El Millonario Dueño de la Mansión Humilló a su Empleado sin Saber que Guardaba un Secreto sobre su Herencia

El sacrificio frente a las cámaras
El zumbido de la máquina de cortar cabello comenzó a llenar el vacío del salón. Era un sonido eléctrico, monótono, que me helaba la sangre. Los invitados de las mesas cercanas se habían levantado de sus asientos para rodearnos. Podía ver las pantallas de los teléfonos apuntándome directamente. Estaba siendo transmitido en vivo, convertido en el hazmerreír de la élite de la ciudad.
—Arrodíllate —ordenó Mauricio con una calma sádica.
Dudé por un segundo. Miré a mi alrededor buscando una cara amiga, pero solo encontré miradas de burla o indiferencia. El gerente del club estaba en una esquina, observando todo sin intervenir; Valdivieso era un cliente demasiado importante como para contrariarlo por un simple empleado. Con el alma rota, puse las rodillas sobre la alfombra.
Mauricio tomó la máquina y, con una mano, me sujetó firmemente por la mandíbula, obligándome a mirar hacia arriba, hacia las cámaras.
—Miren bien —dijo él a sus seguidores de redes sociales—. Así es como se educa a la servidumbre cuando olvida su lugar.
Sentí el contacto frío del metal contra mi frente. El primer mechón de mi cabello cayó sobre mis rodillas. Luego otro, y otro más. El sonido de las burlas se intensificaba con cada pasada de la cuchilla. Algunos invitados incluso lanzaban billetes de baja denominación sobre mí, como si fuera un espectáculo callejero degradante.
"Es por Lucas", me repetía mentalmente, cerrando los ojos con fuerza. "Hazlo por Lucas".
Pero entonces, ocurrió algo que cambió el curso de mi vida para siempre.
Para terminar su "obra de arte", Mauricio me obligó a inclinar la cabeza hacia adelante para rapar la nuca. Al hacerlo, él tuvo que estirar el brazo derecho y subir un poco la manga de su costosa camisa de seda para no mancharse con los restos de mi cabello.
Fue en ese preciso instante cuando lo vi.
En la parte interna de su antebrazo, justo debajo de la muñeca, apareció una marca. No era un tatuaje común. Era una cicatriz queloide, una quemadura con una forma muy específica: tres círculos entrelazados, como un eslabón antiguo.
Mi corazón se detuvo. Mi respiración se volvió errática.
Esa marca... yo la conocía. La había visto antes, en circunstancias mucho más oscuras. Tres años atrás, la última noche que vi a mi hermano Lucas, él me envió una foto borrosa por mensaje de texto. En la foto se veía el brazo de un hombre que lo estaba obligando a subir a un auto negro frente a una de las propiedades en construcción de la empresa Valdivieso.
Lucas me puso un mensaje corto: "Julián, este hombre dice que papá le debía una deuda millonaria de un testamento oculto. Me llevan a la mansión del norte. No llames a la policía o me matan".
Nunca más supe de él. La policía cerró el caso por falta de pruebas y yo me pasé tres años pensando que aquel hombre era un simple matón a sueldo. Jamás, ni en mis peores pesadillas, imaginé que el hombre que se llevó a mi hermano era el mismísimo Mauricio Valdivieso, el magnate que ahora se reía mientras me humillaba.
El odio reemplazó al miedo en un segundo. La sangre me hervía, pero sabía que si reaccionaba violentamente en ese momento, lo perdería todo. Tenía que ser inteligente. Tenía que descubrir dónde estaba Lucas y por qué este hombre estaba tan obsesionado con una supuesta herencia de mi padre, quien murió siendo un humilde carpintero.
—Ya está —dijo Mauricio, apagando la máquina con un clic seco—. Ahora levántate y limpia este desastre. Das asco.
Me puse de pie. Mi cabeza estaba pelada, mi dignidad por los suelos, pero mis ojos ahora tenían un brillo diferente. Lo miré fijamente.
—¿Pasa algo, muchacho? ¿Quieres llorar? —se burló él, guardando la máquina en su bolsillo.
—No, señor Valdivieso —respondí con una voz que no parecía la mía, una voz fría y decidida—. Solo le agradezco la lección. Nunca voy a olvidar este momento. Ni tampoco voy a olvidar lo que vi en su brazo.
El rostro de Mauricio cambió drásticamente. El color desapareció de sus mejillas y la suficiencia se transformó en una duda paranoica. Bajó la manga de su camisa rápidamente, cubriendo la marca de los tres círculos.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, intentando recuperar el tono autoritario, pero su voz tembló ligeramente.
—Hablo de que el mundo es muy pequeño —dije, dando un paso hacia él, ignorando las cámaras—. Y de que algunas deudas, como las de los testamentos, siempre terminan cobrándose.
Los socios de Mauricio se miraron entre sí, confundidos. El empresario se quedó mudo por un instante, analizando mis rasgos, tratando de recordar de dónde le resultaba familiar mi cara. Yo sabía que ahora estaba en peligro de muerte, pero también sabía que tenía la pieza del rompecabezas que me faltaba.
Salí del salón sin mirar atrás, dejando el chaleco de mesero tirado en el suelo. Tenía que moverme rápido. Si Valdivieso se daba cuenta de quién era yo, no llegaría vivo a la mañana siguiente. Corrí hacia mi pequeño apartamento, donde guardaba la vieja computadora de mi padre con todos sus documentos legales.
Sabía que mi padre no tenía dinero, pero recordé que siempre guardaba un sobre lacrado con el sello de un abogado que nunca quiso abrir. "Esto es para cuando yo no esté", decía siempre.
Al llegar, abrí el sobre con manos temblorosas. Lo que encontré dentro no era solo un testamento; era una prueba de que la mansión donde vivía Mauricio Valdivieso, y toda la fortuna que presumía, en realidad le pertenecían legalmente a mi familia por una deuda de tierras que databa de hace décadas. Mi hermano no había sido secuestrado por azar; lo tenían como garantía para que yo nunca reclamara lo que era nuestro.
Pero la sorpresa más grande no fue el dinero. Fue un mapa dibujado a mano al reverso de una escritura, que indicaba un sótano secreto en la propiedad de Valdivieso.
Sabía que Lucas seguía vivo. Lo sentía en el alma. Y ahora tenía la dirección exacta de donde lo tenían escondido. El problema era que Mauricio ya había enviado a sus hombres a buscarme. El sonido de neumáticos frenando bruscamente frente a mi edificio me indicó que el tiempo se había agotado.
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