El Multimillonario Juez que Destruyó la Fortuna de una Empresaria Cruel por Humillar a su Empleada Embarazada

Ricardo Montalvo se acercó con una calma que contrastaba brutalmente con la tormenta de emociones que bullía en la mesa de Sofía y Miranda. Sus pasos eran firmes, medidos, cada uno resonando con una autoridad silenciosa que parecía absorber el aire del restaurante.
Cuando estuvo a pocos metros, Miranda finalmente lo notó. Su ceño se frunció, molesta por la interrupción. Soltó el brazo de Sofía, quien se tambaleó ligeramente, llevándose la mano al vientre con un gesto protector.
"¿Se le ofrece algo, señor?", preguntó Miranda, su voz ahora forzadamente cortés, aunque sus ojos aún chispeaban de irritación. No lo reconocía inmediatamente, pero la elegancia de su traje a medida y la confianza en su porte le indicaban que no era un cualquiera.
Ricardo se detuvo frente a ellas. Su mirada azul se posó primero en el rostro pálido y asustado de Sofía, luego en el brazo enrojecido donde Miranda la había sujetado. La furia en sus ojos se intensificó, aunque su voz permaneció controlada, casi un susurro.
"Lo que se me ofrece, señora, es que deje en paz a esta joven", dijo Ricardo, su voz baja, pero con una resonancia que hizo a Miranda encogerse ligeramente. "Acabo de presenciar un acto de abuso inaceptable."
Miranda soltó una risa forzada, intentando recuperar la compostura. "Disculpe, señor, pero esto es un asunto interno de mi empresa. No le concierne."
"¿Un asunto interno?", replicó Ricardo, su voz ganando una pizca de acero. "Cuando una persona embarazada es agredida físicamente y humillada en público, deja de ser un 'asunto interno' y se convierte en un delito. Y a mí, señora, los delitos sí me conciernen."
La mención de "delito" hizo que Miranda palideciera. Su arrogancia comenzó a resquebrajarse. "No sé quién se cree que es, pero no tiene derecho a interferir. Soy Miranda Volkov, dueña de Volkov Capital. Tengo influencias."
Ricardo sonrió, una sonrisa fría y sin humor que no llegó a sus ojos. "Sé perfectamente quién es usted, señora Volkov. Y permítame presentarme. Soy Ricardo Montalvo."
El nombre cayó como una losa sobre el elegante comedor. Los murmullos se extendieron como un reguero de pólvora entre los comensales. Ricardo Montalvo. El "Juez de Acero". El inversor que había desmantelado imperios fraudulentos y el filántropo que había financiado causas de justicia social.
Miranda Volkov, por primera vez en mucho tiempo, sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su color se fue, su boca se abrió y cerró sin emitir sonido. Había oído hablar de él. Todos en su círculo lo habían hecho.
"Señor Montalvo...", balbuceó Miranda, su voz ahora un hilo.
"No, señora Volkov. No hay 'señor Montalvo' que valga", la interrumpió Ricardo, su mirada implacable. "Lo que he presenciado aquí esta noche es la punta del iceberg de una conducta que he estado investigando discretamente durante meses."
Sofía, que había estado observando la escena con una mezcla de miedo y asombro, sintió un rayo de esperanza. ¿Investigando? ¿Qué quería decir?
"Sus prácticas laborales abusivas, sus contratos leoninos con proveedores, sus evasiones fiscales... todo eso ha estado bajo mi radar", continuó Ricardo, su voz baja pero resonando con una autoridad innegable. "Pero agredir a una mujer embarazada, en público, es la gota que colma el vaso."
Miranda estaba lívida, pero el miedo era más fuerte que su ira. "¿De qué está hablando? Mis negocios son intachables."
"¿Intachables?", Ricardo soltó una carcajada amarga. "Tengo pruebas documentadas de cómo ha explotado a sus empleados, cómo ha manipulado cifras y cómo ha evadido impuestos por millones. Y no soy el único. Hay una docena de ex-empleados y socios que están listos para testificar."
Un camarero, que había estado observando de cerca, se acercó tímidamente. "Señor Montalvo, su abogado acaba de llegar. Está en la entrada."
Ricardo asintió. "Perfecto. Que pase."
Un hombre alto y serio, con un maletín de cuero en la mano, entró al restaurante. Era el afamado abogado penalista, Elías Benítez, conocido por su eficacia demoledora en los tribunales. Su presencia no hizo más que aumentar el pánico de Miranda.
"Elías, por favor, toma nota de todo lo que acaba de suceder", dijo Ricardo, sin apartar la mirada de Miranda. "Y asegúrate de que el fiscal de distrito reciba el informe completo sobre Volkov Capital mañana a primera hora."
Miranda sintió que el suelo se abría bajo sus pies. "¡No puede hacer esto! ¡Arruinará mi empresa! ¡Mi vida!"
"Usted arruinó la suya, señora Volkov, mucho antes de que yo interviniera", replicó Ricardo con frialdad. "Y no solo su empresa. Su reputación, sus activos, su libertad. Todo está en juego."
Se giró hacia Sofía, su expresión se suavizó ligeramente. "Señorita, no se preocupe. Ni usted ni su bebé volverán a sufrir abusos. Mi equipo legal se encargará de que reciba una compensación justa por este trato, y de que encuentre un entorno laboral seguro y digno."
Sofía apenas podía procesar lo que estaba sucediendo. La repentina intervención de este hombre, su poder, su decisión de luchar por ella... era abrumador.
Miranda, con la cara pálida y los ojos desorbitados, miró a Ricardo con una mezcla de odio y terror. "¡Esto es una declaración de guerra!"
"No, señora Volkov", dijo Ricardo, su voz ahora un gélido susurro que solo ella pudo escuchar. "Esto es solo el comienzo. Prepárese, porque su fortuna está a punto de desmoronarse, ladrillo a ladrillo."
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