El Heredero Millonario se Apagaba: La Criada Descubrió un Plan Mortal Oculto en la Mansión de Lujo

El polvo cristalino brillaba, un espectáculo macabro bajo la luz temblorosa de mi linterna. Era tan fino que parecía disolverse en el aire, y al inhalarlo, sentí una picazón leve en la garganta. El olor que había detectado, ahora más concentrado, era inconfundible: un dulzor químico, casi medicinal, pero con un matiz metálico perturbador. Mis manos sudaban. ¿Qué era aquello? ¿Y por qué estaba oculto detrás del papel tapiz, justo al lado de la cabeza de Lucas?
Mi mente corrió a toda velocidad. Los síntomas de Lucas: fiebre, debilidad, dolores. ¿Podría este polvo ser la causa? La idea era tan monstruosa que casi la descarté. ¿Quién querría dañar al heredero de una fortuna tan grande? Pero la evidencia física, el polvo oculto, era irrefutable. Esto no era un accidente.
Con el mayor cuidado, raspé una pequeña muestra del polvo en un trozo de papel de seda que saqué de mi bolsillo. Lo doblé varias veces, asegurándome de que nada se escapara. Luego, con la misma meticulosidad, intenté volver a pegar el trozo de papel tapiz, disimulando mi intervención lo mejor que pude. Sabía que no era perfecto, pero con la poca luz y la desesperación de los Dubois, esperaba que pasara desapercibido.
Mientras trabajaba, mis ojos se posaron en la mesita de noche de Lucas. Había vasos de agua, botellas de jarabe para la tos, y una pequeña caja de madera de ébano que siempre estaba allí. Era un regalo de su abuela, un objeto sentimental que Lucas atesoraba. Mis dedos, casi por instinto, rozaron la caja. Estaba ligeramente abierta.
Dentro, entre un rosario de plata y una foto antigua, encontré una pequeña nota. Estaba escrita a mano, con una letra elegante pero temblorosa. Decía: "Si algo me pasa, busca en el diario azul, bajo la tabla suelta del estudio. La verdad te liberará. No confíes en nadie." No tenía firma. Mi corazón dio un vuelco. ¿Un diario? ¿Tabla suelta?
La nota confirmaba mis peores temores: Lucas sospechaba que algo andaba mal, que su enfermedad no era natural. Pero ¿quién? ¿Y por qué? La mansión, antes un símbolo de opulencia, ahora se sentía como un nido de serpientes.
Salí de la habitación de Lucas tan sigilosamente como había entrado. La adrenalina bombeaba por mis venas, manteniéndome alerta. No podía ir a la policía, no sin pruebas concretas. ¿Quién creería a una simple criada contra la palabra de los poderosos Dubois? Necesitaba el diario.
El estudio del señor Dubois era una fortaleza. Siempre cerrado con llave, solo él tenía acceso. Pero yo conocía la mansión mejor que nadie. Sabía de pasadizos de servicio olvidados, de llaves de repuesto escondidas por antiguas generaciones de empleados. Recordé una vez que la vieja ama de llaves, la señora Elena, me había contado sobre una llave maestra que colgaba detrás de un retrato en el pasillo de servicio del segundo piso.
Esperé hasta la mañana siguiente, fingiendo mi rutina normal. Mi mente, sin embargo, estaba en un torbellino. Limpiaba, cocinaba, servía, pero cada movimiento era una distracción de la urgencia que me carcomía por dentro. A mediodía, el señor y la señora Dubois salieron para una cita con otro especialista en la ciudad. Era mi oportunidad.
Subí al segundo piso, mi corazón latiendo furiosamente. Detrás del viejo retrato empolvado de un antepasado Dubois, encontré un gancho. Y allí, colgada, una llave de hierro antigua. Era pesada y fría en mi mano.
Me dirigí al estudio. La puerta de madera maciza se abrió con un leve chirrido. El estudio era un santuario de cuero y madera oscura, lleno de libros y documentos. El escritorio, imponente, estaba cubierto de papeles. Pero yo buscaba el diario azul.
