El Divorcio Millonario: La Jueza Reveló la Verdadera Herencia del Marido Humillado en Pleno Juzgado

La voz de la jueza Valera resonó en la sala, cortando el tenso silencio como un cuchillo afilado. "Señora Romero", comenzó, y su tono no dejaba lugar a dudas sobre la gravedad de sus palabras, "parece que hay una información crucial que no ha sido incluida en los documentos de este divorcio. Una información que, debo decir, altera sustancialmente la distribución de bienes y, de hecho, la situación financiera del señor García".

Sofía tragó saliva ruidosamente. Su abogado, el señor Delgado, que hasta ese momento había mantenido una pose de superioridad, se removió incómodo en su asiento. "Su Señoría, con todo respeto, mis clientes han presentado todos los documentos pertinentes", balbuceó, intentando recuperar el control.

La jueza lo ignoró por completo. Sus ojos, fijos en Sofía, eran como dagas. "Este documento", continuó, levantando la carpeta marfil, "es una copia certificada de un testamento. El testamento de un ciudadano belga, el señor Henri Dubois, fallecido hace apenas dos semanas en Ginebra. ¿Le suena el nombre, señora Romero?"

Sofía palideció aún más. Su boca se abrió y se cerró varias veces, como un pez fuera del agua. "Dubois... ¿Henri Dubois?", repitió, casi en un susurro. La mención del nombre parecía haberle arrancado el aire de los pulmones. Mateo la observaba, completamente desconcertado. ¿Quién era Henri Dubois? ¿Y qué tenía que ver ese nombre con él?

La jueza asintió lentamente. "El señor Henri Dubois era, en vida, un reconocido empresario del sector tecnológico, con una fortuna estimada en varios cientos de millones de euros. Y, sorprendentemente, en su última voluntad, fechada apenas un mes antes de su fallecimiento, nombra al señor Mateo García como su único y universal heredero".

Un silencio atronador invadió la sala. Mateo sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. ¿Heredero? ¿De un millonario? Era absurdo. Una broma de mal gusto. Miró a Sofía, cuyo rostro se había vuelto de un blanco cadavérico, sus ojos desorbitados. Su abogado estaba boquiabierto, las gafas de montura fina casi se le caen de la nariz.

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"Esto... esto es imposible, Su Señoría", logró decir Sofía, su voz apenas un hilo. "Mateo no tiene familia en Bélgica. No conoce a ningún Dubois. Esto es un error, una... una falsificación".

La jueza Valera esbozó una sonrisa fría. "Dudo que la prestigiosa firma de abogados 'Dubois & Associates' de Ginebra se preste a falsificaciones, señora Romero. Y menos aún un notario público suizo. El testamento ha sido debidamente autenticado y registrado. Y lo que es más interesante, el señor Dubois especifica la relación que lo une al señor García".

Mateo, aún en shock, encontró su voz. "Jueza, yo... yo no entiendo. ¿Quién era este hombre?"

La jueza se volvió hacia él, su expresión suavizándose ligeramente. "El señor Henri Dubois era su abuelo materno, señor García. Su madre, Elena, fue dada en adopción en España siendo una bebé, después de que su padre, el señor Dubois, creyera que su joven esposa había fallecido en un accidente automovilístico. Resulta que su esposa sobrevivió, pero la burocracia y la confusión de la posguerra hicieron que perdieran el rastro de la niña. El señor Dubois pasó décadas buscándola, y finalmente, la encontró. Pero, por desgracia, su madre había fallecido hace algunos años".

Las palabras de la jueza eran como golpes, cada una revelando una pieza de un rompecabezas que Mateo jamás supo que existía. Su abuelo. Un abuelo millonario. Su madre, a quien apenas recordaba, había sido buscada por años. La magnitud de la revelación era sobrecogedora.

"El señor Dubois", continuó la jueza, "estableció contacto con la familia de su madre hace aproximadamente seis meses. Se enteró de su fallecimiento, pero también de la existencia de un nieto. Usted, señor García. Parece que hubo encuentros, correspondencia. ¿No es así, señora Romero?"

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Sofía se quedó muda. Su silencio era ensordecedor. El abogado Delgado intentó intervenir de nuevo. "Su Señoría, esto es una calumnia. Mis clientes no tenían conocimiento de nada de esto".

La jueza levantó una mano, silenciándolo. "Ah, ¿no? Porque en el testamento, hay una cláusula muy específica. El señor Dubois, previendo posibles disputas, declara que, aunque se mantuvo en contacto con su nieto, fue a través de un intermediario para proteger su privacidad y la de Mateo. Sin embargo, también establece que su nieto le confió, en un momento de gran angustia, que su esposa, la señora Sofía Romero, había sido informada de la existencia de su abuelo y de la posibilidad de una herencia considerable. Y, lo que es aún más grave, que la señora Romero le había exigido que no mencionara nada a Mateo, para poder 'gestionar' la situación a su manera y obtener una parte para ella".

La acusación cayó como una bomba. Sofía se levantó de golpe, su silla raspando el suelo. "¡Eso es mentira! ¡Es una conspiración! ¡Mateo nunca dijo eso!"

Mateo la miró, una mezcla de horror y furia creciendo en su interior. ¿Sofía lo sabía? ¿Lo había ocultado? ¿Había planeado aprovecharse de él, de su propia sangre? La imagen de Sofía llamándolo "basura negra" se reprodujo en su mente, pero ahora con un matiz mucho más oscuro.

La jueza, imperturbable, continuó. "El testamento también incluye un correo electrónico, enviado por la señora Romero al asistente legal del señor Dubois, en el que ella, bajo el pretexto de 'proteger la estabilidad emocional de Mateo', solicitaba información detallada sobre la fortuna y los activos de su abuelo, y sugería que ella sería la persona más adecuada para administrar cualquier futura herencia. Incluso, insinuaba que Mateo no era 'lo suficientemente maduro' para manejar una fortuna de esa magnitud".

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La sala estaba en un completo caos. El abogado Delgado intentaba controlar a Sofía, que ahora estaba al borde del llanto, sus ojos inyectados en sangre. Mateo sentía que su cabeza iba a explotar. La traición era tan profunda, tan calculada, que le revolvió el estómago.

"Por lo tanto", sentenció la jueza, su voz clara y firme, "dada la aparición de este testamento y la evidente ocultación de información y posible manipulación por parte de la señora Romero, este tribunal suspende de inmediato el proceso de divorcio. Se iniciará una investigación exhaustiva sobre la conducta de la señora Sofía Romero en relación con esta herencia. Además, se congelarán todos los bienes conyugales hasta que se aclare la situación. Y usted, señor García, ahora es el dueño de una de las mayores fortunas de Europa. No solo eso, el testamento exige que el divorcio se renegocie bajo las nuevas circunstancias, y que la señora Romero no reciba ni un solo céntimo de la herencia de su abuelo, debido a su intento de fraude y manipulación".

La jueza golpeó el mazo. El sonido resonó como un trueno. Sofía se desplomó en su silla, su rostro desfigurado por la incredulidad y el pánico. La humillación que ella había infligido a Mateo se le devolvía multiplicada por mil, pero esta vez, con consecuencias legales y financieras devastadoras. El abogado Delgado se veía completamente derrotado. Mateo, por su parte, seguía sin poder procesar todo. De ser una "basura negra", de pronto era un millonario, el dueño de un imperio. Su vida, en un instante, se había transformado por completo.

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