El Bebé Millonario Perdía Peso: La Limpiadora Descubre la Conspiración por la Herencia de la Mansión

Rosa sintió que el tiempo se detenía. La imagen de Elena con el biberón, a punto de desaparecer por el pasillo, se grabó a fuego en su mente. No había espacio para la duda, solo para la acción. Con una resolución que no sabía que poseía, se lanzó. Dio un paso en falso deliberado, tropezando ruidosamente contra una silla que estaba en el pasillo, haciendo que esta cayera con un estrépito metálico que resonó en el silencio de la noche.

“¡Ay, Dios mío! ¡Qué torpe soy!”, exclamó Rosa en voz alta, frotándose el brazo. La silla había caído con un ruido suficiente para sobresaltar a Elena, quien giró bruscamente, el biberón aún en su mano, la sorpresa claramente pintada en su rostro. Una mínima cantidad del líquido se derramó sobre su pulcro uniforme blanco, dejando una mancha oscura y pegajosa.

“¿Rosa? ¿Qué haces aquí a estas horas?”, preguntó Elena, su voz aguda y con un matiz de irritación que no pudo ocultar. Sus ojos escanearon la escena, deteniéndose en el biberón en su mano y luego en la mancha en su uniforme.

“Perdóneme, señorita Elena. No podía dormir, y me dio sed. Vine por un vaso de agua y tropecé”, mintió Rosa con una naturalidad sorprendente, aunque su corazón latía desbocado. Se acercó a Elena, fingiendo preocuparse por la mancha. “¡Oh, qué desastre! Permítame limpiarle, por favor. Ese uniforme es tan blanco, se le va a quedar la mancha”.

Antes de que Elena pudiera protestar, Rosa se abalanzó con una servilleta de papel que había sacado de un dispensador cercano. Mientras fingía limpiar la mancha, su mano izquierda, casi imperceptiblemente, tomó el biberón de las manos de Elena. Con una agilidad que años de trabajo manual le habían dado, lo intercambió por otro idéntico que había preparado con leche fresca en un segundo de lucidez, justo antes de salir de su habitación, previendo que necesitaría una distracción. El biberón "limpio" y seguro estaba ahora en manos de Elena. El biberón contaminado, Rosa lo escondió rápidamente bajo su bata.

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Elena, distraída y molesta por la mancha, no notó el rápido intercambio. “No importa, Rosa. Ya es tarde, tengo que ir con el bebé”, dijo, con un tono más impaciente que antes. Sin darle más explicaciones, se dirigió a la habitación de Sebastián.

Rosa se quedó en la cocina, el corazón martilleándole en el pecho. El biberón con el líquido sospechoso estaba seguro, por ahora. Pero sabía que esto era solo el principio. Elena sospecharía. Tendría que ser extremadamente cuidadosa.

Los días siguientes fueron una tortura silenciosa para Rosa. Elena la miraba con una suspicacia creciente, sus ojos fríos siguiéndola por la mansión. Rosa, por su parte, se dedicó a investigar. No podía acusar a Elena sin pruebas irrefutables. La palabra de una limpiadora contra la de una enfermera profesional, respaldada por una agencia de prestigio, no valdría nada para los Altamirano, en su estado de desesperación y agotamiento.

Recordó el frasco oscuro que Elena había usado. ¿Dónde lo guardaría? Rosa empezó a revisar discretamente los objetos personales de Elena cuando la enfermera no estaba en su habitación de servicio. No encontró nada. Elena era astuta, no dejaría pruebas a la vista.

Una tarde, mientras limpiaba el despacho de Don Fernando, Rosa escuchó una conversación telefónica que le heló la sangre. Don Fernando hablaba con su abogado, el prestigioso Licenciado Morales.

“...sí, la cláusula es clara, Morales. Si Sebastián fallece antes de cumplir un año, la herencia se divide de forma diferente”, dijo Don Fernando con una voz cargada de pesar. “Una parte iría a la Fundación Altamirano, y la otra, a mi primo lejano, Ricardo Altamirano, que vive en el extranjero. Es una cláusula antigua, de mi abuelo, para asegurar la continuidad del apellido si la línea directa se extinguía. Nunca pensamos que llegaría a esto”.

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Rosa sintió un escalofrío. Ricardo Altamirano. Recordó haberlo visto una vez, hace años, un hombre de mirada ambiciosa y sonrisa falsa, durante una reunión familiar. ¿Podría haber una conexión?

Esa misma noche, Rosa volvió a su misión. Se armó de valor y se dirigió al cuarto de Elena. Esta vez, en lugar de buscar a la vista, buscó algo oculto. Movió el colchón de la cama, revisó el fondo de los cajones. Nada. Finalmente, su mano rozó un panel suelto en la parte inferior de la mesita de noche. Tiró con cuidado y se abrió un compartimento secreto.

Dentro encontró un pequeño frasco idéntico al que había visto, pero vacío. Y junto a él, un sobre con varias fotografías. Una de ellas mostraba a Elena sonriendo, abrazada a Ricardo Altamirano, el primo lejano de Don Fernando. En otra, Elena sostenía un documento bancario con una suma de dinero obscenamente grande transferida a una cuenta a su nombre. La fecha de la transferencia era apenas unos días después de que Sebastián comenzara a perder peso.

Pero lo más impactante fue una pequeña carta arrugada, escrita a mano. La letra era de Ricardo. Decía: “Elena, mi querida. El plan va según lo acordado. Sigue con las dosis pequeñas. No queremos levantar sospechas. Una vez que el pequeño heredero ya no esté, nuestra fortuna será segura. La mansión y todo lo demás será nuestro. No falles. Ricardo.”

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Rosa sintió un mareo. La magnitud de la traición era abrumadora. Elena no era solo una enfermera descuidada; era una conspiradora, una asesina a sueldo, trabajando para el propio pariente de los Altamirano. El líquido que había estado dando a Sebastián no era un veneno fulminante, sino algo que lo debilitaba lentamente, haciéndolo parecer una enfermedad misteriosa e incurable. Una forma de asesinato que no dejaría rastro obvio en una autopsia estándar.

En ese momento, la puerta de la habitación de Elena se abrió de golpe. Elena estaba allí, con los ojos inyectados en sangre y una expresión de furia desatada. Había notado que el panel de su mesita de noche estaba ligeramente desajustado.

“¡Tú! ¡Vieja entrometida!”, gritó Elena, lanzándose sobre Rosa. La enfermera era más joven y fuerte, pero Rosa tenía la adrenalina de la desesperación. El frasco vacío y la carta cayeron al suelo.

“¡No te saldrás con la tuya! ¡No dejaré que mates al bebé!”, exclamó Rosa, tratando de proteger los documentos.

Elena intentó arrebatarle las pruebas, pero Rosa se aferró a ellas con una fuerza insospechada. La lucha era desigual. Elena consiguió un golpe en la cabeza de Rosa, quien sintió un dolor agudo y el sabor metálico de la sangre en su boca. Cayó al suelo, aturdida, las pruebas esparcidas a su alrededor. Elena se abalanzó sobre ellas, dispuesta a destruirlas.

Justo en ese instante, Don Fernando, alertado por los gritos, apareció en el umbral de la puerta, con el rostro desencajado por la sorpresa y la alarma. Sus ojos se posaron en la escena: Rosa en el suelo, Elena recogiendo frenéticamente unos papeles, y el pequeño frasco oscuro.

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