Mis ojos escanearon la habitación. Había una estantería empotrada con cientos de volúmenes encuadernados en cuero. Busqué entre ellos, pero no había rastro de un diario azul. Recordé la nota: "bajo la tabla suelta del estudio".
Empecé a golpear suavemente el suelo de madera, escuchando el sonido hueco. Cerca de la chimenea, en una esquina oscura, encontré el lugar. Con un esfuerzo considerable, logré levantar la tabla. Debajo, envuelto en un paño de terciopelo, estaba. Un diario de cuero azul, desgastado por el tiempo.
Lo abrí con manos temblorosas. Las primeras páginas eran entradas normales, reflexiones de Lucas sobre su vida privilegiada pero solitaria, sus esperanzas de futuro. Pero a medida que avanzaba, el tono cambiaba. Las últimas entradas eran cada vez más desesperadas, detallando su enfermedad, su creciente sospecha.
"Mayo 15: La debilidad es insoportable. Los médicos no encuentran nada. Siento que me estoy desvaneciendo. Mamá y papá están tan preocupados, pero no entienden."
"Junio 2: El sabor metálico en la boca es constante. Y ese olor... lo he sentido varias veces. Cerca de mi cama. Como si algo se estuviera filtrando. Empecé a sospechar. ¿Es posible que alguien me esté envenenando?"
"Junio 10: He notado que el té que me trae la tía Clara por las noches tiene un sabor diferente. Dulce, demasiado dulce. Siempre es ella quien me lo trae. Nadie más. Ella insiste en cuidarme."
Mi sangre se heló. ¿La tía Clara? Clara Dubois, la hermana menor del señor Dubois. Una mujer que vivía en la mansión desde que su esposo había fallecido hacía unos años, dejándola sin fortuna. Siempre sonriente, siempre servicial, siempre con una palabra amable. Pero también, siempre con una mirada de envidia hacia la riqueza de su hermano. Había sido ella quien había insistido en ocupar la habitación de Lucas cuando la anterior criada se jubiló.
Lucas había escrito sus sospechas sobre Clara, sobre el té. Había incluso detallado cómo, en una ocasión, había derramado un poco de té y, al limpiarlo, había notado un residuo extraño, casi imperceptible, en el paño. Había intentado analizarlo, pero estaba demasiado débil.
El diario también mencionaba un seguro de vida. Una póliza millonaria que los padres de Lucas habían contratado hacía años, con una cláusula especial que beneficiaba a "los parientes directos que cuidaran del asegurado en caso de incapacidad o muerte, si los herederos principales no pudieran asumir el cuidado". Clara había estado "cuidando" a Lucas. Si Lucas moría, y sus padres estaban demasiado afectados o eran mayores para "asumir el cuidado" de la herencia, Clara podría tener un reclamo.
Era un plan retorcido, diseñado con una frialdad calculadora. Clara no solo mataba a Lucas, sino que también intentaba culpar a una enfermedad desconocida, esperando heredar una parte de la fortuna bajo el pretexto de su "cuidado" y la incapacidad de los padres para manejar los bienes tras la tragedia. Los padres, en su dolor, podrían haberla nombrado administradora o incluso beneficiaria parcial.
De repente, escuché el sonido de un coche que se acercaba por la grava del camino de entrada. Los Dubois regresaban. Entré en pánico. Tenía que volver a poner el diario en su lugar y la llave. Mis manos temblaban, el sudor frío corría por mi espalda.
Metí el diario de nuevo bajo la tabla, cerré el compartimento con dificultad. Corrí con la llave maestra al pasillo del segundo piso, la colgué de nuevo detrás del retrato. Justo cuando salía del pasillo, escuché la voz de la señora Dubois en la entrada.
"María, ¿estás ahí? ¿Lucas ha tomado su medicina?"
Mi corazón se apretó. La tía Clara. El polvo. El diario. Todo encajaba en un rompecabezas macabro.
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