El Dueño Millonario del Jet y el Sabotaje de la Herencia Oculta

El descubrimiento del dispositivo en el ala del jet fue como un puñetazo en el estómago de Ricardo. El pequeño objeto, apenas una protuberancia metálica bajo el carenado, era lo suficientemente insignificante para pasar desapercibido en una revisión superficial, pero lo bastante letal como para provocar una catástrofe aérea. Miguel, con manos temblorosas, explicó que era un detonador por presión, diseñado para activarse a una altitud específica, cuando la presión en la línea de combustible alcanzara un punto crítico. La explosión sería interna, devastadora, y se simularía un fallo estructural.

“Es una trampa, señor. Una muy sofisticada,” dijo Miguel, su voz aún temblorosa. “Si no lo hubiera visto, si no me hubiera tocado hacer la revisión de rutina… usted no lo habría contado.”

Ricardo, con la mente en un torbellino, apenas podía procesar la información. Su vida, su existencia, había estado a minutos de ser pulverizada en el cielo. La rabia comenzó a reemplazar el miedo. “¿Quién, Miguel? ¿Quién pudo hacer esto? ¿Viste a alguien?”

Miguel negó con la cabeza, pálido. “No, señor. Los turnos de noche son rotativos. Yo llegué al amanecer. Pero… la persona que hizo esto conocía los horarios, sabía cuándo el avión estaría solo y cuándo habría la menor vigilancia. Es alguien de dentro o con información privilegiada.”

Ricardo sacó su teléfono y con manos que, sorprendentemente, no temblaban, llamó a su jefe de seguridad, un ex militar llamado Coronel Vargas. “Vargas, necesito que vengas a la pista ahora mismo. Y trae a tu mejor equipo. Han intentado sabotear mi jet. Y quiero que inicies una investigación exhaustiva, discreta, pero sin piedad.”

Artículo Recomendado  El Millonario y la Herencia Sorpresa: La Niña del Orfanato que Reclamó su Dueño

En menos de veinte minutos, la pista se llenó de hombres de seguridad con trajes oscuros. La policía de aviación y el FBI fueron contactados, pero Ricardo insistió en que su equipo privado manejara la fase inicial. No confiaba en nadie. Su asistente, María, estaba en shock, sus ojos fijos en el dispositivo, murmurando incoherencias.

“Señor Fuentes, esto es gravísimo. ¿Tiene usted enemigos tan peligrosos?” preguntó Vargas, un hombre de rostro pétreo y mirada penetrante, mientras examinaba el detonador con guantes especiales.

Ricardo se sentó en el asiento trasero de su Bentley, intentando ordenar sus pensamientos. Enemigos. Sí, en el mundo de los negocios, siempre los había. Rivales ambiciosos, socios envidiosos. Pero ¿llegar al asesinato? Eso era otro nivel.

“Piensa, Ricardo, piensa,” se dijo a sí mismo. ¿Quién se beneficiaría más de su muerte? Su mente voló hacia su familia. Su hermana, Elena, con quien mantenía una relación distante y complicada, siempre resentida por la forma en que Ricardo había construido su imperio desde cero mientras ella vivía de las rentas familiares. Y su sobrino, Daniel, un joven con deudas de juego y un estilo de vida extravagante, a quien Ricardo había rescatado financieramente en varias ocasiones.

Recordó una conversación de hacía unos meses con su abogado, el prestigioso Dr. Guillermo Soto. Habían estado revisando su testamento, un documento que Ricardo consideraba un mero trámite. “Ricardo, tus bienes son inmensos. Hemos de ser muy claros con las cláusulas de herencia. ¿Estás seguro de que quieres dejar la mayor parte a la fundación benéfica y solo una pequeña parte a Elena y Daniel?” El Dr. Soto había preguntado, con una ceja levantada.

Artículo Recomendado  La Nota que Desveló el Contrato Millonario y la Verdadera Herencia de los Gemelos del Magnate

Ricardo había respondido con firmeza: “Sí, Guillermo. Mi fortuna la he construido yo. Ellos ya tienen lo suyo. Y Daniel… necesita aprender el valor del dinero, no solo gastarlo. Quiero que mi legado sirva para algo más grande.”

El abogado había insistido en una cláusula de “muerte accidental”. “En caso de fallecimiento por causas no naturales, sería prudente especificar un proceso de auditoría y la designación de un albacea especial para evitar disputas y asegurar que tus deseos se cumplan.” Ricardo había aceptado a regañadientes, sin imaginar que esa cláusula se volvería crucial.

De repente, una idea helada recorrió su mente. ¿Y si el sabotaje estaba relacionado con su testamento? ¿Y si alguien había descubierto la cláusula y el plan para desheredar a Daniel y limitar la herencia de Elena? La ambición. La sed de una fortuna que se extendía mucho más allá de lo que su familia imaginaba.

Vargas interrumpió sus pensamientos. “Señor Fuentes, hemos encontrado algo más. Una huella de zapato inusual cerca del tren de aterrizaje. Y un pequeño fragmento de tela. Parece de un uniforme.”

“¿Uniforme de qué?” preguntó Ricardo, con una punzada de ansiedad.

“Parece de un uniforme de limpieza industrial, de los que usan en el hangar. Pero no es de nuestro personal. El color es ligeramente diferente.”

Ricardo sintió un nudo en el estómago. Eso significaba que el saboteador había tenido acceso al hangar, posiblemente disfrazado, o con la complicidad de alguien que le facilitó el acceso. La traición estaba más cerca de lo que pensaba.

Mientras el equipo de seguridad y los técnicos forenses desmantelaban el dispositivo, Ricardo observó a María, su asistente. Ella seguía pálida, temblorosa, pero sus ojos, en un momento, se desviaron hacia la carpeta que aún sostenía en sus manos. La misma carpeta que contenía los documentos finales de su acuerdo, y que ella siempre llevaba consigo.

Artículo Recomendado  El hermano que me traicionó: lo que pasó después de la llamada a migración me destrozó para siempre

Ricardo recordó que María era la única persona, aparte de su abogado, que tenía acceso completo a sus horarios, sus movimientos y, de forma indirecta, a algunos de sus documentos financieros más sensibles. ¿Podría ser? No, María había estado con él por años, era leal, eficiente. ¿O lo era? La duda, una serpiente venenosa, comenzó a retorcerse en su interior.

“María, ¿me podrías traer un café, por favor?” pidió Ricardo, su voz suave, pero con una intención oculta.

Ella asintió rápidamente, visiblemente aliviada de tener una tarea. “Claro, señor Fuentes. Enseguida.” Se alejó, la carpeta aún firmemente apretada bajo su brazo.

Mientras María se dirigía a la cafetería del hangar, Ricardo aprovechó la distracción. Sus ojos se fijaron en Vargas. “Coronel, necesito que revise a María. Discretamente. Todo. Sus llamadas, sus cuentas, sus movimientos. Y que no se entere. No todavía.”

Vargas asintió, su rostro inexpresible. La desconfianza se había sembrado en el corazón de Ricardo. El aire de la pista, antes fresco y prometedor, ahora le parecía cargado de veneno. El sabotaje no era solo un intento de asesinato, era una traición personal, una herida abierta en su confianza. Y la verdad, sentía, estaba a punto de desvelarse de la manera más cruel e inesperada.

Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇

IMPRESCINDIBLES DE LA SEMANA

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Subir