El Hijo del Millonario Estaba Hambriento: La Deuda Secreta y el Abogado que Reveló el Testamento Oculto

La Confrontación en la Mansión y la Llamada al Abogado
Sostuve a Mateo firmemente contra mi pecho. Supe que la batalla legal que se avecinaba sería brutal, pero mi primer acto debía ser la confrontación.
Le agradecí a Doña Elena, prometiéndole que nunca más tendría que preocuparse por nada, y la dejé secándose las lágrimas.
Entré de nuevo a mi Mansión. El lujo me pareció obsceno.
Encontré a Claudia en la sala de estar, bebiendo un café con leche y revisando su teléfono, con una calma insultante. Llevaba un uniforme inmaculado.
"Claudia," dije, manteniendo la voz baja, pero con una resonancia que hizo que se sobresaltara.
Ella se levantó, su rostro adoptando inmediatamente una máscara de preocupación.
"¡Señor Ricardo! ¡Qué sorpresa! No sabía que regresaba. El pequeño Mateo estaba en el jardín, le dije que volviera a su habitación, pero es muy travieso…"
"No mientas," la corté. Mi tono era de hielo puro. "Sé dónde estaba. Estaba en casa de la señora Elena, comiendo la única comida decente que ha probado en días."
La máscara de Claudia se resquebrajó.
"¿Qué dice? ¡Eso es absurdo! Yo le preparo dietas balanceadas, supervisadas por el nutriólogo. Él debe haber inventado eso para llamar la atención. Sabe que usted viaja mucho."
"¿Inventó esto también?", pregunté, levantando el brazo de Mateo y exponiendo el moretón oscuro.
Claudia palideció. Intentó una negación desesperada.
"Eso… eso fue ayer. Se cayó de las escaleras mientras jugaba. Le puse hielo de inmediato, se lo juro."
La frialdad con la que mentía era escalofriante. Era una profesional de la traición.
"Estás despedida. Y no te vas a ir con las manos vacías," le dije.
Ella sonrió con suficiencia, pensando que le daría una indemnización generosa para comprar su silencio.
"No me refiero a dinero," continué. "Me refiero a que no te vas a ir sin enfrentar a la justicia."
Claudia intentó huir hacia la puerta principal, pero yo fui más rápido. La detuve y, con Mateo a salvo en el piso de arriba con la cocinera (a quien le di instrucciones estrictas de no dejarlo solo), hice la llamada que cambiaría mi vida.
"Necesito a la Abogada Domínguez. Ahora. Es urgente. Asalto a menores y negligencia criminal en mi propiedad."
El Plan Oculto Detrás de la Negligencia
La Abogada Domínguez, una mujer temida en los círculos legales por su precisión quirúrgica, llegó una hora después, escoltada por dos investigadores privados.
Mientras la policía se llevaba a Claudia, negando todo histéricamente, la Abogada Domínguez me explicó la gravedad del caso.
"Ricardo, necesitamos pruebas irrefutables. Las niñeras bien pagadas como ella saben cómo manipular el sistema. Dirá que es una represalia por el despido."
"Revisa las cámaras. Hay cámaras por toda la casa. Deben haber grabado algo," insistí, mi voz llena de desesperación.
Pasamos las siguientes siete horas en la sala de seguridad, revisando grabaciones. Claudia, astuta, había borrado sistemáticamente las grabaciones de la cocina y de la habitación de Mateo durante las últimas dos semanas.
"Es demasiado inteligente," murmuró la Abogada Domínguez, frustrada.
Pero yo recordé algo que había instalado hacía meses, casi por capricho: un micrófono ambiental oculto en el peluche favorito de Mateo, un oso de trapo que siempre dormía con él.
Recuperamos el oso.
El audio fue devastador.
No solo se escuchaba a Claudia gritándole a Mateo que era un "parásito malagradecido" y que "su padre solo pensaba en su Deuda Millonaria y no en él", sino que se oía una conversación telefónica que no estaba destinada a ser grabada.
Voz de Claudia (al teléfono): "…Sí, todo va según el plan. El niño está cada vez más débil. El Empresario sigue fuera. Necesitamos que parezca inestable, emocionalmente frágil. Así, cuando llegue el momento, el Testamento podrá ser impugnado fácilmente…"
Mi sangre se heló. Esto no era sobre el pan duro. Esto era sobre mi Herencia.
"Abogada, ¿qué significa esto? ¿Qué Testamento?", pregunté, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.
Domínguez detuvo la grabación. Se ajustó las gafas y me miró con seriedad.
"Ricardo, tu padre, antes de morir, te dejó el control total de la empresa y la Mansión. Pero recuerdo haber visto en los archivos de la notaría una cláusula de contingencia muy inusual. Si se demostraba que el heredero principal (tú) era incapaz de garantizar la seguridad y el bienestar de su único descendiente, la propiedad y la empresa pasarían a la línea de sucesión colateral…"
"¿A quién?", mi voz era un hilo.
"A Marcos. Tu primo. El que siempre envidió tu posición y que, casualmente, tiene serios problemas de Deuda Millonaria con prestamistas rusos."
Claudia no estaba actuando sola por un salario. Estaba siendo pagada por Marcos para sabotear mi vida, para que yo pareciera un padre negligente, incapaz de ser el Dueño de mi fortuna.
En ese momento, la puerta de la sala de seguridad se abrió bruscamente. Eran los investigadores.
"Abogada, encontramos algo más. Claudia no borró todos los registros. Hay un correo electrónico cifrado. Una transferencia de fondos. Un pago de medio millón de dólares."
"¿De dónde?", pregunté.
El investigador me miró, y la respuesta me golpeó con la fuerza de un rayo.
"De una cuenta offshore vinculada al bufete del Abogado personal de Marcos."
El complot era real. La traición era familiar. Y mi hijo, Mateo, había sido solo una pieza de ajedrez en un juego de Herencia sucio y despiadado.
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