El Abogado del Millonario Ocultó el Testamento para Robar la Fortuna Prometida al Niño Sanador

La Traición del Confidente

La mansión de Don Rafael se transformó en un frenesí controlado.

Elías fue trasladado inmediatamente a la clínica privada dentro de la propiedad. Los médicos, que un minuto antes se sentían inútiles, ahora trabajaban con una urgencia febril, intentando descifrar la causa del colapso del niño.

Mientras tanto, Rafael, ahora de pie, caminaba por primera vez en su vida. No era un paseo elegante; era torpe, inseguro, pero cada paso era una victoria, un desafío a la muerte y al destino.

La euforia lo cegó. La promesa de la fortuna, hecha en un momento de desesperación, comenzó a sentirse excesiva, irracional.

"¿Mi fortuna? ¿Toda mi herencia a un niño que ni siquiera sé quién es?" pensó Rafael, mientras se apoyaba en el marco de una puerta, sintiendo el suelo firme bajo sus pies.

Era el momento perfecto para la aparición de Ricardo Valdés.

Ricardo era el abogado personal de Rafael, un hombre de unos cincuenta años, de traje impecable y una sonrisa fría que nunca llegaba a sus ojos. Había manejado los asuntos legales de la familia Montenegro durante veinte años y conocía cada cláusula, cada laguna, cada secreto del imperio.

Ricardo llegó a la mansión al enterarse del "milagro".

"Rafael, estoy asombrado," dijo Ricardo, estrechando la mano de su cliente con una firmeza calculada. "Pero debemos ser pragmáticos, ahora más que nunca."

Se sentaron en el estudio, rodeados de libros de leyes encuadernados en piel. Rafael, por primera vez, estaba sentado en un sillón normal, no en su silla de titanio.

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"El niño… Elías. Está débil. Los médicos dicen que parece una especie de agotamiento vital. Como si hubiera transferido energía," explicó Rafael, frunciendo el ceño.

"Fascinante. Pero volvamos al negocio," interrumpió Ricardo, sacando una carpeta de cuero. "La promesa verbal que hiciste, de entregarle 'toda tu fortuna', es, afortunadamente, no vinculante legalmente, dada tu condición emocional en ese momento."

Rafael sintió un alivio inesperado.

"Pensé que lo habías grabado, o que habías firmado algo," dijo Rafael, buscando una justificación para su nueva avaricia.

"Claro que lo grabé. Pero como una prueba de su charlatanería, no como un contrato. Y el documento que estaba listo para firmar, el testamento que transferiría el control total de Montenegro Corp., lo retuve. Gracias a Dios por la burocracia, Rafael." Ricardo sonrió, una expresión que no tranquilizó a Rafael.

"Entonces, ¿qué hacemos? No puedo simplemente darle cien dólares. Le prometí todo," dijo Rafael, sintiéndose ligeramente culpable.

"Le daremos una suma generosa. Una fundación para la salud infantil a su nombre. Quizás diez millones de dólares. Suficiente para garantizar su futuro y el de su familia, si es que la tiene. Pero la corporación, la herencia, el verdadero control, debe quedar donde pertenece: bajo la estructura que ya tenemos diseñada en el testamento principal."

Ricardo se refería al testamento que dejaba la mayor parte de la fortuna a la sobrina de Rafael, Leonor, y una parte significativa a un fideicomiso gestionado por el propio Ricardo.

"Diez millones suena razonable," murmuró Rafael, ya pensando en las vacaciones que podría tomar ahora que podía caminar. La gratitud se había evaporado, reemplazada por la codicia.

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Mientras Ricardo y Rafael discutían los detalles de la nueva "donación caritativa" que disfrazaría el incumplimiento de la promesa, Elías despertó en la clínica.

Estaba débil, pero su mente estaba clara.

Escuchó a la enfermera hablar por teléfono, susurrando sobre el "milagro" y la "generosa donación de 10 millones" del señor Montenegro.

Diez millones. No la fortuna completa.

Elías se levantó de la cama, sintiendo un vacío físico profundo, pero una furia creciente. El no quería el dinero por el lujo; lo quería por una razón que solo él conocía.

Sabiendo que no podía enfrentarse a ellos en su estado, se deslizó por los pasillos de servicio de la mansión. Su objetivo era el estudio de Rafael, el único lugar donde se discutían los asuntos serios.

Llegó a la puerta del estudio y se pegó a la madera.

Escuchó la voz de Ricardo, fría y calculada.

"Debemos asegurarnos de que el niño no tenga ningún leverage, Rafael. Encontré el archivo de la videovigilancia de la sala. La grabación donde haces la promesa. La estoy borrando del servidor de respaldo ahora mismo."

Rafael respondió con un tono de voz bajo, pero audible: "Hazlo. Es mejor así. No quiero problemas legales por un arrebato emocional."

Elías sintió que el corazón se le encogía. No era solo la traición; era la deshonestidad.

Justo cuando Ricardo estaba a punto de borrar la prueba digital, Elías vio algo sobre el escritorio: la carpeta de cuero que Ricardo había traído. Estaba abierta, y en su interior, había un documento con el sello oficial de la Corporación Montenegro.

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Era el Testamento original de Rafael, donde se detallaba la distribución de la herencia en caso de muerte, con cláusulas específicas sobre la transferencia de poder.

Elías sabía que no podía tomar toda la carpeta. Solo necesitaba una prueba.

Con un movimiento rápido y silencioso, abrió la puerta del estudio y se deslizó hasta el escritorio. Ricardo estaba de espaldas, concentrado en la pantalla de su laptop, eliminando el video. Rafael estaba en el baño adjunto.

Elías tomó una foto con el teléfono desechable que llevaba oculto: una imagen clara de la página de firmas del Testamento, y de la página que detallaba los activos.

Pero justo cuando iba a salir, Ricardo se giró.

"¿Qué estás haciendo aquí, mocoso?" siseó Ricardo, su rostro transformándose de calma profesional a rabia pura.

Elías se congeló. Su debilidad física lo traicionó.

Ricardo se acercó con paso firme, sus ojos fijos en el teléfono en la mano temblorosa de Elías.

"Dame eso. Ahora," ordenó Ricardo, extendiendo una mano para arrebatar el aparato. "Si crees que puedes chantajear a un Montenegro, estás muy equivocado. Yo soy el dueño de esta situación, y tú no eres más que un error que voy a corregir."

Ricardo estaba a punto de agarrar a Elías, cuando el niño levantó la mirada, y a pesar de la palidez, sus ojos verdes brillaron con una luz inesperada.

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