El Abogado Descubrió la Deuda Millonaria de la Profesora: La Herencia Secreta que Arruinó a Mi Maestra

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con la profesora Elena y qué tipo de trato me ofreció esa noche. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante, oscura y legalmente complicada de lo que imaginas.

La Oferta Desesperada y la Herencia Oculta

El sudor frío me recorría la espalda. Un 40.

Ese número, escrito en tinta roja en la esquina superior del examen de Contabilidad Avanzada, era más que una nota de reprobación. Era una sentencia.

Significaba perder la beca completa. Significaba decirle adiós a la universidad. Significaba volver a la vida de turnos dobles en la fábrica para poder pagar el alquiler de mis padres.

La profesora Elena Ortiz era la única que quedaba en el aula. Su figura, generalmente erguida, parecía encorvada esa tarde.

Ella era conocida por su rigor académico, pero también por su humanidad. Sabía que yo venía de una familia humilde y que la beca era mi único salvavidas.

"Necesitas puntos, ¿verdad, Andrés?" me dijo, sin levantar la vista de la pila de exámenes.

Su voz era un susurro ronco, gastado.

Yo solo pude asentir, sintiendo la garganta seca. El nudo que se había formado en mi estómago desde que vi el 40 se apretó aún más.

Elena suspiró profundamente. El sonido era el de alguien que ha llegado al límite de su resistencia.

Se levantó, caminó lentamente hacia la puerta y giró la llave, cerrándola. El clic resonó en la habitación silenciosa, creando una atmósfera tensa e inusual.

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Nunca, en los dos años que llevaba estudiando con ella, la había visto hacer eso.

"Tengo una solución," me susurró, y ahora me miraba fijamente. Sus ojos, normalmente brillantes detrás de sus gafas, estaban inyectados en una fatiga que iba más allá del cansancio normal.

"Pero no es oficial. Y si alguien se entera, no solo pierdo mi trabajo, sino que lo pierdo todo."

Mi mente, que hasta hace un minuto solo pensaba en fórmulas contables, se disparó en todas direcciones. ¿Qué tipo de trato extraoficial podría ser este?

¿Me pediría que hiciera sus tareas administrativas? ¿Que limpiara su oficina? Estaba dispuesto a todo.

Ella sacó su teléfono, lo desbloqueó y escribió algo rápido. Sentí vibrar mi bolsillo.

Me lo mostró antes de que pudiera sacar mi propio móvil. El mensaje era directo, sin rodeos:

“Esta noche a las 9. Ven a mi oficina para obtener puntos extra. Y por favor, que nadie te vea entrar.”

Mi corazón empezó a bombear como un tambor frenético. Me alejé un paso instintivamente.

Miré la hora en mi reloj de pulsera. Faltaban solo tres horas.

¿Estaba sugiriendo… algo inapropiado? La idea me revolvió el estómago. Elena era una mujer seria, una madre soltera, respetada. Pero la desesperación hace cosas terribles a la gente.

"Profesora, yo no sé si…" empecé a balbucear, sintiendo la vergüenza subir a mis mejillas.

Ella me interrumpió, su tono endureciéndose con una urgencia aterradora.

"No es lo que piensas, Andrés. Te juro por mi hijo que no lo es."

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Se acercó a mí, bajando aún más la voz, casi hasta un siseo. El olor a café frío que emanaba de su ropa era pesado.

"Si no lo haces, me hunden a mí y a mi hijo. Estoy atrapada en una red legal que no puedo manejar sola. Necesito un mensajero invisible. Alguien en quien confíe ciegamente, que no esté conectado a mi mundo."

"¿Red legal? ¿De qué está hablando?" pregunté, mi miedo transformándose en confusión.

Ella negó con la cabeza. "No hay tiempo para explicaciones. Solo te diré esto: mi padre, un hombre que nunca conocí, murió hace un mes. Era un millonario excéntrico. Me dejó una herencia que vale millones, pero está siendo disputada por un abogado sin escrúpulos, mi primo, Ricardo."

El nombre de Ricardo se le escapó con un odio contenido.

"Ricardo ha manipulado el testamento y ha creado una deuda millonaria falsa a mi nombre, alegando que mi padre me repudió y que debo pagarle los gastos de su cuidado."

Mi cabeza daba vueltas. ¿Mi profesora de Contabilidad, una heredera millonaria?

"Necesito que lleves algo crucial a un lugar seguro. Algo que Ricardo no sabe que tengo. Si lo entrego yo misma, me interceptará. Si lo ve, lo destruirá."

Me tendió un sobre de manila, grueso y sellado con cera roja, y una llave antigua, pesada y de hierro forjado.

"Este sobre debe ir a la dirección que está escrita en el reverso. Es una mansión a las afueras. Pero la llave es para ti. Es la clave de la caja de seguridad en mi apartamento. Si no regreso o no te contacto mañana a primera hora, debes ir allí, sacar el pendrive azul y llevarlo directamente al Juez Almagro, su dirección también está dentro del sobre."

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Era un plan de contingencia desesperado. Un acto de fe ciega.

Miré el sobre. Parecía inocente, pero sabía que contenía el destino de la profesora y una fortuna.

"¿Y si me atrapan?"

"No lo harán. Eres un estudiante anónimo. Nadie te buscará. Si te preguntan, di que buscas una dirección equivocada. Por favor, Andrés. Es la única forma de salvar a mi hijo."

Tomé el sobre y la llave. Sentí el peso de la responsabilidad. No solo mi beca estaba en juego, sino la vida de una familia.

A las 9 en punto, me escabullí por el campus, sintiendo cada sombra como un par de ojos. El motor de mi viejo coche rugió al arrancar. La dirección me llevó lejos, al distrito de propiedades de lujo que solo había visto en televisión.

Finalmente, llegué a un muro de piedra inmenso, coronado por rejas de hierro retorcidas. Detrás, se alzaba una casa que parecía sacada de una película de terror: la mansión familiar.

Estacioné a cierta distancia. Cuando me acerqué a pie, vi un coche negro, un Mercedes S-Class de alta gama, que se alejaba a toda velocidad, sus luces traseras desapareciendo rápidamente en la oscuridad.

Sentí un escalofrío. Llegué tarde. O quizás, llegué justo a tiempo.

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