El Nahual del Rancho Millonario: El Testamento Olvidado que Cambió Todo

La cabeza de Mateo palpitaba con un dolor sordo cuando recuperó la conciencia. Estaba tumbado en el frío suelo de piedra de la antigua hacienda, con el eco de la risa de Ramiro aún resonando en sus oídos. El sol ya se asomaba por el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas, filtrándose por las ventanas rotas. Ramiro y El Tuercas se habían ido, llevándose el pergamino y el oro. La losa de la chimenea estaba de nuevo en su lugar, aunque mal encajada, como si hubieran intentado ocultar su crimen a toda prisa.

Mateo se levantó con dificultad, sintiendo cada músculo de su cuerpo adolorido. La derrota era una carga pesada en su corazón. Había encontrado la verdad, había tocado la fortuna de su familia, y en un instante, todo le había sido arrebatado por la misma persona que el nahual había señalado. La desesperación amenazaba con consumirlo.

Se tambaleó hacia su casa, donde se lavó la herida en la cabeza y bebió un poco de agua. La imagen de Ramiro con el pergamino en sus manos no lo abandonaba. ¿Qué podía hacer ahora? Era un hombre pobre, sin recursos, contra un familiar astuto y aparentemente sin escrúpulos.

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Mientras se sentaba en su sillón viejo, repasando los acontecimientos, recordó las últimas palabras del nahual: "Eres capaz de la justicia, de la perseverancia. Y eso... eso es lo que tememos. Tememos que no lo hagas." Esas palabras, antes un misterio, ahora eran un faro. No podía rendirse. No después de cuarenta años de pacto, no después de que el nahual le hubiera confiado el secreto de su linaje.

Decidió que necesitaba ayuda. No podía enfrentarse a Ramiro solo. Había oído hablar de una abogada en el pueblo cercano, Doña Elena, una mujer de carácter fuerte y fama de honesta, que a menudo tomaba casos de gente humilde sin muchas esperanzas. Era su última opción.

Al día siguiente, con el poco dinero que tenía, Mateo tomó el autobús hacia el pueblo. La oficina de Doña Elena era modesta, pero pulcra. La abogada, una mujer de unos cincuenta años, de mirada penetrante y cabello recogido en un moño, lo recibió con escepticismo. Mateo le contó toda la historia: el nahual, las palabras crípticas, el descubrimiento de la caja, el oro, el pergamino, y la aparición de Ramiro.

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Doña Elena lo escuchó con paciencia, pero sus cejas se alzaron con incredulidad ante la mención del nahual. "Mateo," dijo finalmente, con voz calmada, "entiendo su desesperación, pero las historias de nahuales y fortunas escondidas suelen ser eso, historias. Y sin el testamento, sin pruebas físicas, su palabra contra la de su tío abuelo no vale nada en un tribunal."

Mateo sintió un nudo en el estómago. "¿Entonces no hay nada que hacer?"

"No he dicho eso," replicó Doña Elena, su mirada volviéndose más seria. "Pero necesitamos pruebas. Algo más allá de su testimonio y de un ser mítico. ¿Hay algo más que el nahual le haya dicho? ¿Algún detalle, alguna pista que no sea el testamento en sí?"

Mateo pensó con ahínco. El nahual había hablado de la veta de plata, de los contratos para el ferrocarril. "Dijo que mi bisabuelo, Don Elías, había descubierto una veta de plata y firmado contratos para una línea de ferrocarril que pasaría por el rancho. Dijo que Ramiro y su familia habían manipulado documentos."

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Los ojos de Doña Elena se iluminaron con un destello de interés. "¡Eso es diferente! Los contratos de ferrocarril, las minas... eso sí deja rastro. Las manipulaciones documentales también. Dame un par de días, Mateo. Investigaré los registros de propiedad del rancho, los

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