El Millonario Pérez y la Heredera Perdida: La Verdad Detrás del Hilo Rojo que Cambió un Testamento

Ricardo Pérez extendió una mano temblorosa, deteniendo a los guardias que finalmente habían logrado sujetar al joven. "¡Sueltenlo!", ordenó con una voz que, aunque ronca por la emoción, aún emanaba autoridad. Su mirada no se apartaba del chico. "Tú. Ven aquí. Dime todo lo que sabes."
El joven, Mateo, se acercó, arrastrando los pies, pero con la mirada fija en Ricardo. Había un brillo de desesperación y, extrañamente, de determinación en sus ojos. Los invitados, inmóviles, observaban la escena como si fuera una obra de teatro macabra. La incredulidad se mezclaba con una morbosa curiosidad.
"Señor Pérez," comenzó Mateo, con la voz aún entrecortada, "Mi nombre es Mateo. Yo... yo trabajo a veces en los jardines de su mansión, de forma irregular, para el señor Antonio, el jardinero principal. Y a veces... a veces Sofía me hablaba. Era amable conmigo." La mención de Sofía hizo que el dolor de Ricardo se agudizara, pero también encendió una chispa de esperanza.
"Ella... ella me dio este," Mateo extendió su mano, revelando un pequeño y descolorido hilo rojo, atado con un nudo peculiar. "Dijo que era su amuleto de la suerte, el que su madre le había dado. Y que a veces, cuando se sentía sola, se lo quitaba y se lo daba a alguien que le parecía que lo necesitaba más que ella. Me lo dio hace una semana. Dijo que lo guardara bien, que era muy especial."
Ricardo tomó el hilo. Era idéntico al que Sofía siempre llevaba en su muñeca, el que su difunta esposa le había bordado con sus propias manos. Pero, si Sofía se lo había dado a Mateo, ¿por qué el cuerpo en el ataúd tenía uno similar en el cuello de la camisa?
"Y el que está en el ataúd...", continuó Mateo, "no es el de ella. Es un hilo rojo, sí, pero el de Sofía estaba en su muñeca, y era de un bordado diferente. Ese del cuello... es una imitación barata. Y la chica en el ataúd... no es Sofía. Sus manos... sus uñas... Sofía siempre se las mordía cuando estaba nerviosa. Esa chica no."
La descripción de Mateo era escalofriante en su precisión. Ricardo recordó las manos de Sofía, sus uñas siempre ligeramente mordisqueadas, un hábito que le había regañado mil veces con cariño. Miró de nuevo el rostro pálido en el ataúd. Ahora, bajo la luz del sol, notó un detalle que antes había pasado por alto en su ceguera de dolor: las manos de la "difunta" eran inmaculadas, con uñas perfectas.
"¡Sáquenla de ahí! ¡Abran el ataúd ahora mismo!", rugió Ricardo, su voz resonando en la capilla. Los guardias y el pastor se miraron, dudando. Pero la autoridad en los ojos del millonario era innegable. Con manos temblorosas, los portadores abrieron la tapa del ataúd.
Lo que vieron les heló la sangre. El cuerpo dentro no era el de Sofía. Era una joven de complexión similar, vestida con la ropa de Sofía, pero con un rostro que no era el suyo. Habían intentado maquillarla para que se pareciera, pero ahora, con la verdad al descubierto, las diferencias eran evidentes, grotescas. La "deuda millonaria" que alguien debía haber contraído con Ricardo, o la "herencia" que alguien codiciaba, había llevado a un acto de depravación inimaginable.
Ricardo sintió una mezcla de alivio y una furia volcánica. Su hija estaba viva. Pero, ¿quién había hecho esto? ¿Y por qué?
"Mateo, dime. ¿Quién se la llevó? ¿Dónde está mi Sofía?", preguntó Ricardo, su voz apenas un susurro cargado de urgencia.
