El Millonario Dueño de un Imperio Descubre el Secreto que Amenaza su Fortuna en la Noche de Bodas

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Alejandro y Sofía en su noche de bodas. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas. Lo que se reveló esa noche no solo cambió sus vidas, sino que sacudió los cimientos de un imperio y desenterró una conspiración que te dejará sin aliento.

La boda de Alejandro Vargas, el magnate tecnológico y dueño de un conglomerado que abarcaba desde la inteligencia artificial hasta la energía renovable, había sido el chisme del año. No solo en la alta sociedad de la capital, sino en cada rincón donde se murmuraba sobre poder y fortuna. Alejandro, un hombre forjado a sí mismo, con una mente aguda como un diamante y una fortuna que superaba los miles de millones, había elegido como esposa a Sofía Ríos.

Sofía era una mujer sencilla, una ex sirvienta que había trabajado en la casa de un socio de Alejandro, y madre de tres hijos de padres distintos. El contraste no podía ser más abrumador. Mientras los invitados, ataviados con trajes de diseñador y joyas que valían fortunas, brindaban con champán Dom Pérignon, sus miradas se cruzaban con incredulidad y desaprobación apenas disimulada.

"¿Qué le vio?", susurraban las damas de alta alcurnia, sus voces apenas audibles sobre la música de la orquesta.

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"Está loco. Va a arruinar su linaje, su reputación", sentenciaban los hombres de negocios, temiendo por las acciones de sus empresas conjuntas.

Pero Alejandro, ajeno o indiferente a los juicios, solo tenía ojos para Sofía. Para él, ella representaba una pureza y una autenticidad que le faltaban a su mundo de cristal y apariencias. La había conocido en un evento benéfico, donde ella servía canapés con una gracia inesperada. Su risa genuina y la forma en que sus ojos se iluminaban al hablar de sus hijos lo habían cautivado.

Él estaba cansado de las mujeres ambiciosas, de las que veían su apellido y su billetera antes que su persona. Sofía, con sus manos trabajadoras y su espíritu indomable, era diferente. O eso creía él.

Después de una recepción que duró hasta la madrugada, la pareja se retiró a la suite presidencial del hotel más exclusivo de la ciudad. El lujo era palpable en cada detalle: sábanas de seda egipcia, vistas panorámicas de la ciudad iluminada y una botella de champán enfriándose en una cubitera de plata. La atmósfera era irreal, casi sacada de un cuento de hadas, pero con un toque de tensión palpable.

Sofía, con su vestido blanco de encaje, parecía una princesa por primera vez en su vida. Sus ojos, aunque hermosos, denotaban un nerviosismo que Alejandro confundió con timidez. Él se acercó, su corazón latiendo con una mezcla de amor, desafío y una extraña premonición que no podía sacudirse.

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"Estás hermosa, Sofía", le dijo Alejandro, su voz grave y suave.

Ella sonrió, una sonrisa pequeña y temblorosa. "Gracias, Alejandro. Todo esto... es como un sueño."

Él la tomó de las manos, que estaban visiblemente frías. "Es nuestra realidad ahora. Nuestra vida juntos."

Un silencio cómodo, o al menos eso parecía, se instaló en la habitación. Las luces tenues creaban sombras danzantes en las paredes, y el burbujeo del champán era el único sonido que rompía la quietud. Sofía, con un suspiro apenas audible, se acercó a él.

"Creo que... debería quitarme esto", dijo, señalando su vestido.

Alejandro asintió, una sonrisa amable en su rostro. La ayudó con los pequeños botones de perla en la espalda. Lentamente, capa por capa, el encaje y la seda se deslizaron por su cuerpo, cayendo suavemente al suelo como una cascada blanca. El corazón de Alejandro latía fuerte en su pecho. No era solo la expectación de la noche, ni la belleza de Sofía que se revelaba ante sus ojos. Había una extraña opresión en el aire, un presentimiento que se negaba a desaparecer.

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Cuando el último velo se deslizó, y su figura quedó completamente expuesta a la luz tenue de la suite, Alejandro dio un paso atrás, con los ojos abiertos de par en par. No fue su cuerpo lo que lo paralizó, ni la silueta de una mujer que había admirado. Fue su espalda. Justo debajo del hombro izquierdo, claramente visible en su piel pálida, había un tatuaje. Un símbolo pequeño, discreto, casi oculto, pero absolutamente inconfundible.

Era una serpiente entrelazada alrededor de un ojo, un ojo que parecía mirarlo fijamente, juzgándolo. Un emblema que él conocía demasiado bien, de una forma que le heló la sangre. Era el símbolo de "La Égida Oculta", la única organización que había jurado destruir. La misma que había orquestado la caída de su familia y la ruina de sus primeros negocios, casi costándole la vida años atrás.

El aire se volvió denso, pesado. El cuento de hadas se desmoronó en un instante. Sofía, la mujer inocente y pura que creía conocer, llevaba en su piel la marca de sus peores enemigos. La premonición se había materializado en una verdad aterradora.

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