El Abogado Descubrió la Deuda Millonaria de la Profesora: La Herencia Secreta que Arruinó a Mi Maestra

PÁGINA 2: La Emboscada del Abogado y la Evidencia Oculta

El silencio alrededor de la mansión era opresivo, roto solo por el chirrido de los grillos. La propiedad era gigantesca, rodeada de cipreses oscuros que proyectaban sombras amenazantes.

La dirección que Elena me había dado me guiaba a un buzón específico junto al portón de servicio. Era un buzón de piedra, antiguo, con el escudo de una familia que no reconocía, ya casi borrado por el tiempo.

Me acerqué con cautela, el sobre de manila pegado a mi pecho como si fuera a volar.

Justo cuando estaba a punto de deslizar el sobre por la ranura, escuché el sonido. Un motor potente regresando.

El Mercedes negro.

Me congelé. ¿Había vuelto? ¿Me había visto?

Corrí y me agazapé detrás de una densa mata de rododendros, intentando fundirme con la oscuridad. El corazón me latía tan fuerte que temí que el hombre lo escuchara.

El Mercedes se detuvo bruscamente. De él salió un hombre alto, vestido con un traje de corte impecable y brillante, la imagen misma del poder y la avaricia. Llevaba gafas de montura fina y su cabello rubio estaba peinado hacia atrás con precisión.

Era Ricardo. El primo abogado.

Se dirigió directamente al buzón, revisándolo con una linterna pequeña. Su rostro, iluminado por la luz fría, mostraba impaciencia y frustración.

"Maldita sea, Elena," murmuró para sí mismo. "Sabía que intentarías algo."

Mientras revisaba, sentí que era mi única oportunidad. Si esperaba más, me descubriría.

Salí de mi escondite y caminé hacia el buzón, fingiendo estar desorientado.

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"Disculpe," dije, intentando sonar lo más natural posible. "Estoy buscando la calle Olmos, ¿es esta?"

Ricardo giró sobre sus talones como un resorte. Su mirada me analizó de arriba abajo, deteniéndose en mi ropa de estudiante desgastada y mi mochila barata.

"¿Quién eres tú?" Su voz era fría, autoritaria, entrenada para intimidar en una sala de juicios.

"Solo un estudiante buscando una fiesta," mentí, sintiendo el sudor frío. Apreté el sobre con más fuerza.

Ricardo se acercó, la linterna apuntando directamente a mis ojos.

"Aquí no hay fiestas. Y no pareces un invitado de la zona. ¿Qué escondes en esa mano?"

Intenté meter el sobre en mi bolsillo, pero él fue más rápido. Extendió una mano fuerte y enguantada.

"Dame eso."

"No es nada, solo apuntes de clase," dije, retrocediendo.

"¡Mientes!" gritó, su calma profesional se desmoronando en un arrebato de ira.

Se abalanzó sobre mí. La lucha fue breve y violenta. Ricardo era más grande y fuerte, impulsado por la desesperación de proteger su fraude. Me golpeó el brazo contra la pared de piedra. Solté el sobre.

Él lo recogió con rapidez febril.

"¡Ajá! ¡Lo sabía!" Exclamó, rompiendo el sello de cera roja con un chasquido satisfactorio.

Mientras él se concentraba en hojear los documentos (copias de títulos de propiedad, balances de cuentas y una carta dirigida al juez), yo recordé la llave de hierro que Elena me había dado. Y la instrucción: el pendrive azul.

El sobre era solo la carnada.

Aproveché que Ricardo estaba absorto en los papeles y corrí de vuelta a mi coche.

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"¡Vuelve aquí, muchacho!" gritó Ricardo, dándose cuenta de mi huida.

Arranqué el motor. Miré por el retrovisor y vi a Ricardo, furioso, arrojando el sobre al suelo y sacando su teléfono para hacer una llamada. Había perdido los documentos, pero gané tiempo.

Conduje de vuelta a la ciudad a una velocidad imprudente. Tenía que llegar al apartamento de Elena.

Cuando llegué al modesto edificio de ladrillo donde vivía la profesora, todo estaba oscuro. Subí corriendo las escaleras hasta el tercer piso.

La puerta de su apartamento estaba entreabierta. Un mal presentimiento me heló la sangre.

Entré con cuidado. El lugar estaba revuelto. No había señales de violencia, pero parecía que alguien había buscado algo con mucha prisa: libros tirados, cojines volteados. Elena no estaba.

Mi corazón se hundió. Ricardo actuó más rápido de lo que pensamos. La había interceptado.

Me dirigí al pequeño escritorio de madera. Busqué la caja de seguridad. Estaba escondida detrás de una fila de libros de economía.

Introduje la llave antigua. La cerradura giró con un clic pesado.

Dentro, no había dinero ni joyas. Solo un pequeño dispositivo USB, de un color azul brillante, y una nota garabateada a mano.

La nota decía: “Andrés, si lees esto, Ricardo ganó la primera ronda. El pendrive tiene la verdad. Entrégalo solo a J.A. (Juez Almagro). Cuida a mi hijo.”

Me sentí morir. ¿Dónde estaba su hijo? ¿Y dónde estaba ella?

Salí del apartamento sintiéndome como un criminal, con el pendrive escondido en la suela de mi zapato. Sabía que Ricardo me buscaría ahora. Yo era el único testigo, y ahora, el portador de la evidencia.

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Necesitaba ver qué contenía el pendrive antes de entregarlo. Necesitaba saber exactamente por qué Elena había arriesgado su vida y mi futuro.

Me dirigí a la biblioteca central, el único lugar abierto a esa hora con acceso a internet.

Me senté en la sección menos iluminada, mis manos temblando mientras insertaba el dispositivo en una computadora pública.

Abrí la carpeta. Había docenas de archivos. Documentos escaneados, balances bancarios, y varios archivos de video etiquetados con fechas.

Hice doble clic en el video más reciente.

La imagen se encendió. Mostraba a Ricardo, el abogado, sentado en un despacho suntuoso, hablando por teléfono con un tono cínico.

"Sí, el viejo firmó el poder en blanco hace meses… Ahora solo tenemos que cargarle a Elena todos los gastos de la propiedad y declararla insolvente. La herencia será nuestra, limpia de polvo y paja."

El video era irrefutable. Mostraba cómo Ricardo había falsificado firmas y creado un esquema para despojar a Elena de su legítima parte de la fortuna familiar, valorada en más de veinte millones de dólares.

Mientras observaba, sintiendo una mezcla de alivio y terror por tener esta prueba, las luces de la biblioteca parpadearon violentamente.

De repente, la oscuridad total.

Sentí una respiración pesada justo detrás de mí. Mi cuerpo se tensó.

Una voz profunda y áspera susurró: "¿Buscabas esto, chico?"

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