El Mendigo Millonario y la Cicatriz del Testamento Perdido

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber quién era realmente ese hombre y qué secreto escondía esa cicatriz. Prepárate, porque la verdad conecta una herencia multimillonaria, un abogado corrupto y una traición familiar que te dejará sin aliento.
La billetera de cuero italiano, un accesorio que costaba más que el sueldo mensual de un oficinista, yació en el suelo gris de la acera. Al lado, unas monedas sueltas rodaron hasta chocar contra los zapatos gastados y llenos de agujeros del mendigo. Clara, la mujer de traje sastre impecable y perfume francés, no podía apartar la mirada de ese pequeño surco de piel pálida, una línea imperfecta justo sobre la clavícula derecha del hombre.
“Disculpe, señora”, murmuró el hombre, su voz era un susurro ronco, cargado de una fatiga que parecía de décadas. Se agachó, con movimientos lentos y dolorosos, para recoger su billetera. Sus dedos, callosos y sucios, se cerraron con cuidado alrededor del cuero. “No era mi intención molestarla”.
Pero Clara ya no escuchaba las palabras. Un zumbido ensordecedor llenaba sus oídos. El ruido del tráfico de la avenida, los pasos apresurados de los ejecutivos, todo se desvaneció. Solo existía esa cicatriz. Una cicatriz en forma de ‘L’ pequeña y torcida. La había visto infinidad de veces en la playa, durante los veranos en la mansión de Marbella. Se la había hecho su hermano pequeño, Santiago, cuando tenía siete años, al caerse del columpio de madera que su padre construyó en el jardín de los olivos.
“Santi…”, la palabra escapó de sus labios, apenas un soplo de aire.
El mendigo, que ya le extendía la billetera, se quedó paralizado. Su mano tembló. Lentamente, alzó la vista. Bajo la capa de suciedad, la barba enmarañada y el pelo grasiento que le cubría la frente, unos ojos de un azul descolorido pero intensamente familiares la miraron. Eran los mismos ojos que la habían visto llorar cuando su primer novio la dejó. Los mismos que brillaban con travesura antes de meterse en problemas. Esos ojos ahora estaban velados por una niebla de dolor y resignación absoluta.
“No”, negó con la cabeza, retrocediendo un paso como si la hubiera golpeado. “No puede ser. Tú… tú estás muerto”.
Hacía doce años. Doce largos años desde que el abogado de la familia, el señor Villegas, les había sentado en el despacho con paneles de roble de la casa principal. Les había mostrado el informe policial y la nota de despedida. Santiago Álvarez de Montemayor, el heredero rebelde de la fortuna hotelera, había desaparecido tras una noche de juerga en Ibiza. Su coche deportivo fue encontrado vacío, al borde de un acantilado. Solo quedó su chaqueta de cuero y una billetera sin dinero. Presunción de muerte por suicidio o accidente. La herencia, según el estricto testamento de su padre, se repartió entre Clara y su tío Rodrigo, al no haber cuerpo ni heredero directo declarado.
Clara se había convertido en la directora general del imperio. Su tío Rodrigo en el presidente del consejo. La vida siguió, lujosa y vacía.
Y ahora, aquí, frente a la sucursal bancaria donde acababa de firmar la compra de otro hotel boutique, ese fantasma de carne y hueso temblaba delante de ella.
“Clara”, dijo él, y en esa sola palabra, en la forma en que quebraba la segunda sílaba, estaba toda su infancia. Era él. Indudablemente.
“Dios mío… Santi.” Las lágrimas, que no había derramado en el funeral simbólico que celebraron, brotaron de golpe, nublándole la vista. Le tendió una mano, pero la retiró al ver la reacción instintiva de él, que se encogió como esperando un golpe. “¿Qué… qué te ha pasado? ¿Dónde has estado?”
Santiago miró a su alrededor, con los ojos llenos de un miedo animal. “No aquí. No puedo… no es seguro.”
“¿No es seguro? ¿De qué hablas?” El mundo de Clara, tan ordenado y previsible, se resquebrajaba a una velocidad aterradora. “Tienes que venir conmigo. Ahora mismo.”
“¡No!” Su voz fue un grito ahogado, pero lleno de una urgencia desesperada. “Si me ven contigo… si él se entera de que me has visto, estaremos los dos en peligro. Tú también, Clara.”
