El Pacto Millonario: Mi Hija Me Abandonó, Pero el Dueño de una Mansión de Lujo Cambió Mi Destino

El aroma a cuero nuevo y a un perfume masculino sutil pero potente llenó mis fosas nasales en cuanto crucé el umbral del Rolls-Royce. La puerta se cerró con un suave "clic" que selló mi destino, al menos por el momento. Me hundí en el asiento, sintiendo la suavidad del tapizado bajo mis manos temblorosas. A mi lado, el hombre de los ojos azules se sentó con una elegancia innata, como si el lujo fuera su hábitat natural.
El chófer, un hombre corpulento con uniforme impoluto, arrancó el coche sin un solo tirón, y nos deslizamos silenciosamente fuera del aeropuerto. El caos exterior se desdibujó en una burbuja de cristal blindado.
"Me llamo Arthur", dijo el hombre, su voz rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros. "Y tú, mi querida... ¿esposa?" Había un dejo de ironía en su tono que me hizo sentir aún más incómoda.
"Elena", respondí, mi voz apenas un susurro. Me sentía como una autómata, siguiendo un guion que no había escrito. "¿Por qué... por qué me ha pedido esto?"
Arthur se giró para mirarme, una ceja arqueada. "Digamos que tengo un pequeño problema familiar que requiere una solución... poco convencional. Y tú, Elena, apareciste en el momento justo". Su mirada se detuvo en mis ojos, buscando algo que no supe descifrar. "Parecías... convenientemente desesperada".
La verdad de sus palabras me golpeó como un puñetazo. Sí, estaba desesperada. Tan desesperada que había aceptado subirme al coche de un completo desconocido. "Mi hija...", empecé, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta. La humillación era demasiado grande.
"No tienes que explicarte", interrumpió Arthur, con un gesto de su mano. "No me interesan los detalles de tu pasado, solo tu presente... y tu futuro inmediato. Por las próximas semanas, serás Lady Elena Al-Fayed. ¿Puedes recordar eso?"
Lady Elena Al-Fayed. El nombre sonaba como algo sacado de una película. "Semanas?", pregunté, el pánico regresando. "¿Qué se supone que debo hacer?"
"Actuar", dijo Arthur con simpleza. "Actuar como si fueras mi esposa. Una esposa devota, elegante y, sobre todo, discreta. No hagas preguntas, no llames la atención. Solo sonríe y asiente".
El coche nos llevó a través de avenidas bordeadas de rascacielos futuristas y jardines inmaculados. La ostentación de Dubái era abrumadora, pero yo solo podía pensar en la farsa en la que me había metido. ¿Qué clase de "problema familiar" requería una esposa falsa? Las historias de intrigas de millonarios pasaron por mi mente. ¿Una herencia? ¿Un testamento? ¿Una deuda millonaria?
Después de lo que pareció una eternidad, el Rolls-Royce se desvió por un camino privado, flanqueado por palmeras altísimas y muros de piedra tallada. Una inmensa verja de hierro forjado se abrió automáticamente, revelando una mansión que me dejó sin aliento. No era una casa; era un palacio.
La fachada de mármol blanco brillaba bajo el sol de la tarde, con ventanales arqueados y terrazas que se extendían hacia jardines exuberantes. Fuentes con esculturas de caballos y ángeles salpicaban el paisaje. Este lugar gritaba "lujo" en cada piedra, cada planta. Era la casa de un verdadero dueño de un imperio.
El coche se detuvo frente a la entrada principal, donde dos sirvientes impecablemente vestidos nos esperaban. Abrieron nuestras puertas con reverencias respetuosas. Me sentí como una impostora, una Cenicienta en un baile al que no había sido invitada.
Arthur se bajó y me tendió la mano. Su toque fue firme, pero me envió un escalofrío por la espalda. Me ayudó a salir, y en el instante en que mis pies tocaron el suelo, sentí el peso de la mentira. "Bienvenida a casa, mi querida", dijo Arthur en voz alta, para que los sirvientes escucharan, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Una mujer de mediana edad, con uniforme de ama de llaves, se acercó, su rostro serio. "Señor Al-Fayed, bienvenida, Lady Elena. Su equipaje está siendo llevado a sus aposentos". Mis "aposentos". No tenía ni una muda de ropa.
