El Abogado del Magnate Reveló una Herencia Millonaria a la Vendedora de Dulces: Su Vida de Cartón Oloroso Había Terminado

La Conspiración en la Mansión

El sol de la mañana se reflejaba en el portón de hierro forjado de la propiedad Monteverde. Era una mansión que no gritaba lujo, sino poder silencioso. Jardines inmaculados, fuentes de mármol y un aire tan denso que Elena sintió que no podía respirar.

Daniel la ayudó a bajar del coche. Elena vestía la misma falda de algodón gastada de siempre.

"Recuerde, Doña Elena," susurró Daniel, "usted es la dueña legal de este lugar. Actúe con la dignidad que le corresponde."

Cuando cruzaron el umbral, fueron recibidos por un silencio hostil. La viuda, Victoria Monteverde, apareció en la sala. Era una mujer alta, delgada, vestida con un conjunto de seda que parecía costar más que la vida entera de Elena.

Victoria ni siquiera miró a Elena. Se dirigió exclusivamente a Daniel.

"Abogado, me sorprende su audacia. ¿Traer a esta… mendiga a mi casa? Es una falta de respeto a la memoria de mi difunto esposo."

Daniel mantuvo la calma. "Señora Victoria, esta no es su casa. Es propiedad de la señora Elena de la Cruz, heredera universal de Ricardo Monteverde. Estamos aquí para una inspección legal y para buscar documentos."

Victoria soltó una carcajada fría.

"¡Documentos! Ella no sabe ni leer un pagaré. Mi esposo fue un empresario brillante. ¿Cree que dejaría quince millones de dólares a una mujer que vende caramelos en la calle? Es absurdo. El testamento es una falsificación, lo probaremos en el tribunal."

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Elena sintió un ardor en el pecho, pero no era ira. Era pena por la ceguera de esa mujer.

"Mi hermano Jesús, él no era solo Ricardo Monteverde, el empresario," dijo Elena, dirigiéndose a Victoria por primera vez, con una voz que, aunque suave, capturó la atención de todos. "Él era el niño que me prometió volver. Y su memoria vale más que todo su dinero."

Victoria se acercó a Elena, su rostro distorsionado por el desprecio.

"Usted no es más que un intento desesperado por robar lo que legítimamente le pertenece a mis hijos. Usted no tiene pruebas, anciana. ¿Qué va a presentar en el juicio? ¿Un dulce de coco como evidencia?"

Daniel intervino antes de que Elena pudiera responder. "Basta de provocaciones, señora. Tenemos una orden judicial. Iremos a la oficina de Ricardo."

La Búsqueda Desesperada

La oficina de Ricardo era un santuario. Muebles de caoba, estanterías llenas de libros en idiomas que Elena no conocía, y un enorme escritorio de cuero. Daniel buscó entre documentos financieros y carpetas legales.

"Necesitamos algo personal, Doña Elena," dijo Daniel, frustrado. "Algo que demuestre que él la recordaba, que la quería. Algo que justifique por qué la eligió a usted sobre su esposa y sus hijastros."

Elena, ajena a los papeles de negocios, se acercó a un estante donde había una pequeña colección de objetos. Unos trofeos, un globo terráqueo y, en el centro, una caja de madera tallada.

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"Daniel, mira esto," dijo Elena, señalando la caja.

Victoria, que los había seguido, se burló. "Esa es solo una caja de puros cubanos, anciana. No hay nada ahí."

Daniel abrió la caja. Estaba vacía, excepto por un pequeño papel doblado. Era una nota.

Daniel la desdobló y leyó en voz alta: "El verdadero tesoro está donde el tiempo se detuvo. R.M."

"¿Qué significa eso?" preguntó Daniel.

Elena sintió un escalofrío. "Cuando éramos niños, Jesús y yo jugábamos junto al viejo reloj de la torre de la iglesia. Decíamos que ese era el lugar donde el tiempo se detenía, porque siempre estaba descompuesto."

"¡La iglesia!" exclamó Daniel. "¡El lugar donde usted vende sus dulces!"

Pero Victoria Monteverde no iba a permitirlo. En ese momento, su abogado, un hombre llamado Sr. Torres, irrumpió en la oficina, jadeando.

"Victoria, tenemos un problema. El juez aceptó la audiencia de emergencia. El juicio será mañana por la mañana."

Victoria sonrió triunfalmente. "Perfecto. Mañana esta farsa terminará."

Torres se dirigió a Daniel. "Mi cliente, el difunto Ricardo Monteverde, tenía una deuda masiva oculta. Una deuda millonaria de la empresa que no está registrada en el testamento principal. Si la deuda se ejecuta, la herencia se reduce a cero. Y tenemos pruebas de que usted, Daniel, intentó ocultarla."

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Daniel palideció. "Eso es mentira. Es una trampa."

"¿Una trampa?" Victoria se rió. "Mañana lo veremos. La vendedora de dulces no solo perderá la herencia, sino que, si se demuestra que usted actuó de mala fe, ¡podría terminar pagando la deuda!"

Elena sintió que el mundo se le venía encima. No le importaba el dinero, le importaba Daniel, el único hombre que había sido amable con ella.

"Daniel, ¿es verdad?" preguntó Elena, con los ojos llenos de miedo.

Daniel miró a Elena, su rostro reflejando una desesperación absoluta. "No, Doña Elena. Pero si el juez cree esa prueba falsa de la deuda, no solo perderá la herencia, sino que la señora Victoria podría demandarla por fraude. Necesitamos esa prueba de la iglesia ¡ahora! Pero si salimos de aquí, no podremos volver antes del juicio."

Victoria se cruzó de brazos. "Tienen dos horas antes de que mis guardias los escolten fuera de la propiedad para siempre. Disfruten su última visita a la mansión que nunca será suya."

El tiempo se agotaba. Elena y Daniel estaban atrapados, con una deuda inventada pendiendo sobre sus cabezas y la única prueba de la verdad oculta en un lugar al que no podían ir. La desesperación era total.

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