“¿Él? ¿Quién es ‘él’?” Una sospecha gélida comenzó a formarse en su estómago.
Santiago tragó saliva. Sus ojos escudriñaron la calle, buscando entre la multitud anónima. “No fue un accidente, Clara. Me tiraron del acantilado. Y la persona que pagó por ello… la persona que se quedó con todo… vive bajo nuestro mismo techo.”
Clara sintió que el suelo se movía. Las piezas comenzaron a encajar con un ruido sordo y aterrador. La insistencia de su tío Rodrigo en dar el caso por cerrado rápidamente. Su oposición feroz a cualquier investigación privada. La forma en que había manejado la transición de poder, consolidando su control sobre la junta directiva. La repentina lealtad del abogado Villegas a Rodrigo, tras años de servir fielmente a su padre.
“Rodrigo”, susurró.
Una lágrima sucia surcó el rostro de Santiago. Asintió, casi imperceptiblemente. “Hubo un segundo testamento, Clara. Uno que papá me enseñó. Lo firmó el mismo día de su infarto. Lo guardaba en la caja fuerte personal del estudio. Yo era el heredero universal. Tú tenías un usufructo vitalicio de las propiedades, pero el control, la mayoría de las acciones… eran mías. Rodrigo solo recibía una pensión simbólica. Villegas lo sabe. Él fue quien le dijo a Rodrigo. Juntos… me tendieron una trampa.”
El relato era descabellado. Inimaginable. Y, sin embargo, mirando a los ojos devastados de su hermano, Clara supo con cada fibra de su ser que era la pura verdad. La cicatriz era la prueba física, pero el dolor en su mirada era el documento irrevocable.
“Tengo que ayudarte”, dijo Clara, su voz ahora firme, la voz de la directora general que negociaba contratos millonarios. “Ven. Ahora.”
“Tengo pruebas”, dijo Santiago, agarrándole del brazo con una fuerza inesperada. “No conmigo. Están escondidas. Pero si las conseguimos… podemos demostrarlo todo. El testamento, las transferencias falsas, el pago a los hombres que me… que me intentaron matar.”
“¿Dónde?”
Antes de que pudiera responder, la mirada de Santiago se fijó en un punto por encima del hombro de Clara. Su expresión se transformó en puro terror. “Un coche negro. Frente al café de la esquina. Lleva ahí desde que llegaste. Nos están vigilando.”
Clara no se giró. El entrenamiento de años en un mundo de tiburones empresariales tomó el control. “Escucha. Esta noche. A las once. En el viejo kiosko de música del parque, el de nuestros juegos. ¿Lo recuerdas?”
Santiago asintió, un destello de esperanza asomando en sus ojos azules. “El escondite del tesoro.”
“Exacto. Iré sola. Tú trae lo que tengas. Y, Santi…” Clara buscó en su bolso, sacó todo el efectivo que llevaba, varios cientos de euros, y se lo deslizó en el bolsillo de su raída chaqueta. “Cómprate algo de comer. Un abrigo. Sobrevive hasta esta noche.”
“Clara, él es muy peligroso. Si sospecha…”
“Que sospeche. Ahora ya no estás solo.”
Santiago le apretó la mano una última vez y, con la cabeza gacha, se mezcló con la multitud, desapareciendo en un callejón lateral. Clara respiró hondo, recogió su billetera del suelo donde Santiago la había dejado caer de nuevo, y caminó con determinación hacia su coche, sintiendo la pesada mirada del vehículo negro clavada en su espalda.
Su mente era un torbellino. Doce años de mentiras. Doce años de vivir junto al hombre que quizás había ordenado la muerte de su hermano. Que los había robado a los dos. Su lujoso apartamento, su posición, todo estaba manchado con sangre. La sangre de Santiago.
Al subir a su berlina de alta gama, miró por el espejo retrovisor. El coche negro no se había movido. Una figura oscura tras el volante. ¿Era uno de los hombres de Rodrigo? ¿O del abogado Villegas? La partida de ajedrez había comenzado. Y las fichas no eran de marfil, eran sus vidas.
Tocó el botón de encendido, y el motor ronroneó con potencia silenciosa. Mientras se alejaba, solo una pregunta resonaba en su cabeza: ¿podría confiar en alguien de su entorno? ¿O estaba completamente rodeada por el enemigo?
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