El Millonario Juan Descubre el Oscuro Secreto de la Mansión Familiar que Amenaza la Herencia de su Hija

Juan, paralizado por una mezcla de terror y fascinación, se asomó al oscuro abismo que se había abierto en el suelo del sótano. El susurro se intensificó, un murmullo gutural que parecía provenir de las entrañas de la tierra. No era una voz humana. Era algo más antiguo, más primario. El olor metálico y dulce era abrumador.

Con el pulso a mil, encendió la linterna de su teléfono y la apuntó hacia abajo. El haz de luz se perdió en la oscuridad, revelando apenas unas escaleras de piedra toscamente talladas, que se hundían en las profundidades. La humedad y el moho impregnaban el aire, pero también ese olor peculiar que ahora reconocía como el de la sustancia en la almohada de Sofía.

El diario de su bisabuelo, aún en su mano, parecía vibrar. Juan recordó la frase en latín: "Custos Aeternum. Hereditas Tenebris." Guardián Eterno. Herencia de las Tinieblas. ¿Estaba a punto de descubrir la "herencia de las tinieblas"?

Tomó una respiración profunda y comenzó a descender. Cada paso en las escaleras resbaladizas era una prueba de su temple. El túnel era estrecho, claustrofóbico, y el silencio solo era interrumpido por el goteo constante de agua en algún lugar lejano y el latido atronador de su propio corazón.

Finalmente, llegó a una cámara subterránea. Era un espacio pequeño, de forma irregular, con paredes de piedra bruta. En el centro, sobre un pedestal improvisado, descansaba una caja de madera vieja, cubierta de polvo y telarañas. El aire aquí era denso, pesado, cargado de una energía indescifrable.

Se acercó a la caja. Estaba cerrada con un candado de hierro oxidado. Pero el diseño grabado en la tapa, visible bajo el polvo, era inconfundible: el mismo símbolo que marcaba el brazo de Sofía.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Esto no era una coincidencia. Esto era el epicentro de todo.

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Justo cuando Juan extendió la mano para tocar la caja, una figura se materializó en la oscuridad, emergiendo de una grieta en la pared que Juan no había notado. Era un hombre. Alto, delgado, vestido con ropas oscuras que se fundían con las sombras. Su rostro estaba oculto bajo una capucha, pero Juan pudo sentir la intensidad de su mirada. Era "el hombre de la sombra".

"Lo has encontrado," dijo una voz áspera, profunda, que parecía provenir de las profundidades de la tierra misma. "El Guardián Eterno ha cumplido su propósito. Y la Herencia de las Tinieblas ha sido revelada."

Juan retrocedió, su mente tratando de procesar la irrealidad de la situación. "¿Quién eres? ¿Qué le hiciste a mi hija?" Su voz temblaba de furia contenida.

El hombre se quitó la capucha. Su rostro era demacrado, surcado de arrugas profundas, con ojos de un azul helado que brillaban en la penumbra. "Mi nombre es Alaric. Soy el último de la línea de los Custodes. Los guardianes de este lugar. Y el legítimo heredero de lo que yace en esa caja. No lo que tu familia, los Romero, robaron."

"¿Robar? ¿De qué hablas?" Juan estaba atónito.

"Esta mansión, Juan Romero, no fue comprada de forma honorable por tu bisabuelo. Fue tomada. Mi familia fue despojada de estas tierras y de la riqueza que guardaban. La 'Herencia de las Tinieblas' es el verdadero tesoro de los Custodes, un legado de conocimiento y poder que tu bisabuelo intentó ocultar y reclamar como suyo." Alaric señaló la caja. "Dentro hay un códice. Un libro antiguo que contiene los secretos de una mina de oro escondida en estas tierras, y la fórmula para transmutar metales, una fortuna más allá de tus sueños de empresario."

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"¿Y mi hija? ¿Por qué Sofía?" Juan sentía un nudo en el estómago.

"Los Custodes tenemos un pacto con estas tierras. El símbolo en la caja, y ahora en tu hija, es la marca del Despertar. Cuando un Romero puro de corazón, como Sofía, se acerca a la verdad, el Guardián Eterno se manifiesta. La sustancia en la almohada era un sedante para que no recordara, para que el proceso fuera más lento. El símbolo en su brazo es una advertencia. Una señal de que el tiempo de tu familia ha terminado."

Alaric dio un paso adelante. "He estado esperando. Observando. Tus sistemas de seguridad son inútiles para mí. Los pasadizos secretos son mi dominio. He venido a reclamar lo que es mío, lo que es de mi linaje. Y si no me lo entregas, tu hija, la portadora de la marca, será la llave para abrirlo, pero también la víctima de su poder."

Juan comprendió. Alaric no era un fantasma, sino un hombre real, un descendiente de los antiguos dueños, que había vivido en las sombras de la mansión, esperando su momento. Su objetivo no era solo el códice, sino la venganza por una injusticia ancestral y una reclamación de la herencia que consideraba suya. Había usado el miedo de Sofía, la vulnerabilidad de una niña, para obligar a Juan a buscar la verdad.

"No te daré nada," espetó Juan, su voz firme a pesar del miedo. "Esta es mi casa. Mi hija. Y no permitiré que nadie la dañe."

Alaric soltó una risa hueca. "La Herencia de las Tinieblas exige un precio. Y tú, Juan Romero, estás a punto de pagarlo. O lo pagará tu hija."

Con un movimiento rápido, Alaric sacó un pequeño frasco de su túnica. El líquido oscuro en su interior burbujeaba levemente. "Este es el verdadero 'sedante'. Una gota, y el espíritu de tu hija quedará atado a este lugar, forzándola a revelar la ubicación exacta de la mina, más allá de lo que el códice pueda decir. Y la marca en su brazo se volverá permanente, un recordatorio eterno de la deuda de tu familia."

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Juan sintió la adrenalina recorrer cada fibra de su ser. No iba a permitirlo. No iba a perder a Sofía. El códice, la fortuna, todo era secundario. Su hija era su prioridad. Tenía que actuar. Y rápido.

Alaric se abalanzó, el frasco extendido. Juan esquivó el ataque, girando sobre sus talones. No era un luchador, pero era un hombre de negocios, astuto y rápido para reaccionar bajo presión. Vio una oportunidad. Detrás de Alaric, una pila de viejas cajas de madera apiladas precariamente.

Con un grito de rabia, Juan empujó las cajas con todas sus fuerzas. Las maderas podridas cedieron, cayendo sobre Alaric con un estruendo. El frasco voló por el aire, el líquido oscuro salpicando las paredes de piedra antes de que el hombre quedara sepultado bajo los escombros.

Juan no esperó a ver si estaba inmovilizado. Con un impulso desesperado, corrió hacia la caja, la abrió con un golpe de su linterna, rompiendo el candado. Dentro, un libro encuadernado en cuero oscuro, sus páginas amarillentas. Y debajo del libro, un pequeño pergamino. El pergamino contenía un mapa. El mapa de la mina.

Pero el peligro no había terminado. El susurro volvió, más fuerte, más imperioso, como si la propia cámara subterránea estuviera despertando. Las paredes de piedra comenzaron a vibrar. La grieta por donde había aparecido Alaric se expandió.

Juan sintió la tierra temblar bajo sus pies. Algo más estaba despertando. Algo antiguo y poderoso.

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