El Abogado Atado y La Deuda Millonaria: El Escándalo que Sacudió la Mansión De La Vega

El olor a café, antes reconfortante, ahora le revolvía el estómago. Sofía se movía por la cocina como un fantasma, preparando el desayuno de los niños con manos temblorosas. Cada tintineo de una cuchara, cada crujido del pan tostado, le parecía un estruendo que delataría su presencia. Su mente era un torbellino de imágenes: el Dr. Mendoza, sus ojos suplicantes, la furia contenida de Ricardo, la crueldad helada de Elara. ¿Cómo podían personas tan "respetables" ser capaces de tal barbarie?

Los mellizos, Diego y Valentina, de siete años, bajaron a la cocina, ajenos a la oscuridad que envolvía su hogar. "¡Buenos días, Sofía!", exclamó Diego, con la energía inagotable de un niño. Valentina, más reservada, le dio un abrazo. Sofía intentó sonreír, pero sentía que su rostro se resquebrajaría. Los niños, su inocencia, eran lo único que la anclaba a la realidad en esa mansión de pesadilla.

Durante el desayuno, Sofía escuchó los pasos de Ricardo y Elara en el piso de arriba, el suave murmullo de sus voces. ¿Habrían terminado? ¿Habrían forzado al Dr. Mendoza a firmar? La incertidumbre la carcomía. No podía irse, no sin saber qué había pasado con el anciano abogado. Pero tampoco podía quedarse sin hacer nada.

Recordó las palabras del Dr. Mendoza: "La voluntad de tu tío fue clara. La mansión, la verdadera mansión del lago, es para... para ella. Y la deuda millonaria que él cubrió, también es suya." ¿Quién era "ella"? ¿Y qué deuda? Sofía había oído rumores sobre el excéntrico tío abuelo de Ricardo, un hombre que había acumulado una fortuna aún mayor que los De la Vega actuales, pero que había desaparecido misteriosamente de la vida pública años atrás. Se decía que había tenido un estilo de vida bohemio y que había tenido una hija secreta, pero los De la Vega siempre negaron esos rumores.

Sofía pasó el día con los niños, llevando su rutina con una normalidad forzada. Cada vez que Elara pasaba cerca, la niñera sentía un escalofrío. La señora De la Vega parecía actuar como si nada hubiera pasado, su sonrisa y su porte impecables. Pero Sofía veía un brillo calculador en sus ojos, una dureza que antes no había notado.

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Por la tarde, mientras los niños tomaban la siesta, Sofía se armó de valor. Sabía que se arriesgaba, pero la imagen del Dr. Mendoza la impulsaba. Se dirigió de nuevo al ala oeste, esta vez con una excusa preparada: "Necesito buscar un libro para los niños en la biblioteca de abajo".

La puerta del estudio estaba entreabierta. El corazón de Sofía dio un vuelco. Se asomó con cautela. La silla estaba vacía. El ambiente estaba cargado, el aire denso con la tensión que había flotado horas antes. En el escritorio, vio la carpeta de cuero que Ricardo había estado sosteniendo. La curiosidad pudo más que el miedo.

Con manos temblorosas, Sofía entró en la habitación. Cerró la puerta suavemente detrás de ella. Se acercó al escritorio y abrió la carpeta. Dentro, encontró un contrato de transferencia de propiedad, con la firma de Aurelio Mendoza, aunque parecía temblorosa y forzada. Junto a él, un cheque de una cantidad exorbitante, también a nombre del Dr. Mendoza, con la fecha de ese mismo día. Era claramente un pago por su silencio o su complicidad.

Pero lo que realmente llamó su atención fue una pequeña nota arrugada, escondida bajo el cheque. La letra era de Aurelio. Decía: "Sofía, si lees esto, significa que no pude evitarlo. Busca a Elena. Ella es la verdadera heredera de la Mansión del Lago y la fortuna. La deuda millonaria es su legítima reclamación. Te dejé una pista en el diario de tu abuela. Confío en ti."

