El oscuro secreto del Millonario y el Testamento oculto en la mansión del terror

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con la madre del señor Arturo y qué fue lo que le dijo a la policía. Prepárate, porque la verdad detrás de esta fortuna es mucho más impactante de lo que imaginas.
El contrato con el hombre más rico del pueblo
Mi llegada a la mansión de la familia Valenzuela no fue casualidad. Yo estaba en la ruina, con deudas que me asfixiaban y un currículum que nadie miraba. Por eso, cuando el señor Arturo, el empresario más importante de la región, me ofreció el puesto de asistente personal y ama de llaves, sentí que me había ganado la lotería.
—Solo hay una condición, Mariana —me dijo aquel día en su despacho, rodeado de estanterías de madera fina y cuadros caros—. Mi privacidad es sagrada. No quiero que preguntes por ruidos, no quiero que subas a la planta alta sin permiso y, bajo ninguna circunstancia, te acerques al sótano.
Él se veía como un caballero impecable. Siempre de traje, siempre con una sonrisa medida. El sueldo que me ofreció era tan alto que podría pagar todas mis deudas en menos de un año. La mansión era un sueño de mármol y cristales, un monumento al lujo que contrastaba con mi pequeña maleta de ropa usada.
Al principio, todo era perfecto. Arturo era educado, casi paternal. Me daba bonos por puntualidad y me permitía comer la misma comida gourmet que él. Pero el ambiente en la casa era pesado, como si el aire estuviera cargado de electricidad antes de una tormenta.
La primera noche que escuché los ruidos, pensé que eran cañerías viejas. Pero no. Eran las tres de la mañana en punto cuando el sonido de la madera crujiendo me despertó. Alguien caminaba por el pasillo principal. Los pasos eran pesados, arrastrados, como de alguien que no tiene prisa porque sabe que es el dueño de todo.
Me asomé por la rendija de la puerta y lo vi. Arturo llevaba un manojo de llaves doradas en la mano. Su rostro no era el mismo que mostraba a los empresarios del pueblo; tenía una expresión de odio puro, una mueca de asco que me heló la sangre. Lo vi bajar hacia el sótano y cerrar la puerta con un golpe seco que resonó en mis huesos.
Poco después, empezó el olor. Era un hedor que no se puede describir con palabras. Era el aroma de la descomposición mezclado con humedad y olvido. Se filtraba por los conductos de ventilación y se instalaba en mi habitación. Yo abrazaba mi almohada, llorando en silencio, preguntándome qué clase de sacrificio estaba haciendo por ese dinero.
—¿Pasa algo, Mariana? Te veo pálida —me preguntó Arturo a la mañana siguiente, mientras tomaba un café que costaba más que mi alquiler mensual.
—No, señor Arturo. Solo... el frío de la noche —mentí, bajando la mirada.
Él me observó durante unos segundos que me parecieron eternos. Su mirada era fría, analítica, como la de un depredador que decide si su presa vale la pena. Sabía que yo sospechaba algo, pero también sabía que mi necesidad de dinero era más fuerte que mi curiosidad. O al menos eso pensaba él.
Durante cinco años, fui cómplice silenciosa de lo que fuera que ocurriera en esa oscuridad. Vi cómo Arturo crecía su imperio, cómo compraba empresas y terrenos, siempre bajo la sombra de la tragedia familiar que lo había dejado como único heredero: la supuesta muerte de su madre, la dueña original de toda la fortuna, en aquel terrible accidente de coche hace diez años.
Pero ayer, el destino decidió que era hora de que las máscaras cayeran. Un error, un simple descuido en la rutina perfecta de un hombre poderoso, cambió mi vida para siempre.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇
Deja una respuesta

IMPRESCINDIBLES DE LA SEMANA