El Pan de Cada Día: Un Secreto Helado en tu Puerta

El Rostro de la Desesperación
La imagen en la pantalla parpadeó.
Era la noche.
Oscura, silenciosa.
De repente, una figura apareció en el borde del encuadre.
Una mujer.
Joven.
Demasiado joven.
No era el pan lo que impactó a Don Pedro.
Era ella.
Su silueta.
Su forma de moverse.
Era frágil.
Casi etérea.
Llevaba un abrigo desgastado, demasiado grande para su cuerpo.
Se acercó lentamente al porche.
Sus movimientos eran cautelosos.
Casi furtivos.
Miró a su alrededor.
Con una ansiedad palpable.
Sus ojos, grandes y hundidos, parecían buscar algo en la oscuridad.
O huir de algo.
En sus manos, una bolsa de papel.
De la panadería de la esquina.
La misma que Don Pedro frecuentaba.
La colocó con una delicadeza extrema.
Casi con reverencia.
Junto a la puerta.
Donde siempre.
Su rostro.
Bajo la tenue luz de la farola.
Estaba demacrado.
Pálido.
Había ojeras profundas.
Una cicatriz fina le cruzaba la ceja izquierda.
Una expresión de cansancio infinito.
Pero también de una extraña determinación.
Don Pedro sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la sala.
Esa cara.
No la conocía.
Pero algo en ella.
Un resquicio de memoria.
Algo lejano.
Incomodo.
El sargento Morales detuvo la grabación.
El silencio se hizo pesado.
"¿La reconoce, Don Pedro?"
La voz del sargento era suave.
Casi un susurro.
Don Pedro negó con la cabeza.
Lentamente.
Pero en su interior, algo bullía.
Una sensación de vértigo.
Una pieza que no encajaba.
"No... no la reconozco. ¿Quién es?"
Su voz sonó ronca.
Los agentes explicaron.
Habían seguido a la mujer en grabaciones posteriores.
La habían identificado.
Se llamaba Sofía.
Sofía Romero.
Vivía en un barrio humilde.
A las afueras del pueblo.
Sin antecedentes.
Sin familia conocida en la zona.
Trabajaba esporádicamente.
Malvivía.
El nombre "Romero" resonó en la cabeza de Don Pedro.
Un eco lejano.
Un nombre que no había escuchado en décadas.
Pero que una vez.
Mucho tiempo atrás.
Había sido sinónimo de algo.
O de alguien.
La Sombra del Pasado
Don Pedro se levantó.
Se sentía mareado.
"Necesito irme a casa."
Los agentes lo miraron con preocupación.
"Don Pedro, ¿está seguro? Podemos hablar más tarde."
"Sí. Necesito pensar."
En su casa, el silencio era ensordecedor.
La imagen de Sofía.
Sus ojos tristes.
Su fragilidad.
No dejaba de repetirse en su mente.
Sofía Romero.
Romero.
Eladio Romero.
El nombre apareció en su mente como un puñal.
Eladio.
Su antiguo socio.
Un hombre bueno.
Demasiado confiado.
Demasiado ingenuo.
Hace cuarenta años.
Una empresa.
Una oportunidad de oro.
O al menos, eso parecía.
Don Pedro, joven y ambicioso.
Con ganas de comerse el mundo.
Eladio, su socio, con la misma ilusión.
Pero con un corazón más puro.
Menos calculador.
Don Pedro había visto una oportunidad.
Una debilidad en Eladio.
La había explotado.
Unas firmas falsificadas.
Unos documentos manipulados.
Una jugada maestra.
O diabólica.
Don Pedro se quedó con todo.
Eladio, con nada.
Perdió su empresa.
Perdió sus ahorros.
Perdió su casa.
Perdió su dignidad.
Eladio Romero.
Había caído en la miseria.
Su familia, desamparada.
Don Pedro había sabido que Eladio tenía una hija pequeña.
Una niña.
Pero había borrado ese recuerdo.
Lo había enterrado bajo capas de éxito y justificaciones.
"Era el negocio."
"Él no era lo suficientemente fuerte."
Mentiras que se repetía a sí mismo.
Ahora, la verdad lo golpeaba.
Sofía Romero.
La hija de Eladio.
Esa misma niña.
Convertida en una mujer.
Demacrada.
Dejando pan en su porche.
Cada día.
El pan.
Ya no era un misterio.
Era una acusación silenciosa.
Una condena diaria.
El karma, quizás.
Un recordatorio de un pecado olvidado.
Un pecado que él creía haber enterrado para siempre.
La culpa lo carcomía.
Una acidez amarga en el estómago.
¿Por qué el pan?
¿Sabía ella quién era él?
¿Era un acto de venganza?
¿Una burla cruel?
¿O era algo aún más profundo?
Don Pedro no durmió esa noche.
Las imágenes de Eladio, su rostro destrozado.
Y ahora, Sofía, con la misma mirada de desolación.
Lo atormentaban.
El pan de cada día.
Ahora era el pan de su vergüenza.
El pan de su castigo.
Necesitaba confrontarla.
Necesitaba saber la verdad.
La verdad completa.
No solo la que él había construido para sí mismo.
La mañana siguiente, antes de que el sol asomara, Don Pedro se dirigió al barrio de Sofía.
Con el corazón latiéndole desbocado.
Listó para el momento de la verdad.
Para el ajuste de cuentas de un pasado que creyó enterrado.
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