El Abogado Descubrió que la Obra de Arte Rota Valía una Fortuna y Cambió el Testamento del Dueño de la Ciudad

La Búsqueda Desesperada y el Interrogatorio

Martínez salió del aula a toda prisa, casi chocando con la señora Elena, la conserje, una mujer mayor y de pocas palabras.

"¡Elena! ¡Espere! ¿A qué hora vació los cestos de la 204 esta mañana?" preguntó Martínez, su voz aguda por la ansiedad.

Elena lo miró con calma, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

"A las siete en punto, profesor. Como todos los días. ¿Le importa si sigo? Tengo la hora de entrada de los alumnos encima."

"¡No, no! Un momento," insistió Martínez, sujetándola por el brazo. "Había un papel. Un dibujo. ¿Recuerda haberlo visto? Era un carboncillo, muy arrugado."

Elena frunció el ceño, pensativa.

"Papeles arrugados hay muchos, profesor. Los estudiantes tiran mucho. Pero sí, había uno más grande, hecho una pelota dura. Lo tiré en la bolsa grande de reciclaje, junto con los otros papeles."

"¿Dónde está esa bolsa, Elena? ¡Es urgente! Es de vital importancia, es… propiedad de la Academia," mintió Martínez descaradamente.

"Ya se fue, profesor. El camión de reciclaje pasa a las 7:30. Se lo llevaron todo," respondió Elena con un encogimiento de hombros.

Martínez sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. El camión. El reciclaje. La fortuna de 50 millones de dólares ahora era pulpa de papel en algún vertedero.

La desesperación lo impulsó a una nueva estrategia: silenciar a Mateo y fingir que el dibujo nunca existió.

Localizó a Mateo en la biblioteca, sentado en un rincón, leyendo un libro prestado.

Martínez se acercó con una sonrisa forzada y paternalista, una máscara que nunca antes había usado con el niño.

"Mateo, hijo, ¿podemos hablar un momento?"

Mateo levantó la vista, sus ojos oscuros llenos de cautela. No olvidaba la humillación del día anterior.

"Sí, profesor Martínez," dijo en voz baja.

"Mira, sobre ayer… Fui un poco duro. Demasiado exigente con los materiales," comenzó Martínez, sentándose frente a él. "Me he dado cuenta de que tu trazo tiene una energía increíble. De hecho, me gustaría compensarte por mi error."

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Sacó su billetera de cuero fino y extrajo un billete de cien dólares.

"Toma. Cómprate un buen set de lápices de grafito. Y olvida lo que pasó con ese dibujo. Fue un error de juicio, ¿de acuerdo?"

Mateo miró el billete y luego a los ojos de Martínez. Había algo en la desesperación oculta del profesor que no encajaba con el gesto.

"Profesor, no necesito dinero. Solo quería que le gustara mi dibujo," dijo Mateo.

"¡Y me gusta! ¡Me gusta mucho! Pero, si alguien te pregunta, ese dibujo… nunca existió. ¿Entiendes? Era solo un ejercicio. Un borrador. No tiene valor," presionó Martínez, inclinándose.

Mateo frunció el ceño. "Pero, profesor, la obra ya no es mía."

Martínez se congeló. "¿Qué quieres decir, Mateo?"

"Antes de que usted lo rompiera, el Dr. Herrera, el abogado de Don Elías Vargas, vino a la escuela. Me buscó en el recreo de la mañana," explicó Mateo. "Me dijo que Don Elías había visto una foto de mi trabajo en una exposición previa y le había gustado mucho."

Martínez sintió un escalofrío helado. El abogado ya estaba involucrado.

"¿Y qué le dijo el abogado?" preguntó Martínez, tratando de sonar casual.

"Me dijo que Don Elías había organizado un pequeño concurso anónimo, y mi dibujo había ganado. Él quería verlo en persona. Me pidió la obra original para llevarla a la oficina legal para la firma de unos papeles importantes. Se la di justo antes de su clase de arte."

Un gemido silencioso escapó de Martínez. El dibujo que él había destruido no era un borrador anónimo. Era una pieza legal, parte de un testamento.

"Pero… ¿cómo lo tiene el abogado si yo lo rompí en clase?" tartamudeó Martínez.

