El Empresario Millonario Descubre el Legado Oculto de una Deuda Pasada: Su Fortuna en Juego por un Heredero Inesperado

Marcos dio un paso, luego otro, arrastrando la silla de su madre como si fuera una extensión de su propia confusión. Elena intentó levantarse, sus movimientos torpes y lentos, como si cada fibra de su ser gritara de cansancio.

"Elena", la voz de Marcos salió como un susurro áspero, apenas audible.

Ella se estremeció. Sus ojos, antes llenos de pánico, ahora mostraban una mezcla de resignación y desesperación. Quiso hablar, pero solo un gemido escapó de sus labios agrietados.

"Hijo, ¿conoces a esta señorita?", preguntó doña Elena, su voz suave, ajena al drama que se cocinaba a fuego lento.

Marcos no respondió. Su mirada estaba fija en el pequeño lunar. En la curva de la oreja de su posible hijo. La evidencia silenciosa que lo ataba a esta mujer, a esta vida que él había borrado de su memoria.

“Elena, tenemos que hablar”, insistió Marcos, su voz ahora más firme, con un matiz de autoridad que usaba en las salas de juntas.

Ella negó con la cabeza, sus ojos suplicantes. “No, Marcos. Por favor. Vete”. Su voz era un hilo, apenas audible.

“¿Verme? ¿Después de todo este tiempo? ¿Después de esto?”, Marcos extendió una mano hacia los niños dormidos, su gesto abarcando la miseria que los rodeaba. La ira comenzaba a burbujear bajo su autocontrol.

“Marcos, por favor, no hagas una escena”, susurró Elena, mirando nerviosamente a su alrededor, aunque el parque comenzaba a vaciarse.

“¿Una escena? ¿Tú crees que esto es una escena, Elena? ¡Esto es mi vida! ¡Mi vida que tú destrozaste y que ahora, al parecer, has replicado con una versión que nunca conocí!”, la voz de Marcos se elevó un poco, cargada de un dolor antiguo y renovado.

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Doña Elena, percibiendo la tensión, tomó la mano de su hijo. “Marcos, cálmate. Vamos a buscar un café, y luego hablaremos con la señorita con tranquilidad”. Su sabiduría era un bálsamo en la tormenta.

Marcos asintió, respirando hondo. Él no hacía escenas. Él resolvía problemas. Y este era, sin duda, el problema más grande y personal que había enfrentado en años.

“Elena, por favor. Necesito respuestas. Y tú y los niños necesitan ayuda. Ven con nosotros”, dijo Marcos, su tono ahora más contenido, pero con una determinación férrea.

Ella dudó. Sus ojos se posaron en sus hijos, luego en la silla de ruedas de doña Elena, y finalmente en Marcos, con una mirada que parecía sopesar un abismo de decisiones.

“No puedo, Marcos. No puedo ir contigo. Es… es peligroso”, susurró Elena, su voz temblaba.

“¿Peligroso? ¿Más peligroso que vivir así en la calle?”, replicó Marcos, señalando la manta raída.

Elena se mordió el labio. Finalmente, con un suspiro que parecía cargar el peso de años de sufrimiento, asintió lentamente. “Está bien. Pero solo por los niños”.

Marcos la llevó a un discreto café cercano, con mesas apartadas. Los niños, despertados por el movimiento, lo miraron con ojos grandes y curiosos. El que tenía el lunar se aferró a la mano de Elena, observando a Marcos con una mezcla de timidez y desconfianza.

Una vez sentados, y después de que los niños recibieron algo caliente para beber y unos pasteles, Elena comenzó a hablar, su voz baja, casi inaudible.

“Me fui porque… tenía miedo, Marcos. Mucho miedo. De ti. De lo que te habías convertido”.

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Marcos frunció el ceño. “¿Miedo de mí? ¿De qué hablas? Yo te amaba”.

“Lo sé. Pero tu ambición… te estaba consumiendo. Te volviste cruel, implacable. Y yo… yo descubrí que estaba embarazada. Y no quería que mi hijo creciera en ese mundo, con un padre que solo pensaba en el poder y el dinero. Pensé que sería mejor para él si desaparecíamos”.

Una punzada de dolor atravesó a Marcos. ¿Su ambición lo había alejado de su propio hijo?

“¿Y los otros niños?”, preguntó, señalando a los otros dos pequeños, una niña y un niño, un poco mayores que el que tenía el lunar.

“Son mis sobrinos. Mi hermana… murió hace dos años. Yo no tenía a nadie, Marcos. Mis padres murieron cuando yo era joven. Me hice cargo de ellos. Su padre… bueno, él se desentendió. Y las cosas se pusieron muy difíciles. Siempre difíciles”.

Elena continuó, revelando una historia de penurias, de trabajos mal pagados, de desalojos. Había intentado contactar a Marcos una vez, hace años, pero su secretaria le había dicho que él no recibía llamadas de “mendigos”.

La humillación la había carcomido. Juró entonces que nunca más buscaría su ayuda. Pero la vida, implacable, la había arrastrado a la calle. Y ahora, el invierno se acercaba.

“El lunar… en tu hijo”, dijo Marcos, con la voz ahogada. “Es idéntico al mío. Es mi hijo, ¿verdad?”.

Elena bajó la mirada. “Sí, Marcos. Es tuyo. Se llama Leo. Tiene diez años”.

Diez años. Diez años de vida de su hijo que se había perdido. Diez años de lucha para Elena.

“Necesito una prueba de ADN”, sentenció Marcos, su voz no admitía réplicas. No era por desconfianza, sino por la necesidad de una verdad inquebrantable que pudiera presentar a su mundo.

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Elena asintió, una lágrima solitaria rodando por su mejilla. “Lo entiendo. Pero no tengo nada que ganar aquí, Marcos. Solo quiero que mis hijos estén a salvo y tengan un techo”.

Marcos, sin embargo, ya estaba pensando en la implicación de todo esto. Su fortuna, su legado. La Valdés Corporación era una de las empresas más estables del país. Pero un heredero inesperado, surgido de la pobreza, podría desestabilizarlo todo.

Su abogado, el implacable Arturo Mendoza, no lo dejaría pasar. La prensa, los accionistas, sus rivales… Un escándalo de esta magnitud podría costar millones, quizás miles de millones. Su imperio, construido con sudor y sangre, ahora pendía de un hilo, de un pequeño lunar y de un pasado que se negaba a permanecer enterrado.

Mientras Marcos se sumergía en sus pensamientos, Elena se estremeció de repente. Su mirada se desvió hacia la ventana del café, sus ojos se abrieron con horror.

“No puede ser…”, susurró, pálida como la cera.

Marcos siguió su mirada. Un hombre alto, con un abrigo oscuro y una mirada gélida, estaba parado al otro lado de la calle. Su rostro era duro, sus ojos buscaban algo. O a alguien.

Elena se encogió, abrazando a los niños con fuerza. “Es él. Nos encontró. Tenemos que irnos, Marcos. ¡Ahora!”.

El hombre al otro lado de la calle levantó la vista y sus ojos se clavaron en Elena. Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios. No había duda: venía por ella. Y quizás, por los niños.

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