El Heredero Inesperado: El Millonario Plan Oculto Tras el Desmayo en la Calle

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Aaron y la misteriosa chica. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas. Lo que parecía un simple acto de bondad, desveló una trama de poder, dinero y secretos familiares que cambiaría vidas para siempre.
Aaron repasaba mentalmente sus respuestas, una y otra vez. Las palabras se mezclaban con el zumbido de la ciudad que se filtraba por la ventanilla del taxi. Su traje, el único que poseía, estaba impecable, cuidadosamente planchado la noche anterior. El pulso le latía a mil, un tamborileo constante en sus sienes.
Era el día. La entrevista en Grupo Solarium, una de las corporaciones más influyentes del país, era la oportunidad que llevaba años buscando. Su futuro, el de su madre y el de su pequeña hermana, dependían de esos próximos minutos.
El taxi avanzaba lento por la calle más concurrida del centro, un río de gente y vehículos en hora punta. Aaron miraba el reloj, cada segundo una eternidad, cada minuto una amenaza para su sueño.
Estaba justo a tiempo, pensó con un suspiro tembloroso de alivio.
De repente, un grito agudo y un sonido sordo rompieron la monotonía del tráfico. El conductor frenó bruscamente, haciendo que Aaron se tambaleara en su asiento.
Entre la multitud, justo frente a su ventana, una chica joven se desplomó como un títere sin hilos. Su cuerpo se estrelló contra el duro asfalto, un eco cruel en el bullicio de la ciudad.
La gente, una marea anónima, reaccionó de formas diversas. Algunos miraban con curiosidad, otros se acercaban con dudas en sus rostros. Pero la mayoría, con la prisa inherente a la vida urbana, simplemente seguía de largo, evitando el contacto visual, como si la desgracia fuera contagiosa.
El taxista, un hombre corpulento con un bigote gris, gruñó, impaciente. "Joven, se le va a hacer tarde para su cita", dijo, señalando el reloj del tablero.
La voz de su conciencia, esa implacable guardiana de sus ambiciones, gritaba en su cabeza: "¡Tu entrevista, Aaron! ¡Tu futuro! ¡No puedes perder esto!" Eran años de esfuerzo, noches sin dormir estudiando, trabajos de medio tiempo extenuantes para llegar hasta aquí.
Pero algo en la imagen de esa chica, tan vulnerable en el frío asfalto, la cabeza ladeada en un ángulo incómodo, lo detuvo en seco. Su corazón, que antes latía por la ansiedad de la entrevista, ahora lo hacía por una punzada de compasión. Le dio un empujón, una orden silenciosa e ineludible.
Sin pensarlo dos veces, en un impulso que desafiaba toda lógica, Aaron abrió la puerta del taxi. "Espéreme un segundo, por favor", le dijo al conductor, su voz apenas un susurro. Sabía que ese "segundo" costaría todo.
El taxista refunfuñó, pero Aaron ya estaba fuera, moviéndose con una rapidez que no sabía que poseía. Se abrió paso entre los curiosos, sus ojos fijos en la figura inerte.
Se arrodilló junto a ella, ignorando el asfalto sucio que mancharía su impecable pantalón. Estaba inconsciente, pálida, con un hilo de sudor frío en la frente que contrastaba con la palidez de su piel. Sus labios estaban ligeramente azulados.
Su bolso de cuero, de un diseño elegante y costoso, se había abierto con la caída. Unas cuantas cosas se desparramaron por el suelo: un pintalabios, un pequeño espejo, un estuche de gafas, y un monedero fino.
Entre los objetos dispersos, algo brilló con la luz del sol de la mañana. Era un trozo de plástico laminado, una identificación. Aaron la tomó con manos temblorosas, su pulgar rozando el borde frío del carné.
Al ver la foto y el nombre, su corazón dio un vuelco brutal, un golpe seco que resonó en todo su cuerpo. La imagen era de una belleza etérea, pero el nombre... el nombre era inconfundible. "Valeria Montiel".
No era una persona cualquiera. La hija del magnate industrial, la heredera del imperio Montiel, una figura omnipresente en las revistas de sociedad y los noticieros económicos. Aaron la había visto en reportajes sobre la "Familia Montiel y su inmensa fortuna", en artículos sobre la "Herencia del Siglo" que estaba a punto de recibir.
No solo había perdido su entrevista, el pilar de su futuro, sino que acababa de entrar en un lío mucho más grande de lo que jamás imaginó. Sus manos comenzaron a sudar, la tarjeta de identificación de la joven millonaria pesaba como una losa.
Levantó la vista hacia la multitud que empezaba a rodearlos, sus ojos buscando ayuda, pero encontrando solo miradas de confusión y, en algunos casos, recelo. La identificación de Valeria Montiel aún en su mano temblorosa, un objeto que lo unía a un mundo que no era el suyo.
En ese instante, una figura elegante, vestida con un impoluto traje gris perla y gafas oscuras de diseñador, se acercó a toda prisa, abriéndose paso con autoridad. Su expresión era de pánico absoluto, sus ojos fijos en la escena, y luego, con una mirada de hielo, en Aaron y la tarjeta.
Aaron sintió un escalofrío que le recorrió la espalda hasta los pies. La cara del hombre era familiar, una figura que a menudo aparecía junto a la familia Montiel en las noticias. Era el abogado principal de la corporación, el temido Señor Vargas.
La mirada de Vargas era un dardo envenenado, llena de una mezcla de furia y sospecha. Aaron supo, en ese instante, que su acto de bondad sería interpretado de la peor manera posible.
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