El Heredero Millonario se Apagaba: La Criada Descubrió un Plan Mortal Oculto en la Mansión de Lujo

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Lucas Dubois, el joven heredero de una fortuna incalculable. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas y te dejará sin aliento.
La mansión de los Dubois era un monumento al lujo desmedido. Columnas de mármol pulido brillaban bajo la luz de arañas de cristal que valían más que mi vida entera. Alfombras persas amortiguaban cada paso, y los jardines, meticulosamente cuidados, se extendían como un lienzo verde hasta donde la vista alcanzaba. Era un mundo de opulencia que yo, María, la criada, solo conocía desde la perspectiva de mis rodillas, fregando sus suelos.
Mi vida, en contraste, era una serie de pequeños sacrificios y grandes esperanzas. Vivía en un pequeño apartamento a las afueras de la ciudad, soñando con el día en que pudiera pagarle una mejor educación a mi hermana menor. El trabajo en la mansión Dubois era mi única oportunidad, una jaula de oro donde el brillo de las joyas ajenas a veces me cegaba.
Pero en los últimos meses, el brillo se había opacado. Una sombra oscura se cernía sobre la imponente residencia. El joven Lucas Dubois, el único hijo y heredero de la vasta fortuna familiar, se consumía lentamente en su cama. Tenía apenas veintitrés años, la edad en la que la vida debería estar explotando en todas las direcciones. Sin embargo, su energía se drenaba día a día.
Fiebre intermitente, dolores musculares agudos que le retorcían el cuerpo, una debilidad aplastante que lo dejaba postrado. Los médicos, eminencias de todas partes del mundo, desfilaban por los pasillos con sus maletines de cuero y sus rostros cada vez más largos. Hablaban de virus raros, de enfermedades autoinmunes, de síndromes misteriosos. Pero no encontraban una cura.
La señora Dubois, una mujer altiva y siempre impecable, ahora lucía ojeras profundas. El señor Dubois, un empresario de renombre, con una fortuna construida sobre el acero y las finanzas, caminaba por la casa como un fantasma, su habitual autoridad desvanecida por el miedo. El dinero, el poder, el estatus... nada de eso podía salvar a su hijo.
Yo, María, me encargaba de la limpieza de la habitación de Lucas. Era una tarea dolorosa, ver cómo la vitalidad se escapaba de ese joven que, a pesar de su fortuna, siempre había sido amable conmigo, a diferencia de sus padres. Sus ojos azules, antes llenos de sueños y ambiciones, ahora solo reflejaban cansancio y una profunda tristeza.
Una tarde, mientras cambiaba las sábanas de seda que apenas usaba, un olor extraño me golpeó. Era sutil, casi imperceptible, como un eco lejano de algo que no lograba ubicar. No era el olor a medicamento, ni a desinfectante, ni a la fragancia floral que usaba la señora Dubois para enmascarar los olores del hospital improvisado. Era algo diferente, metálico y dulce a la vez, una combinación perturbadora.
Miré alrededor, mis ojos escaneando cada rincón de la fastuosa habitación. Los muebles antiguos, las pinturas al óleo, la estantería llena de libros que Lucas nunca leía ya. Todo parecía normal, inmaculado, como siempre. Pero ese olor... persistía en la parte trasera de mi nariz, una nota discordante en la sinfonía del lujo.
Lo ignoré por un momento, atribuyéndolo al estrés o a mi imaginación. Pero a medida que los días pasaban y Lucas empeoraba, el olor regresaba, más fuerte en ciertos momentos, como si respirara en ciclos. Se concentraba cerca de la cabecera de su cama, un punto ciego que mi mente no podía resolver.
Los padres de Lucas ya no sabían a quién llamar. Habían agotado a los especialistas más caros, las clínicas más exclusivas. La desesperación se palpaba en el aire denso de la mansión. Mientras tanto, yo no podía quitarme ese olor de la cabeza. Algo en esa habitación, lo sentía en mis huesos, no estaba bien.
La curiosidad, mezclada con una extraña y creciente urgencia, se apoderó de mí. No era solo un olor, era una sensación, un presentimiento oscuro. Esa noche, cuando el silencio sepulcral de la mansión se asentó y las luces de los dormitorios superiores se apagaron una a una, decidí actuar. Mi corazón latía como un tambor desbocado en mi pecho.
Regresé sigilosamente a la habitación de Lucas. La oscuridad era casi total, solo rota por la tenue luz de la luna que se filtraba a través de las pesadas cortinas. Mis manos temblaban mientras encendía la pequeña linterna de mi teléfono, su haz de luz danzando nerviosamente por la pared junto a la cabecera de su cama.
Mis dedos palparon la superficie lisa del papel tapiz de seda. Busqué, sentí, presioné. Y entonces, lo encontré. Un pequeño hueco, casi imperceptible, cubierto por el papel. No era un daño, no era una imperfección. Era algo deliberado, oculto con una maestría escalofriante.
Con un cuchillo de mantequilla que había tomado de la cocina, mi única arma improvisada, empecé a rasgar con cuidado. El papel cedió, revelando una capa de polvo blanquecino y cristalino que brillaba bajo la luz de mi linterna como diminutos diamantes. Era hermoso y terrorífico a la vez, como escarcha mortal.
Mi corazón se detuvo en mi garganta. No era un simple hongo, ni humedad. Mi mente, aunque sin educación formal, sabía que esto era algo mucho más siniestro. Era algo que nunca debió estar ahí. Y la habitación, de repente, se sintió como una trampa sellada, con Lucas en su centro, sin saberlo.
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