"Por favor, preparen un baño para Lady Elena", ordenó Arthur, su voz autoritaria. "Y algo de ropa cómoda. Ella ha tenido un viaje muy largo".
Mientras me guiaban por pasillos interminables adornados con obras de arte y alfombras persas, mi mente no paraba de divagar. ¿Dónde estaba mi hija ahora? ¿Se habría arrepentido? No. Sofía era demasiado orgullosa.
El baño fue una experiencia surrealista. Una bañera de mármol del tamaño de una pequeña piscina, con sales y aceites aromáticos. Me vestí con una bata de seda suave que me entregaron, sintiéndome extraña en esa piel prestada.
Más tarde, en una de las innumerables salas de la mansión, Arthur me explicó un poco más sobre su situación. "Mi familia es... compleja, Elena. Mi padre, un hombre de negocios implacable, falleció hace tres meses. Su testamento es una maraña de cláusulas y condiciones."
"Y yo... ¿qué tengo que ver con eso?", pregunté, mi voz casi inaudible en la vasta habitación.
"Una de las cláusulas clave", continuó Arthur, sin inmutarse, "establece que para heredar el control total de mi conglomerado y, por ende, la mayor parte de la fortuna familiar, debo estar felizmente casado y con un heredero en camino antes de que se cumplan seis meses de su muerte. Mi rival, mi primo Hassan, está haciendo todo lo posible por desacreditarme".
"¿Felizmente casado?", repetí, la palabra "heredero" resonando en mi cabeza como una campana de alarma. "Pero... yo soy una completa extraña. Y no puedo... no tengo edad para un heredero". El horror me invadió.
Arthur me miró con una sonrisa enigmática. "No te preocupes por el heredero todavía. Eso es un problema a largo plazo. Por ahora, solo necesitamos la apariencia. Hassan está convencido de que soy un soltero empedernido, incapaz de sentar cabeza. Mi 'matrimonio' contigo es la bofetada perfecta para él. Y la cláusula del heredero... hay maneras de interpretarla. O de... forzarla".
Sentí un escalofrío. Forzarla. ¿A qué se refería? La situación era mucho más profunda y oscura de lo que había imaginado. No era solo un juego; era una batalla por una herencia millonaria, y yo era un peón.
"¿Qué gano yo con esto?", pregunté, intentando sonar más fuerte de lo que me sentía.
Arthur se levantó y se acercó a la ventana, contemplando los jardines iluminados. "Una suma considerable, Elena. Suficiente para que no tengas que preocuparte por nada nunca más. Suficiente para que tu hija... se arrepienta de verdad. Y un pasaje de regreso a tu país, con una vida nueva esperándote".
La tentación era inmensa. La idea de la seguridad económica, de la venganza silenciosa contra Sofía, era un imán. Pero la incertidumbre me carcomía. ¿Y si me descubrían? ¿Y si Arthur no era quien decía ser?
De repente, la puerta se abrió y una figura alta y elegante entró en la sala. Era un hombre con rasgos afilados, ojos oscuros y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Llevaba un traje impecable y su presencia llenaba la habitación con una energía tensa.
"Arthur", dijo, su voz fría como el hielo. "Veo que tienes compañía. ¿No vas a presentarme a tu... invitada?" Su mirada se posó en mí, penetrante y desconfiada. Este debía ser Hassan. El clímax había llegado más rápido de lo esperado.
Arthur puso una mano protectora en mi espalda, un gesto que se sintió extrañamente real. "Hassan, qué sorpresa verte. Permíteme presentarte a mi esposa, Lady Elena Al-Fayed". La mentira se había vuelto tangible, y no había vuelta atrás.
Hassan me miró de arriba abajo, una mezcla de sorpresa y escepticismo en su rostro. Sus ojos se entrecerraron, y sentí que escudriñaba cada fibra de mi ser, buscando la verdad detrás de la fachada. La tensión en la habitación era palpable, casi asfixiante. Sabía que mi actuación en ese momento determinaría todo.
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