Sofía se quedó helada. ¿Su abuela? Su abuela, que había sido ama de llaves en esa misma mansión hacía décadas, y que siempre le había contado historias de los "viejos tiempos" de los De la Vega, pero nunca con detalles concretos sobre fortunas o herencias. Su abuela había fallecido hacía unos años, dejándole solo un viejo baúl con recuerdos, entre ellos, un diario encuadernado en cuero.

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De repente, escuchó pasos acercándose. ¡Alguien venía! Sofía metió la nota en su bolsillo y cerró la carpeta justo cuando la puerta se abría de golpe.

Era Ricardo. Su rostro se oscureció al verla. "Sofía, ¿qué haces aquí? ¿No sabes que esta zona está prohibida?"

Sofía sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero se mantuvo firme. "Lo siento, señor. Estaba buscando un libro para los niños en la biblioteca. Pensé que quizás habría alguno aquí."

Ricardo la miró con recelo, sus ojos escudriñando cada movimiento. "Pues no hay ninguno. Ahora, por favor, regresa a tus tareas. Y no vuelvas a entrar a esta habitación." Su voz era fría, autoritaria, pero Sofía detectó un matiz de nerviosismo.

Sofía asintió, su corazón latiéndole a mil. Salió de la habitación con la mayor calma posible, pero en su interior, un huracán se desataba. La nota del Dr. Mendoza lo cambiaba todo. Su abuela, Elena, la mansión del lago, la deuda millonaria. Era una red de intrigas mucho más profunda de lo que jamás hubiera imaginado.

Esa noche, cuando todos dormían, Sofía se encerró en su pequeña habitación de servicio. Sacó el viejo diario de su abuela del baúl. Las páginas amarillentas olían a tiempo y recuerdos. Empezó a hojearlo, buscando alguna pista.

Y la encontró. En una página marcada con una flor seca, su abuela había escrito: "La pequeña Elena. Qué injusticia. La verdadera heredera, despojada de su derecho por los codiciosos. El señor Aurelio prometió protegerla. La Mansión del Lago es suya, y la deuda de los De la Vega con su padre, un secreto que debe salir a la luz. Guardé la prueba en el medallón de la Virgen, el que el señor regaló a su hija secreta. No confíes en nadie, Sofía."

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Sofía sintió que el aire le faltaba. ¿El medallón de la Virgen? Recordó haber visto un medallón similar en una vitrina en el salón principal, una pieza antigua y valiosa que los De la Vega exhibían con orgullo. ¿Contenía la prueba de la verdadera herencia y la deuda millonaria? La situación era mucho más grave de lo que había creído. No era solo un fraude, era un robo de identidad y un encubrimiento de una deuda gigantesca. Su abuela había estado involucrada, y ahora ella también lo estaba.

Al día siguiente, Sofía esperó el momento oportuno. Los De la Vega habían salido a un evento benéfico. Los niños estaban con su tutora. La mansión estaba extrañamente silenciosa. Con el pulso acelerado, Sofía se dirigió al salón principal. La vitrina de cristal brillaba bajo la luz que se filtraba por los ventanales. Allí estaba, el medallón de plata, con la imagen de la Virgen María.

Con cuidado, Sofía abrió la vitrina y tomó el medallón. Era más pesado de lo que parecía. Lo examinó de cerca y notó una pequeña bisagra casi invisible en el reverso. Con un alfiler, logró abrirlo. Dentro, no había un retrato, sino un microfilme enrollado y una diminuta llave.

En ese instante, la puerta principal de la mansión se abrió. Los De la Vega habían regresado antes de lo esperado. Sofía sintió un escalofrío que le heló la sangre. Elara la vio con el medallón en la mano. Sus ojos se abrieron de par en par, y su rostro se contorsionó en una expresión de pura furia.

"¡Sofía! ¿Qué haces con eso? ¡Ladrona!" gritó Elara, su voz aguda y penetrante. Ricardo corrió hacia Sofía, sus ojos inyectados en sangre. La trampa se había cerrado.

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