvar?

Me esposaron en un instante. El frío del metal en mis muñecas era un shock. Mis vecinos, curiosos, se asomaban por las ventanas, susurrando. La vergüenza me quemaba la cara, pero era un fuego insignificante comparado con la furia y la desesperación que comenzaban a gestarse en mi interior. Subí al asiento trasero de la patrulla, sintiéndome como un animal enjaulado.

En la comisaría, el interrogatorio fue brutal. Me sentaron en una sala pequeña y fría, con una mesa de metal y dos sillas. El oficial al mando, un detective llamado Vargas, tenía ojos cansados pero penetrantes. Me mostró fotos del coche destrozado, fotos de Clara Beaumont en la camilla del hospital. Luego, una foto de un collar. Era una joya impresionante, cada esmeralda brillaba con una luz propia, engarzada en oro blanco.

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"Este collar", dijo Vargas, golpeando la foto con un dedo, "es el 'Corazón de la Selva'. Pertenece a la familia Beaumont, una de las dinastías más ricas y poderosas de este país. La señorita Beaumont lo llevaba consigo para una exhibición privada antes de que su coche sufriera 'el accidente'." Hizo énfasis en las últimas dos palabras, como si dudara de su veracidad.

Yo intenté explicarme una y otra vez. Les conté cada detalle de la tarde anterior, cómo me detuve, cómo la saqué, cómo corrí al hospital. Mi voz se desesperaba, mis palabras se atropellaban. "¡No vi ningún collar! ¡Solo pensaba en salvarla a ella y a su bebé!"

Vargas me escuchó con paciencia exasperante, tomando notas ocasionalmente. Luego se recostó en su silla. "Señor... no hay testigos que lo hayan visto sacarla del coche. Usted fue el primero en llegar y el primero en irse. Nadie en el hospital lo registró, nadie tomó sus datos. Es como si usted nunca hubiera estado allí, excepto por su propia palabra."

La realidad me golpeó como un mazazo. Había actuado por instinto, sin pensar en las consecuencias, sin dejar rastro. Mi acto de heroísmo se había convertido en mi peor pesadilla. Era el sospechoso perfecto: un desconocido que apareció de la nada, con acceso al vehículo y a la víctima, y luego desapareció.

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"Además", continuó Vargas, su voz ahora más grave, "la familia Beaumont tiene razones para creer que el accidente no fue un accidente. La señorita Clara Beaumont es la única heredera directa de su fortuna. Su tío, el señor Richard Beaumont, ha contratado a los mejores abogados del país, y ellos ya han presentado cargos formales."

El nombre "Richard Beaumont" resonó en mi cabeza. Un hombre de negocios implacable, conocido por su influencia y su fortuna. Si él creía que yo era culpable, mi destino estaba sellado. Me sentí solo, diminuto, enfrentando un ejército invisible de poder y dinero.

Pasaron las horas. Me asignaron un abogado de oficio, un joven recién salido de la facultad, con más idealismo que experiencia. Me miró con compasión, pero también con una clara desesperanza en sus ojos. "Esto es grave, Mateo", me dijo, usando mi nombre por primera vez. "La familia Beaumont tiene recursos ilimitados. Y la evidencia... es circunstancial, pero fuerte. Usted estaba allí. El collar desapareció. Y no hay nadie que pueda corroborar su historia."

La idea de pasar el resto de mi vida en prisión por un crimen que no cometí, por un acto de bondad, me aplastaba. Pensé en mi madre, en lo decepcionada que estaría. Pensé en la mujer, Clara, y su bebé. ¿Sobrevivirían? ¿Y si ella despertaba y podía contar la verdad? Esa era mi única esperanza.

Pero los días se convirtieron en semanas. Clara seguía en coma. Los abogados de los Beaumont exigían una fianza exorbitante, imposible para mí. Mi pequeño apartamento fue registrado, mi vida puesta bajo el microscopio. No encontraron el collar, por supuesto, pero eso solo los hizo más sospechosos. Creían que lo había escondido bien.

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Una tarde, mientras estaba en mi celda, un guardia me llamó. "Tienes visita, Mateo. Un abogado de la familia Beaumont." Mi corazón dio un brinco. ¿Venían a negociar? ¿A ofrecerme un trato?

No. Era una mujer elegante, de unos cincuenta años, con un traje de sastre impecable y una mirada de acero. Se presentó como la abogada principal de Richard Beaumont. Su voz era fría, calculadora. "Señor...", comenzó, su tono denotando su desprecio. "Mi cliente está dispuesto a ofrecerle un trato. Declare su culpabilidad por el robo del collar y el intento de homicidio, y le garantizaremos una pena menor. Si no, le espera la pena máxima."

Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Culpable? ¿De algo tan monstruoso? "¡No! ¡Jamás! ¡Yo no hice nada de eso!"

Ella sonrió con frialdad. "Piénselo bien, señor. Sin la declaración de la señorita Beaumont, su palabra no vale nada contra la influencia de la familia. Y le aseguro que mi cliente no se detendrá ante nada para proteger su fortuna y a su familia. Especialmente ahora que la herencia está en juego."

La herencia. Esa palabra, dicha con tal peso, me hizo dar cuenta de la verdadera magnitud de lo que estaba enfrentando. No era solo un collar, era una lucha por el control de una fortuna. Y yo, el humilde salvador, me había convertido en el peón perfecto en un juego de poder que me superaba por completo. Estaba atrapado. La soga se apretaba alrededor de mi cuello. ¿Quién había orquestado todo esto? ¿Y por qué?

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