El Nahual del Rancho Millonario: El Testamento Olvidado que Cambió Todo

Mateo se quedó petrificado, el corazón martillándole en el pecho como un tambor frenético. El viento aullaba ahora con más fuerza, llevando consigo no solo el polvo, sino también el eco de la voz áspera del nahual. Sus oídos zumbaban, su mente trataba de procesar lo que acababa de presenciar. ¿Había soñado? ¿La soledad de la sierra y la luna roja le estaban jugando una mala pasada? Pero el miedo, ese miedo primario y visceral, era demasiado real para ser un sueño. Y el plato de carne, intocado, era la prueba irrefutable de que algo extraordinario había sucedido.

Se tambaleó de regreso a su humilde casita, encendió la lámpara de queroseno y se sentó en el único sillón viejo que tenía, un mueble heredado de su abuelo, con los resortes vencidos y la tela raída. La imagen del nahual transformándose en un hombre, la voz, las palabras crípticas... "Nosotros no te tememos por lo que somos, sino por lo que eres capaz de hacer..." ¿Qué significaba eso? ¿Qué era él capaz de hacer? Un simple campesino, un hombre que apenas subsistía en un rancho olvidado. La idea era absurda.

Pasó la noche en vela, intentando encontrarle sentido a todo. Al amanecer, con el primer canto de los gallos, decidió que no podía ignorarlo. El nahual, su guardián ancestral, le había hablado. No por capricho, sino por una razón de peso.

Salió al patio, el sol ya comenzaba a calentar la tierra. Vio el plato de carne intacto. Sabía que el mensaje no se había completado. Necesitaba saber la verdad.

Esa tarde, desafiando toda la tradición y las advertencias de su abuelo, regresó al ahuehuete, llevando no solo carne, sino también una pequeña ofrenda de maíz y copal, un gesto de súplica. Esperó. Horas. La noche cayó de nuevo, esta vez sin luna roja, solo el velo plateado de un cielo estrellado. La esperanza empezaba a desvanecerse cuando, de nuevo, la sombra emergió de la oscuridad.

El nahual se materializó frente a él, sus ojos brillando con la misma inteligencia, aunque sin la intensidad de la noche anterior. Mateo sintió un nudo en la garganta.

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"Has vuelto," dijo la voz de hojas secas, esta vez más clara, menos distorsionada por el viento. "Sabía que lo harías. Pocos tienen el valor de buscar una verdad incómoda."

Mateo se armó de valor. "Nahual... ¿qué quisiste decir? ¿Qué soy yo capaz de hacer? ¿Y por qué el viento se llevó tus palabras?"

El nahual se acercó, y Mateo no retrocedió esta vez. Podía sentir el calor de su presencia, el aroma a tierra húmeda y bosque profundo.

"El viento no se llevó mis palabras, Mateo," corrigió el nahual. "Las ocultó. Protegió la verdad hasta que tu corazón estuviera listo para escucharla. La razón es que tu sangre es la llave de un testamento que oculta la fortuna de tus ancestros, una fortuna inmensa que fue robada hace generaciones por aquellos que pretenden que este rancho no vale nada."

Mateo parpadeó, asimilando las palabras. ¿Fortuna? ¿Testamento? ¿Robada? Era como un cuento de fantasmas, pero la voz del nahual era real, tangible.

"Tu bisabuelo, Don Elías, no solo era un ranchero," continuó el nahual. "Era un hombre visionario. Descubrió una veta de plata en estas tierras, y no solo eso, sino que firmó contratos para una futura línea de ferrocarril que pasaría por aquí, elevando el valor de cada metro cuadrado a cifras astronómicas. Él dejó un testamento, un documento legalmente vinculante, que aseguraba que esta riqueza, su rancho y todo lo que ello implicaba, pasaría a sus descendientes. Pero ese testamento fue ocultado, declarado inválido por artimañas legales y por la codicia de una rama de tu propia familia."

Mateo sintió un escalofrío de indignación. "¿Quién? ¿Quién haría algo así?"

"Tu tío abuelo, Ramiro," dijo el nahual, y el nombre resonó con una familiaridad amarga. Ramiro, el hermano de su abuelo Anselmo, siempre había sido un hombre astuto y ambicioso, que había abandonado el rancho hace décadas para "hacer fortuna" en la ciudad, pero que de vez en cuando regresaba, siempre con la misma cantaleta de que Mateo debería venderle la tierra por "una miseria" para "librarse de la carga".