Mateo se encogió de hombros. "Ah. Cuando el Dr. Herrera lo tomó, me dijo que tenía que ser la obra original. Él vio que el papel era muy frágil, así que lo fotografió y lo escaneó en alta resolución por si acaso. Me dijo que el valor no estaba en el papel, sino en la intención artística y que, si se dañaba, tenían los archivos digitales."

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Martínez se sintió aliviado por un segundo, pero la sensación se disipó rápidamente. El abogado tenía la prueba de la obra. Pero la obra física, la que él había humillado, ¿qué había pasado con ella?

"¿Y qué pasó con el dibujo físico, Mateo? ¿El que yo… el que yo critiqué?"

Mateo bajó la mirada. "Usted lo rompió. Pero el Dr. Herrera me dijo algo cuando me lo devolvió después de escanearlo. Me dijo que lo guardara con mucho cuidado, porque aunque tuvieran la copia digital, el papel original era la prueba física de mi participación y de la fecha exacta de la creación."

"¿Así que el abogado te lo devolvió?" preguntó Martínez, la esperanza regresando salvajemente.

"Sí, me lo devolvió antes de la clase. Lo tenía guardado aquí, en mi mochila, doblado en un sobre para que no se dañara más. Pero después de que usted me gritó y dijo que era basura, me sentí muy avergonzado, profesor."

Las pupilas de Martínez se dilataron. "Mateo, por favor, dime que todavía lo tienes."

"No. Lo saqué de la mochila. Lo desdoblé y lo miré," la voz de Mateo se quebró un poco. "Y luego, lo tiré yo mismo. Lo tiré en el cesto de basura del pasillo, camino a casa, porque no quería tener nada que me recordara que mi arte era una vergüenza."

El corazón de Martínez se detuvo. El niño, humillado, había completado la destrucción. Y esa basura ya se había ido al camión.

En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió con un golpe seco.

Un hombre alto, con un traje perfectamente cortado y una expresión de mármol, entró. Era el Dr. Herrera. Detrás de él, venía la Directora de la Academia, pálida y temblorosa.

El Dr. Herrera se dirigió directamente a Martínez, ignorando a Mateo por un instante.

"Profesor Martínez, qué conveniente que esté aquí. Necesitamos hablar sobre la destrucción de propiedad legalmente vinculada a un testamento."

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El Dr. Herrera se acercó al escritorio y colocó una carpeta de cuero negro sobre la superficie.

"Verá, la obra de Mateo Rivas no solo es la pieza central de una fundación de cincuenta millones de dólares. Es, de hecho, el desencadenante de la cláusula de 'Protección al Artista Joven', una adición de última hora al testamento de Don Elías Vargas."

Martínez balbuceó: "Pero… yo no sabía. Fue un error pedagógico. El dibujo no tiene valor físico si tienen el escaneo…"

El abogado sonrió fríamente.

"Ahí es donde se equivoca, profesor. El valor físico es la prueba de su existencia antes de que fuera legalmente reconocido en el testamento. Y la prueba de su destrucción por parte de un empleado de esta institución es la base de un posible litigio por daños morales y obstrucción a la ejecución de un testamento."

El Dr. Herrera abrió la carpeta. Dentro, no había papeles, sino un trozo de papel de carboncillo, cuidadosamente pegado sobre un cartón de museo. Era un fragmento del dibujo de Mateo.

"Recogí esto del cesto de basura de su aula ayer por la tarde, justo antes de que la señora Elena se llevara la bolsa. Lo encontré en un estado lamentable, pero aún reconocible. Lo necesitaba como prueba," declaró el abogado, su voz baja pero cortante.

"¿Prueba de qué?" preguntó Martínez, sintiéndose acorralado.

"Prueba de la actitud de esta institución hacia el talento genuino," dijo Herrera. "Don Elías Vargas estipuló que si el joven Mateo sufría cualquier tipo de abuso o humillación por su origen humilde o sus materiales modestos, el responsable directo no solo sería despedido, sino que la Fundación Vargas retiraría inmediatamente todos sus fondos de patrocinio a la Academia Vanguardia. Fondos que, por cierto, representan el 40% de su presupuesto anual."

Martínez se tambaleó. No solo había arruinado su vida, sino que había condenado financieramente a toda la escuela.

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