El Abogado del Millonario Ocultó la Herencia: La Limpiadora Descubrió a los Herederos Perdidos

El Testamento y la Traición del Abogado
El sonido de los pasos se acercaba rápidamente. La voz de Damián Gaviria, seca y autoritaria, se escuchó llamando a Camila desde el vestíbulo principal.
"¡Camila! ¿Terminaste en el ala este? ¡Necesito que me firmes el recibo de las horas extras!"
El pánico se apoderó de Camila. Si el Abogado la encontraba aquí, con los trillizos expuestos, no solo perdería su trabajo, sino que se metería en un problema legal espantoso.
Rápidamente, se volvió hacia los niños.
"Escúchenme," les dijo en un susurro urgente. "Soy Camila. No voy a hacerles daño. Pero deben permanecer en silencio absoluto. ¿Entendieron? Silencio."
Los tres niños asintieron con los ojos muy abiertos. El terror en sus rostros era palpable.
Camila cerró la tapa del baúl suavemente, asegurándose de que el pestillo encajara, pero sin volver a poner el candado. Luego, se puso de pie, enderezó su uniforme y tomó su cubo de limpieza.
Salió del Cuarto de Almacenamiento, cerrando la puerta con el mayor sigilo posible.
Cuando llegó al pasillo principal, Damián Gaviria estaba esperando junto a la escalera monumental, con los brazos cruzados, luciendo su habitual traje de tres piezas perfectamente planchado.
"Te tardaste, Camila. El ala este no es tan grande," espetó Damián, su mirada penetrante y desconfiada.
"Disculpe, señor Abogado," respondió Camila, tratando de sonar tranquila mientras su corazón latía a mil por hora. "Había mucho polvo acumulado, especialmente en las molduras del techo."
Damián la miró de arriba abajo, deteniéndose en el ligero temblor de sus manos.
"Bien. Firma aquí y vete. Y recuerda, lo que se ve en esta Mansión, se queda en esta Mansión. El Señor Montenegro es un hombre muy particular con su privacidad."
Camila garabateó su firma. Apenas podía concentrarse. Mientras Damián le entregaba el fajo de billetes, un pensamiento la golpeó con fuerza: ¿Por qué el Abogado estaba tan nervioso por el ala este? ¿Y por qué la llave del baúl era nueva, mientras el candado estaba oxidado?
"Una pregunta, señor Gaviria," se atrevió a decir Camila, tratando de parecer casual. "¿El Señor Montenegro tiene… nietos? Vi unas fotos viejas en el pasillo."
Damián se puso rígido. Su rostro, generalmente impasible, mostró una fisura de nerviosismo.
"El Señor Montenegro," respondió con voz cortante, "es un hombre solo. No tiene descendencia directa. Las fotos que viste son de parientes lejanos o de antiguas amistades. Ahora, por favor, retírate."
La negación fue demasiado vehemente.
Camila salió de la Mansión, pero su mente ya no estaba en la universidad de su hermana. Estaba en tres rostros pálidos y hambrientos encerrados en un cofre.
Al llegar a casa, no podía comer ni dormir. Tenía que volver. Tenía que descubrir la verdad sobre la Herencia.
A la mañana siguiente, Camila llamó a la Mansión, fingiendo haber olvidado su billetera. Damián, evidentemente molesto, le dio permiso para recogerla en el área de servicio.
En lugar de ir al servicio, Camila se deslizó como una sombra por los pasillos. Llegó al ala este, que Damián había vuelto a sellar. Afortunadamente, ella había dejado la puerta del Cuarto de Almacenamiento sin seguro la noche anterior.
Entró. El baúl estaba exactamente donde lo había dejado.
Al abrirlo, los trillizos la recibieron con un suspiro de alivio. Estaban despiertos, pero débiles.
Camila había traído una mochila con sándwiches, agua y una linterna.
Mientras comían desesperadamente, Camila les hizo preguntas con sumo cuidado.
"¿Cuánto tiempo llevan aquí?"
Esteban, el más abierto de los tres, respondió: "Desde que Mamá se fue. Hace… mucho tiempo. Desde antes de mi último cumpleaños. Papá nos dijo que teníamos que esperar a que el 'Tío Damián' trajera un papel."
"¿El Tío Damián?" Camila sintió un escalofrío. Damián Gaviria no era solo el Abogado, era un conocido de la familia.
Lucía, la niña, intervino con voz dulce: "Damián nos traía agua, pero nos decía que si hacíamos ruido, nunca volveríamos a ver a Papá."
Camila juntó las piezas. El Señor Montenegro, el Millonario, era su padre. Pero estaba demasiado viejo y enfermo para cuidar de ellos, o quizás para ser consciente de lo que sucedía. Y Damián, el Abogado, estaba a cargo de la Propiedad y la Fortuna.
"¿Saben qué papel tienen que esperar?" preguntó Camila.
Mateo, el más tímido, sacó algo de debajo de la manta. Era un documento arrugado y manchado, escrito en papel membretado de una oficina legal.
Era una copia del Testamento del Señor Montenegro.
Camila, con la linterna, leyó las cláusulas rápidamente.
El documento era claro: la totalidad de la Herencia y la Propiedad de la Mansión serían transferidas a sus tres hijos legítimos (Esteban, Lucía y Mateo) al cumplir los 18 años.
Pero había una cláusula crucial: si los herederos morían o eran declarados "desaparecidos sin rastro" antes de los 6 años, el control total de los activos pasaría al albacea de la herencia, el Abogado Damián Gaviria.
El sexto cumpleaños de los trillizos era la semana siguiente.
Damián no solo los había encerrado para manipular al viejo Millonario, sino que estaba esperando que murieran de inanición o que el tiempo pasara para poder declararlos legalmente perdidos y quedarse con toda la Fortuna.
El Tío Damián no era un protector; era un asesino en espera.
Justo en ese momento, la puerta del Cuarto de Almacenamiento se abrió de golpe.
Damián Gaviria estaba allí, su rostro retorcido por una furia helada. Había visto la mochila de Camila en el pasillo.
"¡Tú! ¡Miserable empleada! ¿Qué estás haciendo aquí?" gritó, sus ojos clavados en los niños.
El Abogado avanzó hacia el baúl, su mano buscando algo en el interior de su chaqueta.
"¡No te acerques a ellos!", gritó Camila, interponiéndose entre Damián y los niños.
Damián se rió, un sonido seco y horrible. "Qué conmovedor. Pensabas que podías robarme mi Herencia con estos pequeños parásitos, ¿verdad? Nadie sabe que están aquí. El viejo está sedado y yo soy el único administrador. Te vas a arrepentir de haber cruzado esta línea, chica."
Sacó de su chaqueta un pequeño frasco. No era un arma, sino un sedante muy fuerte.
"Estos niños necesitan dormir. Y tú, Camila, vas a desaparecer junto con la llave de este cofre."
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