El Abogado Descubrió la Deuda Millonaria Escondida en el Vuelo 612: El Detonador Era la Clave de la Herencia

El Silencio de los Cien Testigos

El avión alcanzó la altitud de crucero. La señal del cinturón se apagó. Pero la tensión en la cabina, al menos para mí, no disminuyó.

Elisa, profesional hasta la médula, comenzó el servicio de bebidas. Yo la observé. Estaba pálida, pero su mano no temblaba al servir el café. Ella sabía que estábamos en medio de algo terrible, pero su deber era mantener la normalidad.

Yo, por mi parte, intentaba parecer un abogado aburrido que revisaba una revista económica. Pero mis ojos estaban fijos en el espejo de plástico que reflejaba la fila 22. Silas seguía allí, inmutable. El objeto metálico permanecía sobre la bandeja.

Me atreví a estirar la mano y tocar mi maletín bajo el asiento. El cuero liso me dio una pequeña sensación de seguridad. El codicilo de Reginald Maxwell estaba escondido dentro de un compartimento sellado con una cerradura biométrica.

Pero no era la cerradura lo que me preocupaba, sino el tiempo.

La Interrupción

Apenas pasaron veinte minutos. La cabina estaba en su somnolencia habitual. La luz del sol entraba por las ventanillas, creando un ambiente de paz engañosa.

De repente, Silas se levantó.

No lo hizo de forma brusca. Fue un movimiento lento, casi perezoso. Se quitó las gafas oscuras, revelando unos ojos fríos y grises que parecían no registrar emoción alguna. Era un depredador.

Caminó por el pasillo. No hacia el baño, ni hacia la cocina. Venía hacia mí.

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Mi corazón se disparó. Intenté mantener la calma, respirar profundamente, pero el aire se sentía escaso.

Cuando llegó a mi fila, se detuvo, mirando a mi compañero de asiento, un hombre mayor que leía un Kindle.

"Disculpe," dijo Silas con una voz sorprendentemente suave y pulcra. "Necesito hablar con el caballero del 14A."

Mi vecino frunció el ceño. "¿Por qué no esperas a que termine el servicio?"

Silas no respondió con palabras. Simplemente extendió su mano y apretó el hombro del pasajero con una fuerza brutal. El hombre del Kindle se puso blanco y se levantó sin decir una palabra, deslizándose hacia el pasillo y dirigiéndose rápidamente a la parte trasera.

Ahora Silas estaba frente a mí.

"David Vance," dijo, su voz ahora un murmullo amenazante que solo yo podía escuchar. "Marcus te envía saludos."

"No sé de qué me hablas," repliqué, mi voz más estable de lo que esperaba. Me incliné hacia mi maletín.

"Ahorrémonos el teatro legal, David. Sé exactamente lo que llevas. El codicilo. La clave para la fortuna de 300 millones de dólares de Reginald." Silas se sentó en el asiento que acababa de desalojar mi vecino. Estaba peligrosamente cerca.

"Sé de leyes, Silas. Lo que estás haciendo ahora es secuestro. Es un delito federal. En cuanto aterricemos, irás a prisión."

Silas se rió, un sonido seco y desagradable. "Ahí es donde te equivocas, abogado. No vamos a aterrizar hasta que yo tenga ese documento. Y si lo destruyo ahora, el testamento anterior, el que favorece a Marcus, se mantiene. Ganamos."

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La Revelación del Dispositivo

Le eché un vistazo al pasillo. Nadie parecía haber notado la tensión. Los pasajeros seguían leyendo o durmiendo. ¿Eran cómplices?

"¿Qué hiciste?" pregunté, señalando con la cabeza hacia el objeto metálico en la fila 22.

"¿Esa pequeña joya?" Silas sonrió con orgullo. "Es un inhibidor de frecuencia de banda ancha, altamente especializado. Bloquea todas las comunicaciones entre la cabina de pasajeros y la cabina de vuelo, y también interfiere con los teléfonos satelitales a bordo. Estamos en una burbuja de silencio. Los pilotos no sabrán que hay un problema hasta que sea demasiado tarde para reaccionar."

Mi sangre se congeló. Elisa no pudo llamar a los pilotos. Ella no pudo pedir ayuda. Su única esperanza había sido que yo saliera del avión antes de que el inhibidor se activara.

"Dame el maletín. Ahora," exigió Silas, extendiendo la mano.

"No lo haré."

En ese momento, Elisa apareció con su carrito de bebidas. Ella se acercó a nuestra fila, sus ojos fijos en Silas.

"¿Necesitan algo más, señores?" preguntó, su voz sonando exageradamente dulce.

Silas la miró con desprecio. "Estamos en una conversación privada, azafata. Vete."

"Lo siento, pero el servicio de bebidas es obligatorio en esta sección."

Elisa, con un movimiento rápido que no correspondía a su imagen de dulzura, volcó accidentalmente una taza de café hirviendo sobre la entrepierna de Silas.

Silas gritó, un rugido ahogado. Saltó del asiento, su traje empapado.

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"¡Maldita sea! ¡Me quemaste!"

"¡Oh, lo siento mucho, señor! ¡Fue la turbulencia!" Elisa exclamó, con el rostro lleno de falsa alarma.

Ese fue el momento. El desvío.

Aproveché el caos. Me lancé bajo mi asiento, agarré el maletín y corrí hacia la parte delantera del avión, esquivando a Elisa, que intentaba contener a Silas.

"¡Alto ahí, Vance! ¡No puedes escapar de la Herencia!" gritó Silas, ignorando el dolor de la quemadura y persiguiéndome.

Corrí por el pasillo, sintiendo la mirada de cien pasajeros confusos sobre mí. No entendían que no era un simple robo, sino un intento de alterar un testamento de valor incalculable.

Llegué a la puerta de la cabina de vuelo. Estaba cerrada.

Silas me alcanzó, tirando de mi hombro. Ambos caímos sobre un asiento vacío, el maletín rebotando y deslizándose.

Silas se abalanzó sobre él. Sus manos expertas buscaron el panel biométrico. Él no necesitaba mis huellas. Tenía un dispositivo de anulación.

"¡Se acabó, abogado! ¡El codicilo es mío!"

Con un clic electrónico, la cerradura se abrió. Silas levantó la tapa con un aire de triunfo absoluto. Su misión estaba cumplida. El futuro de la fortuna Maxwell dependía de lo que él hiciera en los próximos diez segundos.

Pero cuando Silas miró dentro del maletín, su rostro se descompuso. La sonrisa desapareció, reemplazada por una rabia helada y una confusión total.

El maletín estaba lleno, sí, pero no con el testamento.

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