El Abogado Descubre el Secreto Millonario de la Paciente en Coma: ¿Quién es el verdadero Dueño de la Mansión?

El Heredero Imposible y la Traición del Abogado
El grito de Lázaro Solís resonó como un disparo.
El Dr. Torres, aún en estado de shock por la imagen que había visto, reaccionó por instinto profesional, ignorando al millonario.
"¡Código azul! María, prepara los medicamentos. Necesitamos estabilizarla. ¡El bebé está en peligro!"
"¿El bebé?" Lázaro entró en la sala, sus ojos de hielo escaneando la pantalla. El pitido de la máquina era ensordecedor.
Vio la forma fetal, y su rostro se transformó de la furia al terror más absoluto.
"¡Apaguen eso!" ordenó Lázaro, señalando la máquina de ecografía. "¡Es una mentira! ¡Es imposible! Elena lleva cinco años en coma. No puede estar embarazada. Esto es fraude médico."
María se interpuso entre Lázaro y la máquina de signos vitales.
"Señor Solís, estamos en medio de una emergencia. Su prima está entrando en shock."
"¡No me importa la emergencia! Si esa cosa es real, mi herencia, mi fortuna, se desvanece. ¡Yo soy el dueño legal de todo si ella no tiene descendencia viable!" Lázaro estaba gritando, revelando su verdadera motivación.
Torres, mientras inyectaba un estabilizador a Elena, susurró a María: "Lo que vimos, María, no fue una concepción natural. El desarrollo es demasiado rápido. Alguien la inseminó, y no hace meses. Podrían haber usado una técnica experimental para asegurar la viabilidad inmediata del feto. Esto es un plan deliberado."
Un plan que solo podía ser orquestado por alguien con acceso total a Elena y con conocimiento de la cláusula testamentaria.
Lázaro se acercó a Torres, agarrándolo por la solapa.
"Usted va a declarar que este feto es una malformación, un tumor. Si no lo hace, mañana mismo perderá su licencia y este hospital cerrará. Yo pago sus salarios, Doctor."
Torres tragó saliva, mirando a María. La amenaza era real. Lázaro Solís tenía abogados en cada esquina y el poder de aplastar a cualquiera.
María tomó una decisión rápida. Mientras Torres forcejeaba con Lázaro, ella tomó una jeringa estéril y, con una precisión practicada, extrajo una pequeña muestra de sangre de Elena, guardándola en su bolsillo.
"Doctor Torres," dijo María, con la voz templada. "La paciente necesita ser trasladada inmediatamente a un quirófano. ¡El parto es inminente!"
Lázaro se soltó de Torres, su mente ahora enfocada en el riesgo. Si el bebé nacía vivo, no importaban las condiciones; la herencia pasaría a ese niño.
"¡No! Será transferida a la clínica privada de mi propiedad, ahora mismo. Nadie tocará a mi prima sin mi permiso."
En medio del caos, María logró salir de la sala y corrió al único teléfono seguro que conocía: el del abogado de Elena, el señor Valdés.
Valdés era un hombre mayor, cansado de la avaricia de los Solís.
"Señor Valdés, soy María. Elena… Elena está embarazada. Va a parir en horas. Lázaro está aquí y está intentando secuestrarla."
Hubo un silencio al otro lado. Luego, la voz de Valdés se hizo grave y profesional. "Manténgala viva, María. Yo me encargo de la batalla legal. Necesito pruebas de que ese niño es biológicamente de Elena Solís. Es la única forma de despojar a Lázaro de su control."
El traslado fue brutal. Lázaro usó su influencia para conseguir una ambulancia privada con guardias de seguridad.
María, fingiendo preocupación, insistió en acompañar a Elena. Lázaro, confiado en que su poder mantendría a María callada, accedió.
Llegaron a una clínica de lujo en las afueras, más parecida a una prisión dorada.
Elena fue llevada a una suite de parto de alta tecnología. El equipo médico allí estaba, evidentemente, bajo las órdenes directas de Lázaro.
"Quiero un informe que diga que el nacimiento fue prematuro, con complicaciones graves, y que el bebé no es viable para fines legales," ordenó Lázaro al médico de la clínica, un hombre llamado Dr. Reyes.
María se sintió impotente. El parto comenzó. Elena no podía pujar, su cuerpo solo reaccionaba por espasmos involuntarios.
La vida del bebé dependía totalmente de la destreza de los médicos y, extrañamente, de la voluntad de María.
"¡Necesita ayuda, Dr. Reyes! ¡Está sufriendo!" gritó María.
El Dr. Reyes parecía nervioso, mirando constantemente a Lázaro, que observaba desde la esquina.
Finalmente, tras horas de tensión insoportable, el bebé llegó al mundo.
Era un varón. Grande, sano, y con un llanto que llenó la habitación con una fuerza vital que nadie esperaba.
Lázaro palideció aún más. El sonido del llanto era el sonido de su herencia desvaneciéndose.
Rápidamente, el Dr. Reyes cortó el cordón.
"El niño tiene problemas respiratorios graves," mintió Reyes, envolviendo al bebé en una manta oscura. "Debe ser llevado a incubadora inmediatamente."
Lázaro asintió, acercándose al niño. "Asegúrate de que ese niño no salga de aquí, Reyes. Y si Elena despierta…"
María vio su oportunidad. Mientras Reyes se giraba para darle el bebé a Lázaro, María se abalanzó, fingiendo que quería revisar el estado del recién nacido.
En el forcejeo, la manta oscura se deslizó ligeramente.
María no vio el rostro del bebé, pero vio algo más. Un pequeño tatuaje o marca de nacimiento en la muñeca del bebé, justo donde la manta no cubría. Era una pequeña media luna plateada.
Lázaro, furioso por la intromisión, la empujó hacia un lado.
"¡Basta, enfermera! Su trabajo ha terminado."
Lázaro tomó al bebé, su rostro mostrando una mezcla de triunfo y desesperación. Si no podía anular el nacimiento, lo anularía por desaparición.
Mientras Lázaro salía de la habitación con el bebé en brazos, María se dio cuenta. Había perdido al heredero.
Pero en el suelo, junto a la cuna, encontró algo que Lázaro había dejado caer en la prisa: una pequeña pulsera de oro grabada.
El grabado no era el nombre de Elena. Era el nombre de un hombre.
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