El Dueño Millonario del Jet y el Sabotaje de la Herencia Oculta

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Ricardo Fuentes y ese misterioso sabotaje a su jet privado. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante y oscura de lo que imaginas, revelando un entramado de celos, ambición desmedida y una fortuna en juego que nadie conocía.
Ricardo Fuentes, el empresario que todos querían ser, ajustaba su corbata de seda frente al espejo pulido de su suite presidencial. El sol de la mañana, apenas un hilo dorado en el horizonte de la ciudad, se reflejaba en el cristal, pero él ya estaba listo. Hoy no era un día cualquiera. Hoy firmaría el contrato más grande de su dilatada y exitosa carrera, un acuerdo que cimentaría su legado para las próximas generaciones.
Abajo, en la pista de aterrizaje privada de su propiedad, lo esperaba su jet Bombardier Challenger 605, reluciente bajo los primeros destellos del amanecer, una máquina de lujo y eficiencia lista para llevarlo al éxito. El rugido contenido de sus motores, ya en precalentamiento, le enviaba una vibración placentera que recorría su cuerpo.
Bajó las escaleras de mármol con una sonrisa de satisfacción, un gesto que rara vez se permitía en público. Su asistente personal, María, una mujer impecable y discreta con más de diez años de servicio, lo esperaba en el vestíbulo con una carpeta de cuero en sus manos, conteniendo los últimos documentos a revisar.
“Buenos días, señor Fuentes. Todo está en orden. El plan de vuelo y los informes meteorológicos son perfectos,” dijo María con su habitual eficiencia, extendiéndole la carpeta.
Ricardo asintió, apenas mirándola. Su mente ya estaba en el acuerdo que lo esperaba al otro lado del continente. “Excelente, María. Vamos, no quiero llegar ni un minuto tarde.”
El chofer, un hombre robusto y silencioso, abrió la puerta trasera del Bentley Mulsanne, y en pocos minutos de trayecto, ya estaban en la pista de aterrizaje privada. El jet, con sus líneas elegantes y su pintura azul cobalto, lucía imponente bajo las primeras luces del día, proyectando una sombra alargada sobre el asfalto. El piloto, el Capitán Miller, un veterano con décadas de experiencia, lo saludó con un gesto profesional desde la cabina.
Ricardo, con un pie en el primer escalón de la escalerilla que ascendía a la aeronave, se detuvo un instante, saboreando el momento. La brisa fresca de la mañana le acarició la cara, trayendo consigo el aroma metálico del combustible y la promesa de un nuevo triunfo. Estaba a punto de subir, su mente ya repasando los puntos clave de la negociación, cuando una figura corrió hacia él.
No era una figura cualquiera. Era Miguel, uno de los mecánicos de confianza de su flota, un hombre por lo general tranquilo y metódico, ahora agitado, con el rostro pálido y los ojos desorbitados. Su camisa de trabajo estaba desabrochada y su respiración era entrecortada, como si hubiera corrido un maratón.
“¡Señor Fuentes! ¡Espere! ¡No suba!” gritó Miguel, su voz ronca y llena de desesperación, resonando en el silencio matutino de la pista.
Ricardo frunció el ceño, extrañado, y un escalofrío comenzó a recorrer su espalda. Nunca había visto a Miguel en tal estado de pánico. María, a su lado, también se tensó, sus ojos fijos en el mecánico.
Miguel se acercó, casi tropezando en su prisa, y con voz temblorosa que apenas se le escuchaba, susurró, mientras miraba nerviosamente a su alrededor, como si temiera ser escuchado por alguien más: “Señor, no suba… su avión está sabotajeado.”
La palabra “sabotajeado” golpeó a Ricardo como una descarga eléctrica. Sintió que el aire le faltaba, que la sangre se helaba en sus venas. Miró a Miguel, luego al jet que momentos antes era su símbolo de triunfo y poder. No podía ser. Era imposible. Pero la desesperación en los ojos del hombre era tan real, tan palpable, que le impedía dudar.
“¿Qué dices, Miguel? ¿De qué estás hablando?” preguntó Ricardo, su voz apenas un hilo, aunque intentó mantener la calma. María se había llevado una mano a la boca, sus ojos abiertos de par en par.
Miguel, con las manos temblorosas, señaló hacia el ala derecha del jet. “Lo encontré hace unos minutos, señor. Estaba revisando el sistema de combustible por una rutina y… vi algo. Una manipulación en la línea de presión. Es muy sutil, casi imperceptible, pero está ahí. Alguien quería que el avión fallara en pleno vuelo.”
Ricardo, con el corazón latiéndole a mil por hora, bajó el último escalón. Se acercó al ala, guiado por Miguel. El sol empezaba a iluminar con más fuerza, y de pronto, un leve brillo metálico bajo el carenado del ala derecha del jet captó su atención. Era un pequeño cable, apenas visible, que no debería estar ahí, conectado a un dispositivo diminuto y extraño. Una trampa mortal.
El aire se volvió denso. Un sudor frío recorrió la frente de Ricardo. Alguien quería verlo muerto. ¿Pero quién? Y lo más importante, ¿por qué? La imagen de su imperio, de su fortuna, de su vida, se desdibujaba ante la aterradora realidad de que alguien había intentado quitárselo todo.
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