El Abogado del Millonario y la Deuda de una Herencia: La Verdad Detrás de las Motocicletas

El rugido de los motores era una declaración.
Una amenaza vibrante que se colaba por cada poro de Mariana, paralizándola en el centro del círculo de acero y cuero.

"¿Qué quieres de mí, tío?" preguntó Mariana, su voz temblaba, pero una chispa de desafío comenzaba a encenderse en sus ojos.
La traición dolía más que el miedo.

Ricardo se acercó, su sombra envolviéndola.
"Quiero lo que me corresponde. Lo que tu padre me prometió y nunca cumplió," replicó, su voz cargada de un resentimiento antiguo y profundo.

"¿Prometió? ¿De qué hablas?"
Mariana estaba completamente perdida, un peón en un juego que no entendía.

"Tu padre, mi hermano, siempre fue el favorito," comenzó Ricardo, su voz baja, casi un murmullo, pero lleno de veneno.
"Él obtuvo la mansión, la empresa, todo el lujo. Yo solo migajas."

"Pero él siempre te ayudó," interrumpió Mariana, recordando cómo su padre siempre apoyaba a Ricardo en sus proyectos fallidos.
"Te dio dinero, te puso un negocio..."

"Migajas, Mariana. Migajas," repitió Ricardo, su tono subiendo.
"Él me prometió una parte justa de la herencia familiar si le ayudaba con ciertos negocios. Negocios sucios, Mariana. Cosas de las que no querrías saber."

Un escalofrío recorrió a Mariana.
Sus padres eran personas honorables, o eso siempre había creído.

"¿Negocios sucios? ¿De qué hablas?"
Ricardo sonrió con amargura. "No es el momento de los detalles. Lo importante es que él incumplió su promesa."

"Cuando tus padres murieron, la herencia pasó a ti. Pero había una cláusula secreta, una deuda oculta que tu padre contrajo," continuó Ricardo, su mirada fija en Mariana.
"Una deuda millonaria que solo yo conocía, y que ahora recae sobre ti."

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Mariana sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
¿Una deuda secreta? ¿Por qué nunca se lo habían dicho?

"El abogado que manejó el testamento, el señor Valdés, él es un hombre... flexible," explicó Ricardo con una sonrisa torcida.
"Digamos que fue persuadido para que la mansión y el resto de la fortuna parecieran inaccesibles, bloqueadas por deudas y trámites interminables."

"¿Y todo este tiempo, tú sabías la verdad?"
La voz de Mariana era apenas un suspiro, cargado de una profunda decepción.

"Yo hice que pareciera la verdad que tú creíste," corrigió Ricardo.
"Pero ahora la situación ha cambiado. Mis 'negocios' no han ido bien. Tengo una deuda millonaria propia que saldar, y necesito ese dinero, Mariana. Necesito la herencia de tus padres."

Un motociclista encendió su motor con un rugido ensordecedor, como para enfatizar la amenaza.
Mariana miró a su alrededor. Estaba completamente sola, rodeada por hombres imponentes con cascos oscuros.

"¿Y qué esperas que haga?" preguntó Mariana, intentando mantener la compostura.
"Que firmes," dijo Ricardo, sacando un sobre de su chaqueta de cuero.

De él extrajo un documento arrugado y lo desplegó frente a ella.
Era un contrato, lleno de jerga legal, que apenas podía comprender.

"Este documento dice que renuncias a todos tus derechos sobre la herencia de tus padres," explicó Ricardo, señalando una línea con su dedo.
"A la mansión, a las cuentas, a todo. A cambio, yo me hago cargo de la 'deuda' y tú quedas libre. Y pobre, claro."

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Mariana sintió un nudo en el estómago.
No era solo el dinero, era el legado de sus padres, la historia de su familia.

"No puedo hacer eso," dijo, negando con la cabeza.
"Esa mansión es mi hogar, mis recuerdos."

Ricardo suspiró, su paciencia pareciendo agotarse.
"Mariana, no tienes opción. Mis acreedores no son gente con la que quieras tratar. Son mucho menos comprensivos que yo."

Señaló a uno de los motociclistas, un hombre corpulento con cicatrices en el cuello.
"Él, por ejemplo, tiene métodos muy persuasivos."

El motociclista se acercó un paso, haciendo crujir los nudillos de sus manos enguantadas.
Mariana sintió un escalofrío helado.

"Tío Ricardo, por favor," suplicó Mariana, las lágrimas finalmente desbordándose.
"No me hagas esto. No tengo nada más."

"No es personal, Mariana. Son negocios," dijo Ricardo con una frialdad que la dejó pasmada.
"Firma, y te dejaré en paz. Te daré una pequeña suma para que empieces de nuevo. Digamos, diez mil dólares. Una miseria comparada con la herencia millonaria, pero suficiente para sobrevivir."

Diez mil dólares. Una burla.
Ella sabía que la herencia de sus padres valía mucho más. La mansión por sí sola era una fortuna.

Mariana miró el documento. Su mano temblaba.
¿Qué podía hacer? Estaba acorralada.

Justo cuando estaba a punto de rendirse a la desesperación, a firmar para salvarse, un pensamiento cruzó su mente.
Una frase que su padre solía decir: "Siempre lee la letra pequeña, hija. Ahí está la verdadera trampa, o la verdadera salvación."

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Con los ojos empañados, Mariana se esforzó por leer las líneas diminutas al pie del documento.
Entre la jerga legal, una palabra se destacó: "anexo".

Y luego, un nombre: "Samuel Valdés". El mismo abogado que Ricardo había mencionado, el "flexible".
Un anexo que, según el documento, estaba guardado en una caja de seguridad en el banco donde sus padres tenían sus cuentas.

Un anexo que, si se leía en conjunto con el testamento original, podía cambiarlo todo.
Ricardo la presionó. "Vamos, Mariana. No tenemos todo el día."

Ella levantó la vista, sus ojos ahora con una nueva determinación.
"No firmaré," dijo, su voz sorprendentemente firme. "No hasta que vea ese anexo."

Ricardo frunció el ceño.
"¿Qué anexo? No hay ningún anexo."

"Sí lo hay," replicó Mariana, señalando el documento con un dedo tembloroso.
"Aquí dice que este contrato se anula si un anexo al testamento original es encontrado y validado por el abogado Samuel Valdés. Y ese anexo está en el banco."

El rostro de Ricardo se contorsionó en furia.
Parecía genuinamente sorprendido, como si no supiera de la existencia de esa cláusula.

"Estás mintiendo," gruñó.
"Yo leí el testamento. No había nada de eso."

"Pues aquí lo dice," insistió Mariana, aferrándose a esa pequeña esperanza como a un salvavidas.
"Necesito ir al banco. Necesito ver al abogado Valdés."

Ricardo la miró con ojos entrecerrados, sopesando sus palabras.
La situación había dado un giro inesperado.

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