El Nahual del Rancho Millonario: El Testamento Olvidado que Cambió Todo

Mateo se mantuvo inmóvil, apenas respirando, mientras las voces de Ramiro y su secuaz, un hombre robusto al que llamaban "El Tuercas", resonaban en la antigua hacienda. Sentía un sudor frío recorrerle la espalda. Ramiro, su propio tío abuelo, el hombre que siempre le había aconsejado vender el rancho por una miseria, ahora estaba allí, en la oscuridad, buscando lo mismo que él. La revelación del nahual era escalofriante y, al mismo tiempo, una carga pesada.
"Revisa bien, El Tuercas," ordenó Ramiro, su voz áspera, con un dejo de impaciencia. "El viejo Anselmo siempre fue un romántico. Seguramente hay alguna pista tonta, algo relacionado con sus ancestros. Ya sabes cómo son estos indios, aferrados a sus mitos." La burla en la voz de Ramiro hizo que a Mateo le hirviera la sangre.
Mientras El Tuercas comenzaba a golpear las paredes con un martillo, Ramiro se acercó a la chimenea. Mateo observó desde su escondite cómo Ramiro pasaba la mano por la piedra, con una frustración creciente. "Es inútil," masculló. "Hemos buscado aquí mil veces. Mi padre, mi abuelo... todos buscaron. Pero el viejo Elías era más listo de lo que pensábamos."
De repente, una idea brillante cruzó la mente de Mateo. El nahual había dicho: "Bajo el hogar de la antigua chimenea... Busca el símbolo del sol y la luna entrelazados." Y también había dicho: "En el lugar más obvio, el que nadie buscaría." Ramiro y los suyos habían buscado en la chimenea, en las paredes. Pero el hogar... el hogar era el piso, el corazón donde se encendía el fuego.
Con un sigilo que no sabía que poseía, Mateo se arrastró por el suelo polvoriento, moviéndose hacia el lado opuesto de la chimenea, fuera del campo de visión de Ramiro. El Tuercas estaba concentrado en una pared lateral, haciendo más ruido del necesario. Mateo llegó al borde del hogar, el suelo de piedra desgastado por siglos de pisadas y de fuego. Con su linterna apagada, palpó la superficie. La piedra era lisa, fría. No había ningún símbolo visible.
Pero entonces, recordó las palabras del nahual: "donde el fuego de tu bisabuelo una vez ardió con la esperanza de un futuro brillante." No era en la piedra, sino bajo ella.
Con una uña, Mateo raspó con cuidado una capa de hollín y tierra que se había acumulado en una de las losas centrales del hogar. Debajo, apenas perceptible, emergió una fina línea grabada. Limpió con más ahínco, y el símbolo apareció: un sol estilizado con una luna creciente entrelazada en su centro. Era una marca diminuta, casi imperceptible, cubierta por décadas de suciedad.
Mateo sintió un escalofrío. ¡Lo había encontrado!
Con el corazón desbocado, buscó un punto de presión. La losa era grande y pesada. Necesitaba apalancarla. Ramiro y El Tuercas estaban demasiado cerca. El tiempo se agotaba.
En ese instante, Ramiro se dio la vuelta, frustrado. "¡Suficiente, El Tuercas! No hay nada aquí. Siempre lo supimos. Este lugar es una ruina sin valor. El viejo Elías murió sin dejar nada, solo deudas y cuentos de viejas."
Mientras Ramiro se dirigía hacia la salida, Mateo vio su oportunidad. Con la fuerza de la desesperación, introdujo los dedos en el pequeño resquicio que había encontrado junto al símbolo y tiró con todas sus fuerzas. La losa, con un chirrido que le pareció ensordecedor en el silencio de la noche, se levantó unos centímetros. Debajo, un espacio oscuro y húmedo se reveló. Dentro, envuelta en un lienzo de lino amarillento, había una caja de madera de ébano, pequeña pero pesada.
Mateo la sacó con rapidez. La caja estaba cubierta de polvo, pero intacta. Al levantarla, sintió un peso inesperado. Era más que un simple documento.
"¡Jefe, mire!" gritó El Tuercas, que había visto el movimiento de la losa y la caja en las manos de Mateo.
Ramiro se giró de golpe. Sus ojos, antes llenos de frustración, se encendieron con una codicia feroz al ver la caja en las manos de su sobrino nieto. "¡Mateo! ¡Suelta eso! ¡Eso no es tuyo! ¡Es una tontería vieja, una trampa de mi padre para confundirnos!"
Mateo se puso de pie, apretando la caja contra su pecho. "¡No! ¡Esto es mío! ¡El nahual me lo dijo!"
Ramiro soltó una carcajada amarga. "¡El nahual! ¿Ahora hablas con animales, rústico? ¡Dame esa caja antes de que te arrepientas!" Avanzó hacia Mateo, su corpulencia imponiéndose en la penumbra.
Mateo retrocedió, su mente luchando por encontrar una salida. No era un hombre de peleas. Su vida en el rancho le había enseñado a sortear los problemas, no a enfrentarlos. Pero ahora, algo dentro de él había cambiado. Las palabras del nahual, el secreto de su familia, la traición de Ramiro... todo eso le daba una fuerza que nunca había sentido.
"¡No te la daré!" exclamó Mateo, su voz temblorosa pero firme.
Ramiro, furioso, se abalanzó. El Tuercas, por su parte, intentó rodear a Mateo. En el forcejeo, la caja de ébano cayó al suelo con un golpe sordo, y su tapa se abrió. De su interior, no solo salió un pergamino enrollado, amarillento por el tiempo, sino también un pequeño saco de cuero. El saco se rompió al impactar contra el suelo, derramando un puñado de monedas antiguas, de oro puro, que brillaron débilmente bajo la luz de la linterna de Ramiro. Eran doblones españoles, con el escudo real grabado, monedas que no se veían en siglos.
Los ojos de Ramiro se abrieron de par en par, su expresión de codicia transformándose en una de asombro y luego de furia incontrolable. "¡Oro! ¡El viejo Elías no solo tenía plata, sino también oro! ¡Siempre lo supe! ¡Esta tierra esconde más de lo que imaginábamos!"
Se agachó para recoger una de las monedas, pero Mateo fue más rápido. Se lanzó sobre el pergamino, protegiéndolo con su cuerpo. Ramiro, cegado por el oro y la rabia, golpeó a Mateo en la cabeza con la linterna. Un dolor agudo lo atravesó, y el mundo comenzó a girar. La visión se volvió borrosa. Antes de perder el conocimiento, vio a Ramiro agarrar el pergamino, sus dedos codiciosos apretándolo. "¡Esto es mío! ¡Siempre lo fue!" gritó Ramiro con una risa maniaca.
El mundo se oscureció. Mateo cayó inconsciente, con el sabor a sangre en la boca y la imagen de Ramiro llevándose el testamento de su familia. El rancho, su herencia, su futuro... todo parecía perdido de nuevo.
Deja una respuesta

IMPRESCINDIBLES DE LA SEMANA