Mateo miró a su alrededor, temeroso. "Fue el señor Marco, Señor Pérez. Su socio. Lo vi. Estaba en la parte trasera de la mansión, cerca de los viejos establos. Yo estaba escondido porque no tenía permiso para estar allí, buscando algo de fruta. Vi cómo la subía a una furgoneta oscura. Y escuché... escuché que hablaba de un 'último plazo' y de 'hacerlo pagar por todo'."
Marco Antonio Vargas. El nombre resonó en la mente de Ricardo como una campana de alarma. Marco, su socio de toda la vida, su amigo, su confidente. El hombre que, recientemente, había estado al borde de la bancarrota debido a una serie de malas inversiones y una "deuda millonaria" que Ricardo le había perdonado en parte, pero que Marco aún resentía profundamente. Había habido una discusión acalorada hacía unas semanas sobre un "testamento" que Ricardo había modificado, reduciendo la parte que le correspondía a Marco en caso de su muerte, a favor de Sofía.
"¿Y dónde la llevó?", presionó Ricardo.
"A una vieja cabaña de cazadores en las afueras, Señor Pérez. Cerca del lago Esmeralda. Sé el camino. La usábamos a veces cuando éramos niños para jugar. Es muy difícil de encontrar."
La decisión fue instantánea. "Llama a la policía, pero que nadie sepa esto todavía", ordenó Ricardo a su jefe de seguridad, mientras tomaba a Mateo del brazo. "Tú vienes conmigo. Nos vamos ahora."
En cuestión de minutos, Ricardo, Mateo y dos de los hombres más leales de seguridad de Ricardo se subieron a un SUV blindado. El coche salió disparado de la capilla, dejando atrás a una multitud estupefacta y a un ataúd abierto con una macabra farsa dentro. El viaje fue tenso y silencioso. Mateo, a pesar de su miedo evidente, guiaba con precisión.
A medida que se acercaban, la carretera se convirtió en un sendero de tierra, luego en una pista apenas transitable. La cabaña, oculta entre pinos centenarios, apareció a la vista. Un hilo de humo salía de la chimenea.
"Ahí es, Señor Pérez", susurró Mateo, señalando.
Ricardo asintió, su corazón latiendo con fuerza. Sacó un arma de su chaqueta, algo que solo llevaba en raras ocasiones. Sus hombres también se prepararon. La tensión era insoportable. Se acercaron sigilosamente, rodeando la cabaña. Ricardo se preparó para lo peor, para enfrentar al hombre que había traicionado su confianza y secuestrado a su hija. La rabia y la determinación eran su combustible.
El jefe de seguridad, un exmilitar llamado Luis, abrió la puerta de una patada, irrumpiendo en la cabaña. Adentro, Marco Vargas estaba atando a Sofía a una silla, con una expresión de pánico en su rostro al ver a los intrusos. Sofía, con lágrimas en los ojos, gritó al ver a su padre.
"¡Papi!", exclamó, con la voz ahogada.
"¡Suéltala, Marco!", rugió Ricardo, apuntando con el arma.
Marco se giró, su rostro demacrado por el estrés y la desesperación. "¡Ricardo! No... no es lo que parece..."
"¡No mientas! ¡Lo vi todo!", gritó Mateo, saliendo de detrás de Ricardo.
Marco palideció. Había subestimado al muchacho. Había subestimado la conexión de Sofía con un humilde jardinero. La situación era un callejón sin salida. Pero no se rendiría tan fácilmente. Con un movimiento rápido, Marco sacó un cuchillo y lo puso en el cuello de Sofía, usándola como escudo.
"¡Un paso más, Ricardo, y juro que la mato!", gruñó Marco, sus ojos desquiciados. "¡No me dejas otra opción! ¡Me arruinaste! ¡Me quitaste todo! ¡Mi parte de la 'herencia', mi reputación, mi vida!"
Ricardo se quedó inmóvil, el cañón de su arma apuntando directamente a Marco, pero sin poder disparar. La vida de su hija pendía de un hilo. El aire de la cabaña se volvió denso, cargado de la amenaza inminente de la tragedia. La esperanza de encontrar a Sofía se mezclaba ahora con el terror de perderla para siempre.
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