El Esclavo que Desafió al Juez: La Deuda Millonaria Oculta en la Ceguera del Heredero

El Precio de la Visión y la Deuda Millonaria
La Baronesa no llamó a la guardia inmediatamente. Eso le dio a Mateo un respiro, y una comprensión aún más profunda del peligro.
Si ella quisiera matarlo, ya lo habría hecho. Quería silencio.
“El Barón cree que Lucas es ciego. El Doctor Elías lo confirmó hace cinco años,” susurró ella, acercándose tanto que Mateo podía oler el costoso perfume de rosas. “Pero el doctor Elías es un hombre de deudas, y el Barón tiene un control absoluto sobre su vida.”
Mateo, recuperando la voz, preguntó, con un hilo de esperanza en el tono: “¿Por qué la farsa, Baronesa? ¿Por qué condenar al niño a la oscuridad?”
Ella apretó el clip de plata en su mano.
“No es una condena, es una protección. Una protección de la ruina total de nuestra casa, y de la muerte del niño.”
La Baronesa se sentó en el borde de la cuna, su fachada de frialdad resquebrajándose por un segundo.
“El Barón Silas no solo tiene riqueza. Tiene enemigos. Hace siete años, antes de que Lucas naciera, Silas tomó un préstamo colosal de la Casa de Inversiones Moreau. Una deuda que supera la fortuna de diez reinos.”
Mateo frunció el ceño. “¿Una deuda millonaria? Pero los Valerius son intocables.”
“Lo eran. El contrato era draconiano. Si el Barón fallaba en el pago, perdería la mansión, todas las tierras, y su título, a menos que…”
Ella hizo una pausa dramática, mirando a su hijo dormido con una mezcla de amor y resentimiento.
“…a menos que su heredero directo fuera declarado legalmente ‘incapaz’ antes de cumplir los seis años, momento en el cual la deuda se transferiría a un sobrino lejano de Moreau, liberando a Silas de la obligación, aunque perdiendo parte de su estatus.”
Mateo comprendió de golpe el horror. Lucas había cumplido seis años la semana anterior.
“La ceguera no es la incapacidad. Es el simulacro,” corrigió Mateo. “El Barón necesitaba que el niño fuera ‘maldito’ para evitar la ruina. Pero si el niño ve…”
“Si el niño ve, la deuda se activa inmediatamente,” terminó la Baronesa. “Y el Barón, que ya ha invertido todo en un nuevo negocio en el extranjero, no tiene cómo pagar. Perderíamos todo. Y él… él mataría a Lucas antes de permitir que la fortuna caiga en manos de los Moreau.”
Ella se inclinó hacia Mateo, su aliento caliente en su oído.
“Este clip,” señaló el objeto de plata, “es un mecanismo de presión óptica. No daña el ojo, sino que estimula el nervio óptico de tal manera que, bajo la luz, el cerebro registra un dolor insoportable y una oscuridad total. Si Lucas es expuesto a la luz sin él, su primer instinto es cerrar los ojos y gritar de dolor, confirmando la ceguera.”
La Baronesa le ofreció el clip. “Tú lo sabes. Tú eres el único que puede retirarlo sin causar daño. Pero si lo haces, condenas a mi hijo. Y a mí.”
Mateo sintió un escalofrío. La Baronesa no era una víctima, era una cómplice, atrapada entre el miedo a su marido y el deseo de mantener su vida de lujos.
“¿Y qué gano yo con su silencio, Baronesa?”
“Libertad. Dinero. Te daré el dinero suficiente para que desaparezcas del reino y no vuelvas jamás. Mañana, antes del amanecer.”
Mateo asintió, fingiendo aceptar. Pero en su corazón, sabía que no podía permitir que Lucas viviera una vida de oscuridad por una deuda millonaria.
Al día siguiente, la Baronesa le dio una bolsa de monedas de oro y un salvoconducto falso.
Mateo no huyó. En lugar de eso, se dirigió al único hombre que conocía que operaba fuera del control del Barón: un viejo colega suyo, el Juez Emérito Alistair, ahora retirado, que vivía en la ciudad.
El Barón Silas, al descubrir que Mateo había desaparecido y que el salvoconducto era falso, explotó de furia. Sabía que la Baronesa había actuado.
Dos días después, Mateo estaba de vuelta, pero no como esclavo. Estaba en la sala de audiencias, bajo la protección del Juez Alistair, enfrentando la acusación de robo y traición.
El Barón lo miró desde su asiento, con el rostro púrpura de indignación.
“Este hombre, Juez, no es más que un ladrón y un mentiroso. Un esclavo que intenta chantajear a mi familia con calumnias sobre la salud de mi hijo, Lucas Valerius.”
El Juez de la corte local, un hombre pequeño y nervioso, temblaba. El poder del Barón era inmenso.
“Mateo, la acusación es grave. Si mientes sobre el heredero, la pena es la muerte,” advirtió el Juez.
Mateo se puso de pie, su ropa de esclavo contrastando brutalmente con la opulencia de la sala.
“Yo no miento, Juez. El Barón ha orquestado un fraude legal para evitar la ejecución de una deuda millonaria con la Casa Moreau. Su hijo, el heredero, no es ciego. Ha sido cegado artificialmente por un dispositivo mecánico.”
El Barón se levantó de un salto, golpeando la mesa. “¡Absurdo! ¡El Doctor Elías, un hombre de ciencia, lo confirmó!”
“Y yo, que también soy un hombre de ciencia, digo que el Doctor Elías es un cómplice o un incompetente. Pido que se me permita examinar al niño, aquí y ahora, bajo la supervisión de la corte.”
El Juez dudó. Exponer al heredero a un esclavo que afirmaba ser médico era una afrenta. Pero la mención de la Deuda Moreau era un asunto de la corona.
“¿Y si el niño es ciego, Mateo? ¿Qué ofreces como castigo?”
Mateo miró al Barón, que sonreía con crueldad.
“Si el niño es ciego, Juez, me entrego a la ejecución inmediata. Pero si el niño ve, el Barón Silas Valerius debe perder su mansión, su título, y enfrentar a la justicia por fraude y abuso infantil.”
El Juez sudaba. Tenía que tomar una decisión que determinaría el destino de la fortuna más grande del reino.
Finalmente, el Juez golpeó el mazo. “Que traigan al niño y al Doctor Elías. El examen se realizará en esta sala, ahora.”
El Barón sonrió de nuevo, una sonrisa gélida. Él sabía que el clip de plata estaba en el niño. Sabía que Lucas, ante la luz de la sala, gritaría y se encogería, confirmando la ceguera.
Nadie sabía que Mateo había descubierto exactamente cómo el dispositivo funcionaba, y que había preparado una contramedida.
El pequeño Lucas fue traído, envuelto en una manta oscura. La Baronesa, visiblemente angustiada, se quedó junto a él.
El Doctor Elías estaba pálido, negando con la cabeza.
Mateo se acercó al niño, ignorando la mirada de muerte del Barón.
Este era el momento de la verdad. Si fallaba, moriría. Si tenía éxito, la vida de Lucas comenzaría de nuevo, y la fortuna Valerius se desmoronaría.
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