El Niño del Portón: La Venganza Que Nadie Esperaba

El Descubrimiento Macabro
Vásquez y yo nos miramos al mismo tiempo.
El llanto era inconfundible. Un niño estaba sollozando en algún lugar dentro de mi casa.
"Imposible", murmuré. "Yo revisé toda la casa antes de salir al portón."
Pero el llanto continuaba. Venía desde el sótano.
Vásquez hizo una seña a sus hombres, que inmediatamente dejaron las palas y se dirigieron hacia la entrada. Sacaron pistolas de sus chaquetas.
"Abra la puerta del sótano. Despacio", me ordenó Vásquez presionando algo frío contra mi espalda.
Mis piernas apenas me sostenían mientras bajábamos las escaleras de madera. El llanto se hacía más fuerte con cada escalón.
El olor me golpeó primero.
Dulzón. Pútrido. Como flores marchitas mezcladas con algo mucho peor.
Cuando llegamos al fondo, Vásquez encendió una linterna potente.
Lo que vimos nos dejó sin palabras.
Miguelito estaba acurrucado en una esquina, abrazando algo contra su pecho. Su ropa seguía mojada por el agua jabonosa que le había arrojado, pero ahora también estaba manchada de algo oscuro.
Sangre.
"Miguelito", susurré acercándome lentamente. "¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?"
El niño levantó la mirada. Sus ojos ya no tenían esa inocencia que había visto en el portón. Había algo diferente. Algo que me hizo retroceder instintivamente.
"Ella me dejó entrar", dijo con una voz que no sonaba como la de un niño de siete años.
"¿Quién te dejó entrar?" preguntó Vásquez apuntándole con la linterna.
Miguelito sonrió. Una sonrisa que no pertenecía a un rostro tan joven.
"La señora que vive aquí. La que está detrás de usted."
Vásquez y yo volteamos al mismo tiempo.
No había nadie.
Cuando nos dimos vuelta nuevamente hacia Miguelito, el niño ya no estaba solo.
Junto a él, de pie, había una mujer de mediana edad. Vestía un camisón blanco manchado de tierra. Su cabello colgaba húmedo sobre su cara.
Pero lo que más me aterrorizó fueron sus ojos.
Estaban completamente blancos.
"Hola, Ana", dijo la mujer con una voz que sonaba como el viento entre las tumbas. "Soy Elena Morales. Tu bisabuela."
Vásquez apuntó su pistola hacia la mujer, pero su mano temblaba descontroladamente.
"Imposible", murmuré. "Mi bisabuela Elena murió hace cincuenta años. Está enterrada en el cementerio municipal."
La mujer se rió. Un sonido que hizo que todos los cabellos de mi cuerpo se erizaran.
"¿Enterrada? Querida Ana, nunca estuve enterrada. Llevo cincuenta años esperando en este sótano."
Miguelito se levantó y caminó hacia nosotros. En sus manos llevaba algo que al principio no pude identificar.
Cuando la luz de la linterna lo iluminó completamente, el grito se me atoró en la garganta.
Era un cráneo humano. Pequeño. De mujer.
"Miguelito encontró mi verdadera tumba", dijo Elena mientras se acercaba más. "Justo debajo de donde solías jugar cuando eras niña, Ana. ¿Recuerdas el árbol de mango del jardín trasero?"
Las piezas comenzaron a encajar en mi mente como un rompecabezas macabro.
Mi abuelo siempre decía que la bisabuela Elena había desaparecido una noche. Que probablemente había huido con otro hombre. Nunca hubo funeral. Nunca vimos un cuerpo.
"Tu bisabuelo me mató por una herencia", continuó Elena. "Me enterró aquí y construyó esta casa encima de mi tumba. Luego inventó la historia de que me había escapado."
Vásquez seguía apuntando su pistola, pero ahora sus manos temblaban tanto que apenas podía sostenerla.
"Esto es imposible", murmuró. "Los muertos no… los muertos no hablan."
Elena se rió otra vez.
"Ay, querido. Los muertos hablamos. Solo que ustedes nunca nos escuchan. Hasta que alguien nos despierta."
Miró a Miguelito con ternura.
"Este niño especial sintió mi presencia desde que llegó aquí. Su trauma, su dolor, su miedo… creó una conexión entre nosotros. Los niños que han visto muerte pueden ver muerte."
Fue entonces cuando me di cuenta de la verdad más aterradora de todas.
Miguelito no había presenciado el asesinato de su madrastra.
Miguelito había matado a su madrastra.
Y mi bisabuela muerta le había enseñado cómo esconder el cuerpo.
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