El Acto Secreto de la Niñera en la Mansión del Millonario: Un Plan que Afectaría la Herencia de la Bebé

El corazón de Don Ricardo latía con la fuerza de un tambor de guerra mientras corría por los pasillos inmaculados de su mansión. Los ecos de sus pasos resonaban en el mármol, un sonido que rara vez se oía en la quietud de la noche. Subió las escaleras de caracol de dos en dos, con la adrenalina disparada, el rostro contraído por una mezcla de ira y terror. La imagen de Elena, con ese objeto metálico en la mano, se repetía una y otra vez en su mente, como un bucle macabro.
Llegó a la puerta de la habitación de Sofía. Estaba entreabierta, un delgado hilo de luz escapando de la pequeña lámpara de noche. Don Ricardo la empujó con brusquedad, y el leve crujido pareció un trueno en la quietud.
Elena estaba de pie junto a la cuna, de espaldas a él, con los hombros ligeramente encorvados. Parecía estar observando a Sofía, que seguía durmiendo plácidamente, ajena al drama que se desarrollaba a su alrededor.
"¡Elena!", la voz de Don Ricardo resonó con una autoridad que rara vez usaba fuera de la sala de juntas. Su tono era grave, cargado de una furia contenida que amenazaba con estallar.
La niñera se sobresaltó. Su cuerpo se tensó y se giró lentamente, su rostro pálido como la luna que se colaba por la ventana. Sus ojos, antes tranquilos, ahora estaban dilatados por el miedo. En su mano, Don Ricardo pudo ver un pequeño objeto. No era el objeto puntiagudo que había visto en la pantalla. Esta vez, era un diminuto reloj de bolsillo plateado, que se abría y cerraba con un delicado clic.
"¿Don Ricardo? ¿Ha pasado algo?", preguntó Elena, su voz apenas un susurro tembloroso. Sus manos se aferraban al pequeño reloj como si fuera un salvavidas.
Don Ricardo avanzó un paso, su mirada de halcón clavada en ella. "No se haga la inocente, Elena. Lo vi todo. Cada movimiento. Ese objeto. ¿Qué demonios le estaba haciendo a mi hija?" Su voz era un gruñido, cada palabra cargada de la amenaza de una acusación legal inminente.
Elena retrocedió, sus ojos vagando entre Don Ricardo y la cuna. "Yo... yo no estaba haciéndole nada, señor. Solo... solo la estaba cuidando." Su labio inferior temblaba.
"¡No mienta! ¿Qué era ese objeto puntiagudo? ¿Qué escondía en su mano? ¡Dígame la verdad ahora mismo o llamaré a la policía y a mis abogados! Este intento de... de lo que sea que estuviera planeando con la heredera de mi fortuna, no quedará impune." Don Ricardo se acercó, su imponente figura proyectando una sombra amenazante sobre ella. La mención de la policía y los abogados hizo que Elena palideciera aún más.
Elena se encogió, sus ojos llenándose de lágrimas. "No, por favor, señor. No haga eso. Yo no quería hacerle daño a la bebé. ¡Jamás! Lo juro por mi vida." Se llevó la mano al pecho, el reloj aún apretado entre sus dedos. "Estaba... estaba colocando esto." Y con un movimiento tembloroso, abrió el reloj de bolsillo.
Dentro, en lugar de la maquinaria de un reloj, había una pequeña fotografía en blanco y negro, descolorida por el tiempo. Mostraba a una mujer joven, de rasgos sorprendentemente similares a los de Elena, sonriendo dulcemente. Y en el reverso, una inscripción diminuta: "Para mi pequeña Elena. Siempre contigo. Mamá."
Don Ricardo la miró, confundido. "¿Un reloj? ¿Y la foto de su madre? ¿Qué tiene que ver esto con lo que vi en la cámara?" Su furia no disminuía, pero la confusión comenzaba a abrirse paso.
Elena bajó la mirada, sus lágrimas cayendo libremente. "El objeto puntiagudo... era el alfiler de mi abuela, señor. Lo uso para abrir este reloj cuando el broche se atasca. Es muy viejo. Lo saqué para abrirlo y... y colocarlo debajo de la almohada de Sofía."
