El Millonario Juan Descubre el Oscuro Secreto de la Mansión Familiar que Amenaza la Herencia de su Hija

El pánico se apoderó de Juan con una ferocidad que nunca antes había experimentado. Su mente, habituada a la lógica fría de los negocios, se nubló. La quemadura en el brazo de Sofía, ese símbolo grotesco, y la mancha oscura en la almohada. Era incomprensible, terrorífico.
"Sofía, mi amor, ¿qué es esto?" Su voz apenas fue un murmullo. Intentó tocar la marca, pero su hija se encogió, un gemido de dolor escapando de sus labios.
"No, papá. Duele," susurró Sofía, las lágrimas volviendo a brotar. "Vino... vino el hombre de la sombra."
"¿El hombre de la sombra? ¿De qué hablas, mi vida? ¿Quién es ese?" Juan sintió un escalofrío que no provenía del frío de la habitación.
Sofía se aferró a su pijama. "No sé. Es grande. Y... frío. Me tocó. Y luego... todo se puso oscuro."
Juan la abrazó con fuerza, sintiendo la fragilidad de su pequeño cuerpo. No era un sueño, no era un juego de niños. Esto era real, y era una pesadilla. Sacó su teléfono, las manos temblorosas, y marcó el número de emergencia. Necesitaba un médico, un equipo forense, la policía. Lo que fuera para entender y proteger a su hija.
En cuestión de minutos, la mansión, antes silenciosa, se llenó de luces intermitentes y el bullicio de voces. Médicos, paramédicos, agentes de policía. La niñera, Lucrecia, apareció de su habitación, frotándose los ojos, pálida y confusa.
"¡Señor Juan! ¿Qué sucede? Yo... yo no escuché nada. Sofía estaba durmiendo cuando la dejé hace una hora." Su voz era un hilo de incredulidad.
"¡No escuchaste nada, Lucrecia? ¡Mi hija está herida! ¿Cómo es posible que no escucharas nada en esta casa?" La furia de Juan era palpable, pero sabía que no era el momento de culpar.
El doctor de emergencias examinó a Sofía con sumo cuidado. "La quemadura es superficial, pero profunda en su aspecto. Parece... antigua, casi. Y la sustancia en la almohada... no es sangre humana. Parece algún tipo de mezcla orgánica, quizás con un componente metálico. Necesitaremos análisis de laboratorio."
La policía, liderada por la inspectora Valdez, una mujer de rostro severo y mirada aguda, comenzó a interrogar a Juan y a Lucrecia. Revisaron cada rincón de la mansión. Las cámaras de seguridad, de última generación, no mostraban ninguna intrusión. Las puertas y ventanas estaban selladas. No había signos de forcejeo ni de entrada forzada.
"Señor Romero," dijo Valdez, su voz calmada pero firme. "Según los registros, nadie entró ni salió de la propiedad. Sus sistemas de seguridad son impecables. ¿Hay alguien más en la casa? ¿Algún empleado que no esté registrado?"
Juan negó con la cabeza, la frustración creciendo. "Solo los jardineros y el personal de limpieza que vienen durante el día. Y Lucrecia. Nadie más vive aquí. Nadie."
La noche se hizo eterna. Sofía, sedada, dormía por fin en el hospital, mientras Juan no se movía de su lado. La imagen de la marca en su brazo y la mancha en la almohada se repetían sin cesar en su mente. "El hombre de la sombra." ¿Era una alucinación? ¿Un trauma?
De vuelta en la mansión a la mañana siguiente, Juan estaba solo. La policía había dejado una guardia y continuaba la investigación, pero no tenían pistas. La sustancia de la almohada resultó ser una mezcla compleja de hierbas, metales y un sedante natural muy potente, casi hipnótico. La quemadura, aunque no ponía en riesgo la vida de Sofía, era extraña; no era de calor, sino de una reacción química o incluso eléctrica, y el patrón... el patrón seguía siendo un misterio.
Juan decidió tomar las riendas. Si la policía no podía encontrar un intruso físico, tal vez el problema no era físico. Se sentó frente a la pantalla del sistema de seguridad de su mansión, una fortaleza digital que controlaba cada centímetro de la propiedad. Revisó las grabaciones de la última semana, minuto a minuto. Horas y horas de metraje.
El tiempo se arrastraba. Veía a Sofía jugar en el jardín, a Lucrecia cocinando, a él mismo llegando y saliendo. Todo normal. Demasiado normal.
Entonces, lo vio. No era una persona. Era una anomalía. En la grabación de la cámara del pasillo de Sofía, justo a las dos de la madrugada del día anterior, hubo un parpadeo. Un microsegundo. Un glitch. Era tan breve que casi no se notaba, pero Juan, con su ojo entrenado para detectar cualquier irregularidad en sus sistemas financieros, lo captó.
Rebobinó. Reprodujo. Una y otra vez. El parpadeo. Y justo antes del parpadeo, una sombra. Una sombra más oscura que la propia noche, que parecía deslizarse por el borde del marco de la puerta de Sofía. No era una persona. No tenía forma humana. Era... una ausencia de luz, que se movía.
Juan sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. ¿Era esto lo que Sofía llamaba "el hombre de la sombra"?
Recordó viejas historias que su abuela le contaba de niño, cuentos sobre la mansión. Sobre sus rincones ocultos, sobre un pasado oscuro. Su familia había sido rica por generaciones, pero la mansión había cambiado de manos varias veces antes de que su bisabuelo la comprara y la restaurara. Se decía que había secretos enterrados en sus cimientos. Que había una fortuna escondida, o quizás un pacto.
Decidió investigar la historia de la mansión. Buscó en los archivos familiares, en la biblioteca personal de su padre. Encontró viejos planos, cartas amarillentas, un diario con caligrafía ilegible de su bisabuelo.
Una noche, mientras Sofía se recuperaba lentamente en el hospital, Juan se sumergió en los documentos. Descubrió que la mansión había sido construida sobre las ruinas de una antigua fortaleza, y que en su subsuelo existían túneles y pasadizos secretos, usados en tiempos de guerra y contrabando. Y en el diario de su bisabuelo, en una página casi ilegible, encontró un dibujo. Un símbolo. El mismo patrón de la quemadura en el brazo de Sofía.
Debajo del dibujo, una frase en latín, casi borrada: "Custos Aeternum. Hereditas Tenebris." Guardián Eterno. Herencia de las Tinieblas.
La sangre de Juan se heló. Esto no era un intruso. Era algo mucho más profundo. La mansión, su hogar, el lugar donde su hija debía estar segura, guardaba un secreto ancestral. Y ese secreto había despertado.
De repente, un ruido. Un crujido metálico proveniente del sótano. Juan se levantó de golpe, el diario en la mano, el corazón latiéndole con fuerza. No era el viento. No era la casa asentándose. Era un sonido deliberado. Alguien, o algo, estaba abajo.
Bajó las escaleras en silencio, cada paso un eco en la noche. La puerta del sótano, normalmente cerrada con llave, estaba ligeramente abierta. Una corriente de aire frío subió por la escalera, trayendo consigo el mismo olor metálico y dulce que había sentido en la habitación de Sofía.
Entró al sótano, una linterna en mano. Cajas viejas, muebles cubiertos con sábanas blancas. Y en el centro, una sección del suelo de piedra, que siempre había parecido sólida, ahora revelaba una grieta. Una grieta que no estaba allí antes.
Juan se arrodilló, tocó la grieta. La piedra cedió. Debajo, un espacio oscuro. No era tierra. Era un hueco, un túnel. Y desde las profundidades, pudo escuchar un susurro. Un susurro que decía su nombre.
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