El Abogado Atado y La Deuda Millonaria: El Escándalo que Sacudió la Mansión De La Vega

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente en esa mansión. La verdad, mi querido lector, es mucho más impactante de lo que imaginas. Prepárate, porque la fachada de perfección de la familia De la Vega estaba a punto de desmoronarse por una deuda millonaria y un secreto que cambiaría todo.
El eco de sus propios pasos resonaba en el mármol pulido de la mansión. Eran las 6:30 de la mañana. Sofía, la niñera de los mellizos De la Vega, siempre llegaba puntual, incluso antes de que el sol decidiera asomarse por completo sobre los inmensos jardines. La opulencia de la casa era casi obscena: techos altos, candelabros de cristal que brillaban incluso con la tenue luz del alba, alfombras persas tan gruesas que los pies se hundían en ellas. Sofía, con su modesto uniforme gris, se sentía una hormiga en un palacio.
Se dirigió a la cocina, un santuario de acero inoxidable y tecnología de punta que rara vez usaba para algo más que preparar los cereales de los niños. El aroma a café recién hecho, que seguramente el señor Ricardo De la Vega ya había programado, empezaba a flotar en el aire, mezclándose con el dulzor de las flores frescas que la florista cambiaba religiosamente cada mañana. Todo parecía normal, la rutina de lujo habitual.
Pero un sonido la detuvo en seco.
Un sollozo.
No era el lamento de un niño que había tenido una pesadilla, ni el suave ronquido de los pequeños en su sueño matutino. Era un quejido ahogado, un lamento casi inaudible que provenía del ala oeste de la mansión. Esa zona estaba prohibida para el personal, reservada para las oficinas privadas del señor Ricardo y un estudio que la señora Elara De la Vega usaba para sus reuniones de caridad. Los empleados lo llamaban, en secreto, "el cuarto de castigo" por las historias que se contaban de los desafortunados que osaban contrariar a los De la Vega.
El corazón de Sofía empezó a latir con una fuerza inusitada, golpeando contra sus costillas como un tambor de guerra. Una punzada de miedo frío se instaló en su estómago. Se acercó despacio, cada paso sobre el mármol parecía resonar con una fuerza desproporcionada en el silencio sepulcral de la casa. Sentía que caminaba sobre cristales, temiendo hacer el más mínimo ruido.
El sonido se hizo más claro a medida que avanzaba. Ya no era un simple sollozo. Era una voz temblorosa, ronca por la desesperación, pidiendo clemencia. Sofía se detuvo frente a la puerta de roble macizo del estudio, su respiración apenas perceptible.
Y luego, una frase helada, inconfundible, la voz de la señora Elara De la Vega, cortó el aire como un cuchillo: "¿Creíste que podías engañarnos? Esto es solo el principio. Vas a firmar, Aurelio, quieras o no".
Elara. La perfecta anfitriona, la filántropa incansable, la mujer que siempre tenía una sonrisa para las cámaras y una palabra amable para sus empleados. ¿Era esa la misma voz que acababa de proferir una amenaza tan gélida? Sofía se pegó a la puerta, el ojo pegado a la rendija que apenas dejaba pasar una fina línea de luz.
Lo que vio la dejó petrificada.
En el centro de la habitación, atado a una silla de madera tallada que normalmente servía para visitas importantes, estaba un hombre. Su cabeza colgaba, su cabello blanco y escaso pegado a la frente por el sudor. Sus gafas estaban torcidas y su traje, impecable la última vez que lo había visto, ahora estaba arrugado y manchado. Era el Dr. Aurelio Mendoza, el abogado de la familia De la Vega, un hombre de unos setenta años, conocido por su integridad y su intachable carrera en el mundo legal.
La garganta de Sofía se cerró. Un nudo de incredulidad y horror le impidió respirar. ¿Cómo era posible? El Dr. Mendoza, el pilar de legalidad de los De la Vega, atado como un criminal en su propia casa. La fachada de perfección, de riqueza legítima y de moral intachable que los De la Vega proyectaban al mundo, se desmoronaba ante sus ojos con la brutalidad de un castillo de naipes.
El señor Ricardo De la Vega, con su impecable pijama de seda, estaba de pie junto a Aurelio, sosteniendo una carpeta de cuero. Su rostro, generalmente calmado y autoritario, estaba contraído por la furia. "Aurelio, no nos hagas perder más tiempo. Sabes lo que está en juego. Esa propiedad nos pertenece por derecho, y tú tienes la llave."
El abogado levantó la cabeza con dificultad. Sus ojos, enrojecidos y cansados, miraron a Ricardo con una mezcla de desafío y desesperación. "No puedo, Ricardo. Sería un fraude. La voluntad de tu tío fue clara. La mansión, la verdadera mansión del lago, es para... para ella. No para ustedes. Y la deuda millonaria que él cubrió, también es suya."
Elara De la Vega, vestida con una elegante bata de seda que contrastaba cruelmente con la escena, se acercó al abogado. En su mano, un bolígrafo de oro. "Tonterías, Aurelio. Esa muchacha no merece nada. Tuvo la suerte de ser la sobrina de un excéntrico, pero no tiene ni la más mínima idea de cómo administrar un patrimonio así. Nosotros, en cambio, hemos trabajado toda nuestra vida para mantener este legado familiar. Solo estamos corrigiendo un error."
Ricardo le arrebató la carpeta al abogado y la abrió, mostrando un documento. "Firma aquí. Transfiere el título de la propiedad del lago a nuestro nombre. Y el fondo fiduciario para liquidar la deuda. Nadie tiene por qué saberlo. Tú mantendrás tu reputación, y nosotros tendremos lo que es nuestro."
Aurelio negó con la cabeza, una lágrima solitaria deslizándose por su mejilla arrugada. "No puedo. Mi conciencia no me lo permite. He jurado proteger la voluntad de mis clientes, y la de tu tío era cristalina. La fortuna De la Vega no es solo esta mansión, Ricardo. Es un imperio, y él quería que una parte fuera para quien realmente la necesitaba, para saldar una deuda histórica."
"¡Una deuda que él mismo creó con sus excentricidades!", espetó Elara, su voz un siseo venenoso. "¡Una deuda que esta muchacha, esa huérfana, no merece ni un céntimo!"
Sofía retrocedió, su corazón martilleando. ¿Una huérfana? ¿Una deuda millonaria? La historia era más compleja y siniestra de lo que había imaginado. La familia De la Vega no solo estaba cometiendo un crimen, sino que lo hacía por algo más grande que esta mansión. Una fortuna, un imperio. Y el Dr. Mendoza, el hombre que ella creía incorruptible, estaba siendo forzado a ser cómplice.
Un crujido en el pasillo hizo que Sofía se sobresaltara. Era el jardinero, Manuel, comenzando su jornada. Si la veían allí, pegada a la puerta, su destino sería incierto. Se alejó sigilosamente, el terror helándola hasta los huesos, pero con cada paso, la imagen del Dr. Mendoza atado y la voz amenazante de Elara se grababan a fuego en su mente. No podía ignorar lo que había visto. No podía.
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