Don Ricardo frunció el ceño. "¿Colocarlo? ¿Por qué pondría el reloj de su abuela debajo de la almohada de mi hija?" La explicación no cuadraba con la intensidad y el sigilo que había observado.
"Mi madre... murió cuando yo era muy pequeña, señor," comenzó Elena, su voz rota por la emoción. "Este reloj es lo único que me queda de ella. Ella decía que era un amuleto, que protegía a los niños. Mi abuela me lo dio cuando yo era bebé y me contó que mi madre lo ponía siempre cerca de mí. Yo... yo solo quería que Sofía también tuviera esa protección." Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
Don Ricardo la observó escéptico. La historia sonaba a una excusa desesperada. "Eso no explica la forma en que lo hizo, Elena. El sigilo, la mirada... Parecía estar llevando a cabo una misión secreta, no un acto de cariño."
Elena suspiró, su mirada se encontró con la de Don Ricardo, y en sus ojos había una desesperación genuina que el millonario no pudo ignorar. "No es solo por eso, señor. Hay algo más. Algo que me pidieron que hiciera. Algo que tiene que ver con este reloj y... y con Sofía."
El ambiente se volvió más denso. Don Ricardo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación. "¿Qué está diciendo? ¿Quién le pidió qué cosa? ¡Hable claro, Elena! ¡Su futuro, y el de mi hija, dependen de ello!"
Elena dudó, su cuerpo temblaba. "Un hombre. Un abogado. Me contactó hace unas semanas. Dijo que tenía información sobre mi familia, sobre mi abuela. Dijo que si yo... si yo colocaba este reloj en la cuna de Sofía, se activaría una cláusula en un antiguo testamento. Un testamento que involucra una parte de la fortuna de su familia, Don Ricardo. Dijo que mi abuela, la que me dio el reloj, era una pieza clave en todo esto."
Don Ricardo sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Un testamento. Una cláusula. ¿Su fortuna? Era absurdo. Él era un hombre hecho a sí mismo, su riqueza no dependía de viejos legados. "¡Eso es una locura! ¿Un testamento? ¡Mi fortuna es mía, construida por mí! No hay ninguna cláusula, ninguna herencia oculta que la afecte."
"Él me mostró documentos, señor. Fotos de mi abuela con gente... gente que parecía de su familia, de hace mucho tiempo. Dijo que este reloj no es solo un amuleto. Que contiene un microfilm, escondido en la tapa trasera, que revela la ubicación de un tesoro... un tesoro que es parte de la herencia original de su linaje, y que mi abuela era la custodia de la clave para encontrarlo."
Elena extendió el reloj. "Me dijo que el microfilm solo se activaría con el contacto de un descendiente directo de la línea de sangre de su familia, nacido bajo ciertas circunstancias. Y que Sofía, según sus cálculos, cumplía con todas esas condiciones. Me amenazó, señor. Dijo que si no lo hacía, mi hermano, que está muy enfermo, no recibiría la ayuda médica que necesita. Estaba desesperada."
Don Ricardo miró el pequeño reloj, luego a Sofía, y finalmente a Elena, sus ojos llenos de una mezcla de terror y compasión. ¿Microfilm? ¿Tesoro? ¿Una cláusula oculta en un testamento ancestral que afectaba la propiedad de su linaje? Esto era mucho más complejo que un simple intento de daño. Esto era una intriga de herencia, un plan elaborado. El objeto puntiagudo no era una aguja para dañar, sino la herramienta para abrir un secreto.
El nombre del abogado le llegó a los labios de Elena como un susurro aterrado: "Se llama... se llama Elías Montalvo. Dijo que era el albacea de un testamento muy antiguo."
La sangre de Don Ricardo se heló. Elías Montalvo. Ese nombre le resultaba familiar. Un abogado oscuro, conocido en los círculos legales por su especialización en disputas de herencias complejas y a menudo turbias. Un escalofrío recorrió su espalda. Esto no era una excusa. Esto era real. Y la vida de Sofía, la heredera de su vasto patrimonio, acababa de ser arrastrada a una intriga que podría desmantelar la base misma de su fortuna.
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