El Nahual del Rancho Millonario: El Testamento Olvidado que Cambió Todo

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Mateo y el misterioso nahual. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas, una historia que entrelaza la magia ancestral con una fortuna oculta y una traición que te dejará sin aliento.

Mateo había alimentado a ese nahual por casi cuarenta años de su vida. Cuarenta años sin una sola falla, dejando un plato de carne fresca bajo la luna menguante, la luna nueva o la luna llena, sin importar el clima o su propio cansancio. Era un pacto silencioso, una tradición que su abuelo, Don Anselmo, le había enseñado desde que era apenas un mocoso de siete años, con las rodillas raspadas y la imaginación desbordada por los cuentos de la sierra.

En su rancho, "El Suspiro del Diablo", en lo profundo de las montañas de Oaxaca, el nahual no era un simple cuento de viejas para asustar a los niños. Era una presencia real, una sombra que se movía entre los pinos y encinos, una parte más de la familia, o al menos, una entidad a la que se le debía respeto y un plato diario a cambio de una protección tácita. Mateo, ingenuo y entregado a la costumbre, pensaba que era solo eso: un intercambio ancestral que garantizaba la prosperidad de sus escasas cosechas y la salud de su pequeño rebaño.

El rancho, que en los tiempos de su bisabuelo había sido una vasta extensión de tierra con ganado y siembras abundantes, ahora era solo una sombra de su antiguo esplendor. Las cercas caídas, el molino de viento oxidado y el casco de la hacienda, antes imponente, ahora se desmoronaba lentamente, con tejas rotas y paredes que crujían con cada ráfaga de viento. Mateo vivía en una pequeña casita de adobe, anexa a lo que alguna vez fue la cocina principal, con lo justo para subsistir. La pobreza era una compañera constante, una sombra tan familiar como la del nahual.

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Recordaba las palabras de su abuelo: "Mateo, el nahual es el guardián de esta tierra. Mientras lo respetemos, la tierra nos respetará a nosotros. Pero nunca, nunca, le pidas nada. Solo da. Su sabiduría es antigua, más vieja que las piedras de este valle." Y Mateo siempre había obedecido, con una fe ciega y un respeto profundo. Nunca se atrevió a mirarlo directamente a los ojos, ni a hablarle, ni a pedirle un favor. Solo depositaba la carne y esperaba a que la noche lo consumiera en su misterioso ritual.

Pero una noche, la última de ese ciclo lunar, todo cambió. La luna estaba roja, no un rojo anaranjado por el polvo, sino un carmesí profundo y ominoso, como si el cielo mismo estuviera sangrando. El aire en el valle era denso, pesado, cargado con un olor a tierra mojada y a algo indefinible, algo antiguo y eléctrico. Dejó el plato de carne, un buen trozo de chivo que había sacrificado esa misma tarde, en el lugar de siempre, bajo el viejo ahuehuete que marcaba el límite entre su mundo y el del nahual.

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Esperó, como siempre, a que la sombra emergiera de los árboles. La vio deslizarse entre los troncos oscuros, más grande y majestuosa que de costumbre, con un pelaje tan oscuro que absorbía la poca luz de la luna. Pero esta vez, la criatura no se lanzó a comer con su habitual voracidad silenciosa. Se detuvo. Sus ojos, que siempre le habían parecido los de un animal viejo y cansado, brillaban ahora con una inteligencia penetrante, una chispa que nunca antes había visto. No era la mirada de un depredador, sino la de un ser consciente, evaluando, observando cada uno de los movimientos de Mateo.

Mateo sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, más frío que el viento de la sierra. El miedo se mezcló con una curiosidad prohibida. Quiso huir, pero sus pies estaban clavados en la tierra, como si una fuerza invisible lo retuviera.

Y entonces, el nahual habló. No con gruñidos guturales o siseos amenazantes, sino con una voz áspera, como hojas secas arrastradas por el viento sobre un lecho de grava, una voz que vibraba en el aire y en su pecho.

"Mateo," dijo, y el sonido de su propio nombre pronunciado por esa criatura mítica le heló la sangre, "no eres el único mortal que alimenta a los de mi especie. Muchos de nosotros visitamos ranchos, aldeas, fronteras entre el mundo de los hombres y el nuestro. Es un intercambio antiguo, sí, pero no siempre por las razones que ustedes creen."

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El nahual dio un paso adelante, su silueta imponente se recortaba contra la luna roja. Mateo retrocedió instintivamente, tropezando con una raíz expuesta.

"Durante generaciones," continuó la voz, ahora con un matiz de melancolía, "hemos sido los guardianes de secretos. De pactos olvidados. De verdades enterradas bajo la tierra que ahora pisas."

Con una lentitud que le heló la sangre, la forma del nahual comenzó a distorsionarse. Sus patas se acortaron, su lomo se encorvó, el hocico se retrajo. El pelaje oscuro pareció derretirse, revelando por un instante no una bestia, sino la silueta de un hombre, sus facciones retorcidas por una emoción que Mateo no supo descifrar. Era un rostro antiguo, surcado de arrugas profundas, con ojos que conservaban el brillo sobrenatural del animal. Era un anciano, pero no uno cualquiera. Era el nahual.

Lo miró fijamente, con una intensidad que traspasaba el alma, y susurró: "Nosotros no te tememos por lo que somos, Mateo, ni por el poder que poseemos. Te tememos por lo que eres capaz de hacer... y la razón es..."

Y justo ahí, como si una fuerza invisible lo hubiera ordenado, una ráfaga de viento furioso se llevó sus últimas palabras, azotando los árboles y levantando una nube de polvo que cegó a Mateo por un instante. Cuando pudo abrir los ojos de nuevo, el nahual había desaparecido. El plato de carne seguía intacto.

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