El Millonario Alejandro Vargas y la Sorprendente Herencia Inesperada: Una Palabra Cambió Su Destino para Siempre

El aire en la pequeña oficina de Elena era denso, cargado de una tensión que Alejandro casi podía saborear. Había insistido en una conversación privada e inmediata, su voz controlada pero con un matiz de urgencia que rara vez mostraba. Sofía había sido llevada de vuelta con los otros niños, no sin antes lanzar una última mirada de confusión y tristeza a Alejandro, una mirada que se le había clavado en el alma.
"Directora Elena, ¿puede explicarme qué acaba de suceder?", exigió Alejandro, su voz baja y rasposa. Se había quitado la chaqueta y la había colgado con precisión sobre el respaldo de una silla de madera, un gesto de su necesidad de orden incluso en el caos.
Elena se sentó detrás de su escritorio, sus manos entrelazadas sobre una pila de documentos. "Señor Vargas, le aseguro que esto es... inesperado. Sofía es una niña muy especial, con una imaginación muy vívida. A veces, en su necesidad de una figura paterna, puede..."
"¡No me venga con cuentos, directora!", la interrumpió Alejandro, golpeando ligeramente el escritorio con la palma de la mano. No fue un golpe fuerte, pero la autoridad en el gesto era inconfundible. "Esa niña me llamó 'papá' con una convicción que va más allá de la mera imaginación. Necesito saber quién es, de dónde viene, y por qué demonios piensa que yo soy su padre".
Elena suspiró, sus ojos cansados posándose en Alejandro. "Sofía llegó a nosotros hace poco más de un año. Su madre, una mujer joven llamada Laura Fuentes, falleció en un accidente de tráfico. Era una madre soltera, sin familia conocida. Sofía siempre ha hablado de su 'papá', pero nunca nos dio un nombre. Solo descripciones vagas, a veces contradictorias. Pensamos que era parte de su duelo, su forma de aferrarse a un recuerdo idealizado".
"¿Laura Fuentes?", repitió Alejandro, y un nombre olvidado, enterrado bajo capas de ambición y años de trabajo, comenzó a revolverse en su memoria. Laura. Una estudiante de arte, apasionada, con una risa contagiosa y unos ojos que lo habían cautivado brevemente. Había sido una aventura de verano, hacía casi seis años. Una época en la que era un joven empresario en ascenso, menos cínico, más... abierto. Una relación fugaz que él había terminado abruptamente, priorizando su carrera por encima de todo. Pensó que nunca más volvería a escuchar de ella.
"Sí, Laura Fuentes", confirmó Elena, observando la reacción de Alejandro con una mezcla de piedad y sospecha. "¿La conoce usted, señor Vargas?"
Alejandro se levantó y caminó hacia la ventana, su espalda hacia Elena. La ciudad se extendía debajo, un tapiz de edificios y calles que él había ayudado a construir, pero que ahora se sentía extrañamente ajeno. "Tuvimos una... relación breve hace muchos años", admitió, su voz tensa. "Pero terminó. Ella nunca mencionó un embarazo. Nunca me contactó".
"Laura era una mujer orgullosa", dijo Elena con suavidad. "Cuando llegó aquí, estaba muy enferma, antes del accidente. No era el accidente lo que la llevó al hospital, sino una enfermedad degenerativa. El accidente fue el desenlace final. En sus últimas semanas, antes de que su estado empeorara, nos confió algo. Dijo que el padre de Sofía era un hombre importante, un empresario. Que él no sabía de la existencia de Sofía. Y que ella no quería que Sofía fuera una carga para él. Solo quería que, si algún día le pasaba algo, Sofía estuviera protegida".
Un nudo se formó en el estómago de Alejandro. "Pero, ¿por qué yo? ¿Por qué esta niña, de entre todos los hombres, me señalaría a mí? ¿Había alguna foto, algún indicio?"
Elena se inclinó y sacó una caja de cartón de debajo de su escritorio. "Esto es lo que Sofía trajo consigo. Sus pertenencias. Unas pocas ropas, algunos dibujos... y esto". Abrió la caja y sacó un pequeño marco de fotos de madera. Dentro, había una fotografía un poco descolorida. En ella, una joven Laura sonreía, su brazo entrelazado con el de un Alejandro Vargas más joven, con el cabello ligeramente más largo y una sonrisa que había olvidado que podía hacer. Estaban en un parque, con un fondo borroso de árboles. La foto era de ese verano.
Alejandro tomó la foto, sus dedos rozando el cristal. Sus ojos se fijaron en su propio rostro, en la felicidad despreocupada que había olvidado. Y luego, en Laura. La culpa, fría y punzante, le atravesó el pecho. "Esto no... esto no puede ser", murmuró, más para sí mismo que para Elena.
"Sofía ha mirado esa foto innumerables veces", explicó Elena. "La lleva a todas partes. La besa antes de dormir. Para ella, ese hombre en la foto, ese es su papá. Y hoy, cuando la vio a usted, no dudó. La semejanza es innegable, señor Vargas, ahora que la veo de cerca".
Alejandro no respondió. Su mente estaba en un torbellino. La idea de tener una hija, una hija que no conocía, una hija de una mujer a la que había abandonado, era impensable. Su vida, tan meticulosamente planeada, se había desmoronado en un instante. El control, su mayor activo, se había desvanecido. ¿Una herencia? Sí, una herencia de sangre, de responsabilidad, de un amor que él nunca había pedido. La implicación legal, social, personal... todo era abrumador.
"Entiendo su shock, señor Vargas", dijo Elena, levantándose. "Pero Sofía es una niña maravillosa. Necesita un hogar, necesita amor. Y necesita saber la verdad. Usted tiene derecho a una prueba de paternidad, por supuesto. Nosotros no queremos forzar nada. Solo queremos lo mejor para ella".
Alejandro miró la foto de nuevo, luego a Elena, y finalmente, su mirada se posó en la puerta por la que Sofía había desaparecido. Una pequeña figura con grandes ojos azules, llamándolo "papá". Su corazón, que creía inexpugnable, sentía un latido extraño, una punzada de algo que no era dolor ni rabia, sino... ¿miedo? ¿O tal vez, solo tal vez, una chispa de una emoción que había reprimido durante demasiado tiempo? La imagen de Sofía sonriéndole, de su pequeña mano señalándolo, se grabó en su mente. Era el momento de tomar la decisión más importante de su vida.
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