El oscuro secreto del Millonario y el Testamento oculto en la mansión del terror

El hallazgo que cambió la historia de la herencia
La emergencia fue repentina. Un abogado de la firma llamó a la mansión gritando que había un problema legal con unos terrenos y que Arturo debía presentarse de inmediato en el juzgado. Por primera vez en los años que llevaba trabajando allí, lo vi perder los estribos. Salió corriendo de la casa, subió a su coche de lujo y desapareció por el camino de pinos.
Fue entonces cuando lo vi. La luz del pasillo que bajaba al sótano estaba encendida. Y lo más aterrador: la puerta pesada de madera oscura estaba entreabierta.
Mis piernas temblaban tanto que sentía que me iba a desplomar. "Vete a tu cuarto", me decía mi mente. "Toma el dinero y olvida esto", me susurraba el miedo. Pero mis pies empezaron a moverse hacia la oscuridad. El olor rancio, ese tufo a carne vieja y encierro, se hacía más denso con cada paso que bajaba por los escalones de piedra fría.
Al llegar al final del pasillo subterráneo, la escena me rompió el alma. No había tesoros, ni joyas, ni el archivo secreto de una empresa. Había una jaula. Una estructura de hierro oxidado que iba desde el suelo hasta el techo, cerrada con tres candados macizos.
Dentro, sobre un colchón que ya no tenía color, estaba ella. Era un espectro. Una mujer tan delgada que parecía que el aire la rompería, con el pelo blanco y enredado lleno de suciedad. Llevaba puesto el mismo vestido de seda con el que aparecía en el cuadro principal de la sala, pero ahora eran solo jirones de tela mugrienta.
—¿Señora Elena? —susurré, sintiendo que el estómago se me revolvía.
La anciana levantó la vista. Sus ojos no tenían rastro de locura, sino de una tristeza tan profunda que me hizo caer de rodillas. Era la madre de Arturo. La mujer que supuestamente había sido incinerada hace una década. La verdadera dueña de cada moneda, de cada empresa y de la mansión donde yo dormía.
—Ayúdame... —su voz era apenas un soplido, áspera por años de desuso—. El testamento... él no quería compartirlo...
En ese momento comprendí la magnitud de la maldad de Arturo. No era solo un hijo cruel; era un criminal que había secuestrado a su propia madre para no perder el control de la riqueza familiar. El accidente de coche fue un montaje. La muerte fue una mentira legal orquestada por abogados comprados.
Saqué mi teléfono con las manos bañadas en sudor frío y llamé a emergencias. Mis palabras salían entrecortadas mientras intentaba explicar que la mujer "muerta" más famosa del pueblo estaba viva y enjaulada bajo mis pies.
Mientras esperaba a que llegara la policía, escuché el sonido de un coche frenando en seco afuera. El corazón me dio un vuelco. Arturo había regresado. Lo oí entrar a la casa gritando mi nombre, su voz llena de una furia asesina que nunca le había escuchado.
—¡Mariana! ¡¿Dónde estás?! —gritaba mientras sus pasos resonaban arriba, acercándose a la puerta del sótano.
Me escondí detrás de unas cajas viejas, conteniendo la respiración, rezando para que las patrullas llegaran antes de que él bajara y me encontrara allí. La anciana en la jaula me miraba con terror, sabiendo que si su hijo entraba ahora, ninguna de las dos saldría viva de ese sótano.
Los segundos fueron horas. Escuché a Arturo bajar el primer escalón. Lo escuché maldecir en voz baja mientras sacaba algo de su chaqueta. Justo cuando su sombra se proyectaba en la pared del fondo, las sirenas de la policía empezaron a aullar en la entrada de la mansión.
Los oficiales entraron con fuerza bruta. Arturo intentó fingir, intentó decir que yo me había vuelto loca, que era una intrusa. Pero no pudo detenerlos cuando llegaron al sótano. El sonido de las cizallas cortando los candados de la jaula fue el sonido más dulce que escuché en mi vida.
Pero la verdadera pesadilla no terminó cuando la sacaron de allí. Lo que la anciana dijo después de ser liberada, dejó a todo el cuerpo de policía en un estado de shock absoluto.
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