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"Él, y sus descendientes, han mantenido el secreto. Han manipulado documentos, comprado silencios. Han esperado que esta tierra, que ellos creen sin valor, cayera en el olvido, o que tú, el último de la línea directa, la vendieras por desesperación. El testamento está oculto aquí mismo, en el rancho. En el lugar más obvio, el que nadie buscaría."

El nahual levantó una pata y señaló hacia el casco principal de la hacienda, la parte más ruinosa y olvidada. "Bajo el hogar de la antigua chimenea, donde el fuego de tu bisabuelo una vez ardió con la esperanza de un futuro brillante. Busca el símbolo del sol y la luna entrelazados. Es la marca de tu bisabuelo, y la de la caja que contiene la verdad."

Mateo sintió un torbellino de emociones: incredulidad, rabia, esperanza. Una fortuna, un testamento... todo escondido bajo sus narices, mientras él vivía en la pobreza.

"Pero... ¿por qué me lo dices ahora?" preguntó Mateo, su voz apenas un susurro.

"Porque el tiempo se acaba," respondió el nahual. "Los descendientes de Ramiro han puesto sus ojos nuevamente en esta tierra. Saben que algo está a punto de revelarse, y están moviendo sus piezas. Debes actuar, Mateo. Debes reclamar lo que es tuyo. Tu linaje es fuerte, tu corazón es puro. Eres capaz de la justicia, de la perseverancia. Y eso... eso es lo que tememos. Tememos que no lo hagas. Tememos que la verdad se pierda para siempre."

Justo en ese momento, un crujido de ramas secas resonó detrás de ellos. El nahual giró la cabeza, sus ojos brillando con una advertencia. "Te están observando. Ve ahora. El símbolo del sol y la luna... no lo olvides." Y con un último destello de sus ojos, la criatura se desvaneció en la oscuridad del bosque, como si nunca hubiera estado allí.

Mateo se quedó solo, el corazón desbocado, las palabras del nahual resonando en su mente. ¿Quién los estaba observando? Se giró lentamente, escudriñando la oscuridad, pero no vio nada. Solo el silencio opresivo de la noche. La urgencia de las palabras del nahual lo impulsó. Tenía que encontrar ese testamento. Tenía que saber la verdad.

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Corrió hacia el casco de la hacienda, el lugar que había evitado durante años por su estado ruinoso y las supersticiones locales. La luna se había ocultado, dejando el patio en una oscuridad casi total. Mateo entró con cautela, la luz de su linterna bailando sobre las paredes cubiertas de moho y telarañas. El aire era frío y rancio, con olor a humedad y a madera podrida. Llegó a la sala principal, donde se alzaba la enorme chimenea de piedra, negra por el hollín de incontables inviernos. Sus ojos buscaron el símbolo, el sol y la luna entrelazados. Recorrió la piedra con sus dedos temblorosos. No había nada. Solo piedra fría y rugosa. La desesperación comenzó a invadirlo. ¿Y si todo había sido una ilusión? ¿Y si se había equivocado?

De repente, un ruido metálico lo sobresaltó. Unas pisadas lentas y pesadas venían desde la entrada del patio. Alguien más estaba allí. Alguien lo había seguido. La advertencia del nahual era real. Mateo se agazapó detrás de un muro derrumbado, el corazón latiéndole con fuerza, intentando controlar su respiración. La sombra de un hombre se proyectó en el umbral, alta y corpulenta. No era uno, sino dos hombres, armados con linternas y lo que parecían ser herramientas. Susurros graves llegaron hasta él.

"¿Estás seguro de que lo viste por aquí, jefe?" dijo una voz.

"Claro que sí, lo vi merodeando," respondió la otra voz, más autoritaria, una voz que Mateo reconocería en cualquier parte. Era Ramiro, su tío abuelo. "El viejo nahual está inquieto. Eso significa que algo se está moviendo. Y no podemos permitir que este rústico lo encuentre antes que nosotros."

Mateo sintió un escalofrío de pavor. Ramiro no solo lo había seguido, sino que parecía saber del nahual y de la búsqueda. La traición era más profunda de lo que imaginaba.

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