El Millonario Pone a Prueba a su Prometida: Descubre la Cruel Verdad de una Herencia Maligna Oculta en su Mansión

...con una precisión impactante, María tropezó. O al menos, eso fue lo que pareció. La bandeja se tambaleó en sus manos, la cafetera se inclinó peligrosamente y, en un movimiento que pareció torpe pero que ocultaba una intencionalidad calculada, el café hirviendo se derramó directamente sobre el vestido de seda que Sofía había elegido para la mañana. El líquido oscuro y caliente se extendió por la tela clara como una mancha de tinta, quemando levemente la piel de Sofía y arruinando por completo la costosa prenda.
Un grito agudo y furioso escapó de los labios de Sofía. "¡Idiota! ¡Mira lo que has hecho, estúpida! ¡Este vestido es de diseñador! ¡Me has quemado!" Sus ojos, antes fríos, ahora ardían con una furia descontrolada, y su rostro se contorsionó en una mueca de puro desprecio. María, con una expresión de fingida consternación, se disculpó profusamente, pero en el fondo de sus ojos, Marco pudo detectar un atisbo de satisfacción.
"¡Lo siento mucho, señorita Sofía! Fue un accidente, lo juro. ¡Mis manos resbalaron!", exclamó María, mientras se inclinaba para recoger los restos de la bandeja. Doña Elena, aún de pie y asustada por el estallido, intentó intervenir. "No te preocupes, María, cualquiera tiene un descuido. Sofía, no te alteres, te ayudo a limpiarte."
Pero Sofía no escuchó. Estaba más allá de la razón. "¡Tú, vieja entrometida, cállate! ¡Y tú, inútil, estás despedida! ¡Despedida, lo oyes! ¡No te quiero ver un minuto más en esta casa!" La voz de Sofía resonó por el comedor, cargada de veneno. Su belleza se había disipado por completo, revelando una fealdad interior que Marco nunca había creído posible.
Fue en ese momento, cuando la humillación de su madre y la injusticia contra María alcanzaron su punto máximo, que Marco no pudo soportarlo más. Su sangre hirvió. Salió de su escondite, con el rostro endurecido por la rabia y el dolor, y entró en el comedor. Su presencia, repentina e imponente, detuvo en seco el torbellino de gritos de Sofía.
"¿Qué está pasando aquí?", su voz era un trueno que resonó en la habitación, cargada de una autoridad que Sofía nunca le había escuchado. Su prometida se quedó paralizada, su boca abierta, sus ojos desorbitados de sorpresa y horror al verlo.
"¡Marco! ¡Pero... pero si se suponía que estabas en Londres!", balbuceó Sofía, su furia transformándose en un pánico palpable. Su rostro palideció, y su mente, usualmente calculadora, parecía incapaz de procesar lo que veía.
Marco se acercó, sus ojos fijos en ella. "Sí, Sofía. Se suponía. Pero no lo estaba." Hizo una pausa dramática, dejando que el silencio llenara la habitación, un silencio pesado y cargado de verdades no dichas. "Y he visto cada segundo. Cada palabra. Cada humillación."
Los ojos de Sofía se abrieron aún más. "¡No... no sé de qué hablas, Marco! Esta mujer, María, es una torpe, y tu madre... tu madre es tan... tan... ¡rústica! Estaba intentando educarla, prepararla para la vida en sociedad. ¡Por tu bien, Marco! ¡Para que no te avergüence frente a tus socios y clientes importantes!" Su voz temblaba, desesperada por encontrar una excusa, una justificación.
"¿Educando a mi madre?", la voz de Marco era helada. "Ella es la mujer que me dio la vida, Sofía. La que me enseñó el valor del respeto, la humildad y la honestidad. Valores que tú, al parecer, desconoces por completo." Se volvió hacia María. "María, por favor, ve a tu habitación. Estás a salvo. Y, por supuesto, no estás despedida." María asintió, una lágrima de alivio y gratitud rodando por su mejilla.
Luego, Marco se dirigió a su madre. Se arrodilló suavemente frente a ella, tomando sus manos. "Mamá, ¿estás bien? Lo siento tanto. Siento que hayas tenido que pasar por esto." Doña Elena, con los ojos llenos de lágrimas, simplemente asintió, incapaz de hablar, pero su mirada expresaba un amor y un alivio infinitos.
Finalmente, Marco se puso de pie y se enfrentó a Sofía. "Hemos terminado, Sofía. Nuestra boda, nuestro compromiso, todo. Se acabó."
Sofía se tambaleó como si la hubieran golpeado. "¡No! ¡No puedes hacerme esto, Marco! ¡Nuestra boda es en un mes! ¡Mi reputación! ¡Nuestra fortuna! ¡Todo lo que hemos planeado!" La palabra "fortuna" salió de sus labios con una avidez que no pudo disimular.
"Tu reputación es algo que tú misma has destruido con tus acciones", respondió Marco, sin una pizca de piedad. "Y en cuanto a la fortuna, nunca fue 'nuestra'. Era mía. Y ahora, seguirá siéndolo. Parece que tu verdadero interés nunca fue mi amor, sino el estatus y el acceso a mi riqueza."
Sofía, acorralada, con el rostro descompuesto, lanzó una risa histérica. "¡Riqueza! ¿Crees que todo es tan simple, Marco? ¿Crees que soy la única con secretos? ¡Te equivocas! Tú no sabes nada de lo que realmente se esconde detrás de tu 'imperio'. Hay cosas mucho más oscuras en tu 'herencia' de lo que imaginas. ¡Y si me despides así, juro que lo revelaré todo! Te arruinaré, Marco. ¡Tu reputación, tu empresa, todo!"
Marco la miró, una nueva y fría determinación llenando sus ojos. ¿Herencia? ¿Secretos oscuros? ¿Qué podría significar eso? La amenaza de Sofía no era una pataleta de niña caprichosa, sino la advertencia de alguien que guardaba información peligrosa. El millonario sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la sorpresa de su prometida. Una sombra se cernía sobre su vida, una sombra que Sofía prometía desvelar, y que ponía en riesgo no solo su fortuna, sino algo mucho más profundo.
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