El HIJO del MILLONARIO era CIEGO… hasta que una NIÑA sacó de sus ojos algo que nadie podía imaginar...

El Nido de la Oscuridad

Ricardo ordenó a sus guardias traer herramientas de demolición.

"Rompan esa pared. ¡Ahora!", gritó.

La pared interior de la sala de música, hecha de paneles caros y acústicos, cedió en segundos ante las palancas y los martillos.

El hedor que salió fue insoportable. Era un aire viciado, denso con moho antiguo y ese olor metálico que Sofía había detectado.

Ricardo se cubrió el rostro con su pañuelo de seda. Mateo, aunque no podía ver, retrocedió por la náusea.

Al abrir la pared, revelaron un hueco oscuro y polvoriento, no más ancho que un libro.

Y luego, las vieron.

Decenas de Nocturnos. Algunos se arrastraban perezosamente sobre el aislamiento térmico. Otros estaban agrupados en el centro, creando una masa pulsante de color negro brillante.

La luz de la linterna de Ricardo hizo que la masa se convulsionara. El coro de chirridos se disparó, aumentando la tensión en la sala.

"Míralos bien, Ricardo," dijo Sofía, señalando el centro del nido. "No se alimentan solo de materia orgánica."

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Se alimentaban de la penumbra creada por la ceguera de Mateo. Eran simbiontes del trauma, seres que prosperaban donde la memoria había sido suprimida.

El Secreto del Muro

En el corazón de esa masa repugnante de parásitos, había algo que no encajaba.

Era un objeto. No biológico, sino artificial.

Sofía se acercó sin miedo, con el Nocturno extraído aún en su mano, comportándose como un amuleto.

La niña metió la mano y tiró con fuerza.

Lo que sacó era una pequeña caja de madera oscura, tallada a mano, cubierta de polvo y telarañas, y envuelta por la biomasa pegajosa de los insectos.

Ricardo la arrebató. Limpió el pegote con desesperación.

Era la caja de música de la madre de Mateo.

La mujer había muerto doce años atrás, en un accidente automovilístico, justo el día que la ceguera de Mateo había comenzado.

Ricardo había dicho a todos que la caja se había perdido en la mudanza, después de vender la casa familiar. Pero estaba aquí. Escondida en la pared de su nueva mansión.

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Abrió la caja con manos temblorosas. La melodía comenzó a sonar, desafinada y lúgubre.

Dentro, no había la bailarina esperada.

Había una fotografía. Antigua. Arrugada.

Era la fotografía de Mateo, de siete años, sonriendo al lado de su madre. Pero la parte de atrás de la foto estaba llena de una letra cursiva y ansiosa.

Ricardo leyó las primeras líneas en voz baja.

“No sé cómo ocultarlo. El niño lo vio todo. No puedo dejar que Ricardo lo sepa. Esto podría arruinarlo todo."

Silencio total. Los Nocturnos seguían chillando, pero sus sonidos se ahogaron ante la magnitud de esa verdad escrita.

No era la ceguera de Mateo lo que había convocado a los parásitos. Era un secreto familiar.

Mateo no había quedado ciego por el shock del accidente. Había quedado ciego porque su propia madre, la noche antes de morir, había intentado ocultar algo de él y de Ricardo.

Pero, ¿qué era lo que Mateo había visto?

"Cuando le quité el parásito," dijo Sofía, señalando a Mateo, que estaba pálido y sudoroso. "Le regresó la conexión. La memoria está volviendo."

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Mateo se llevó las manos a la cabeza. Cerró los puños.

"El auto… no fue un accidente," murmuró. "Yo estaba jugando en el jardín… vi el auto antes de que papá regresara. Ella no estaba sola."

La madre no había muerto sola. Había estado discutiendo violentamente con alguien. Y ese alguien, según la nota, era una amenaza para Ricardo.

Mientras Ricardo trataba de asimilar la traición y la muerte encubierta, la melodía de la caja de música se detuvo.

El silencio fue abrumador.

Y en ese silencio, en la oscuridad del hueco de la pared, Ricardo escuchó un sonido que no provenía de los Nocturnos.

No era un chirrido ni un crujido.

Era el sonido metálico de una respiración pesada, justo al lado del agujero abierto, donde antes había estado el piano.

Alguien o algo, mucho más grande que un Nocturno, estaba observándolos desde la oscuridad de la sala.

Y no estaban solos.

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