El Abogado Descubre el Secreto Millonario de la Paciente en Coma: ¿Quién es el verdadero Dueño de la Mansión?

La Media Luna, El ADN y el Juicio por la Herencia
María se quedó sola en la habitación, mirando la pulsera de oro.
Estaba finamente grabada con una sola palabra: MARCO.
Marco. El hermano menor de Lázaro, repudiado por la familia Solís hace años por haber intentado exponer las prácticas ilegales de Ricardo Solís antes de su muerte. Marco había desaparecido del mapa hace casi una década.
¿Podría ser él el padre?
María rápidamente guardó la pulsera. Recogió la muestra de sangre de Elena que había tomado en el hospital San Judas y salió de la clínica, evadiendo a los guardias de Lázaro.
En su coche, llamó al abogado Valdés.
"Lo perdí, señor Valdés. Lázaro se llevó al niño. Pero tengo la sangre de Elena, y tengo una pista sobre el padre."
Valdés, con una calma forzada, instruyó a María. "Vaya directamente al laboratorio forense de la ciudad. Haga analizar la sangre de Elena. Yo me encargo de conseguir una orden judicial de emergencia para detener la salida de Lázaro del país y forzar la prueba de ADN del niño."
El plan era arriesgado. Dependía de la rapidez de la justicia y de la integridad de Valdés.
Dos días después, la batalla legal se desató en los tribunales de la ciudad.
Lázaro Solís, flanqueado por un ejército de abogados carísimos, se presentó ante el juez, negando cualquier conocimiento del paradero del recién nacido.
"El niño nació con graves deficiencias y fue puesto en cuidado de un servicio social anónimo, Juez. Es irrelevante para el testamento. Mi prima Elena sigue siendo legalmente incapaz de procrear," argumentó el abogado principal de Lázaro.
Pero Valdés contraatacó con fuerza.
"Tenemos el testimonio de la enfermera María Pérez, quien presenció el nacimiento. El niño nació sano y fuerte. Y más importante aún, tenemos la prueba de ADN que confirma que Elena Solís es la madre biológica."
El juez, un hombre estricto y sin paciencia para los dramas de los millonarios, miró a Lázaro.
"Señor Solís, se le ordena presentar al menor ante esta corte para una prueba de paternidad inmediata, o enfrentará cargos por secuestro y obstrucción de la justicia."
Lázaro palideció. No podía arriesgarse a ir a prisión. Al día siguiente, el bebé fue presentado.
El momento de la verdad llegó con el informe de paternidad.
Lázaro había esperado que el ADN mostrara un donante anónimo, lo cual aún le daría margen para argumentar falta de vínculo familiar legítimo.
Pero el informe decía otra cosa.
Valdés se levantó, sosteniendo el documento en alto.
"Su Señoría, la prueba de paternidad es concluyente. El padre del niño es, de hecho, Marco Solís."
Un murmullo recorrió la sala. Lázaro se levantó de un salto, golpeando la mesa.
"¡Miente! ¡Mi hermano está muerto o desaparecido! ¡Esto es una conspiración para robar mi herencia!"
Valdés sonrió, una sonrisa fría y victoriosa.
"Marco Solís no está muerto. Y esta corte tiene evidencia de que él fue quien orquestó la inseminación asistida de Elena, usando su propio material genético, con un único objetivo: asegurar que su prima, la legítima heredera, tuviera un hijo que la protegiera de la avaricia de su tío."
El plan de Marco, el exiliado, había sido audaz y desesperado. Sabía que Lázaro estaba esperando la muerte de Elena. Al crear un heredero biológico, Marco frustraba el plan de Lázaro sin necesidad de que Elena despertara.
María presentó entonces la pulsera.
"Marco Solís le dejó esta pulsera, Señor Juez. Y el niño tiene una marca de nacimiento distintiva, la media luna plateada, que es idéntica al símbolo familiar que Marco usaba."
La evidencia era irrefutable. Lázaro Solís no solo había perdido la herencia, sino que había intentado secuestrar y anular al verdadero heredero, su sobrino.
El juez dictaminó: Lázaro Solís fue despojado de toda autoridad sobre el patrimonio Solís y fue acusado de fraude y secuestro. El bebé, ahora llamado Ricardo Solís II, fue declarado el único y legítimo dueño de la fortuna y de la Mansión Solís, con el abogado Valdés como tutor legal provisional.
Pero la historia no terminó con la justicia en el juzgado.
Horas después de la sentencia, de vuelta en el hospital, María estaba sentada junto a Elena.
El trauma del parto, el shock de la emergencia, había provocado una reacción inesperada en el cerebro de Elena.
De repente, la mano inerte que María sostenía se apretó.
María levantó la vista. Los ojos de Elena se abrieron por primera vez en cinco años.
Estaban borrosos, pero enfocados.
"María…" susurró Elena, su voz áspera.
María lloró de alegría. "Elena, has vuelto. Estás a salvo. Y tienes un hijo. Un hijo que te ha salvado."
El amor y la desesperación de un hermano exiliado no solo habían asegurado una herencia millonaria, sino que habían obrado un milagro que ni la ciencia ni Lázaro Solís pudieron prever. La vida, incluso en el silencio de un coma, siempre encuentra una forma de luchar por lo que le pertenece.
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