El Paseo al Abismo: Lo que los Ojos Ciegos Vieron y el Corazón Sordo Ignoró

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Doña Elena y esos perros. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas, una historia que te hará cuestionar la naturaleza humana y la lealtad más pura.
El Dulce Engaño de un Viaje Inesperado
Doña Elena acarició el viejo bastón de madera, su fiel compañero de tantos años. A sus ochenta, los hilos de plata adornaban su cabeza, y una ceguera amable, pero absoluta, había envuelto su mundo en una penumbra permanente hacía ya una década. No obstante, su sonrisa era la luz de la casa.
Su pensión, modesta, era el pilar de su existencia, su pequeña independencia.
Pero esa independencia era una espina en el costado de Isabel y Laura, sus nueras. Dos mujeres, tan diferentes en apariencia como idénticas en la frialdad de sus corazones, acechaban ese pequeño tesoro.
Sus ojos, ciegos a la bondad de Elena, solo veían números.
"Abuela, ¿qué te parece si vamos de paseo al campo hoy?", preguntó Isabel con una voz melosa que rara vez usaba, mientras la ayudaba a levantarse.
Elena sintió un escalofrío. No por la idea, sino por el tono. Era una dulzura forzada.
"¿Al campo? ¡Oh, qué alegría!", exclamó Elena, intentando disipar la extraña sensación. "Hace tanto que no respiro aire puro, mis niñas."
Laura, la otra nuera, apareció con una manta ligera. "Sí, abuela. Un día precioso para un picnic. Te va a encantar el lugar que encontramos."
La ayudaron a subir a la camioneta. El asiento trasero era amplio. Elena se acomodó, el sol de la tarde filtrándose por la ventanilla, calentando su rostro.
Una paz superficial la envolvió.
Escuchó las puertas cerrarse con un golpe seco. El motor arrancó, y el traqueteo familiar de la camioneta comenzó su danza.
Al principio, las nueras charlaban animadamente, risas huecas que no llegaban a los ojos. Elena intentaba seguir la conversación, pero los temas eran triviales, las palabras vacías.
Poco a poco, el bullicio de la ciudad se fue desvaneciendo.
El silencio se hizo más denso, más pesado. La camioneta tomó caminos cada vez más irregulares, el asfalto dando paso a la tierra y las piedras.
Elena sintió que se alejaban, no solo de la ciudad, sino de todo lo que conocía.
Una punzada de inquietud le perforó el pecho. "¿Falta mucho, mis niñas?", preguntó con una voz que, sin querer, delató su creciente ansiedad.
Isabel respondió con un tono que intentaba ser tranquilizador, pero que sonó cortante. "Ya casi, abuela. Es un lugar un poco retirado, pero vale la pena."
El aire que se colaba por la ventana ya no olía a asfalto y gasolina, sino a tierra húmeda y vegetación salvaje. Un aroma distinto, pero también un silencio ominoso.
Elena apretó su bastón. Su corazón latía con un ritmo acelerado.
El motor se apagó de repente. Un silencio absoluto cayó sobre ellos, tan profundo que a Elena le pareció que el mundo entero había dejado de respirar.
No había canto de pájaros. Ni el murmullo de un río cercano. Solo el viento susurrando entre las hojas.
"Ya llegamos, abuela", dijo Laura, y su voz sonó extrañamente distante.
Elena sintió las manos de sus nueras, no tan suaves como antes, guiándola fuera del vehículo. Sus pies descalzos tocaron una superficie irregular, fría y pedregosa.
"¿Estamos en el campo?", preguntó, extrañada. El aroma no era el de las flores que recordaba de su juventud.
"Sí, abuela. El campo más hermoso", respondió Isabel, y Elena percibió una burla velada en sus palabras.
De repente, una de ellas le quitó los zapatos, y la otra, la botella de agua que siempre llevaba consigo.
"¿Mis zapatos? ¿Mi agua?", balbuceó Elena, el pánico comenzando a escalar por su garganta.
"Aquí te quedas, vieja. Nadie te encontrará", susurró Laura, su voz ahora despojada de toda pretensión, revelando una crueldad que le heló la sangre hasta la médula.
Isabel soltó una risa seca, sin alegría, un sonido que se clavó en el alma de Elena.
El motor volvió a arrancar. El rugido se alejó rápidamente, llevándose consigo la última chispa de esperanza.
Elena se quedó sola, ciega, descalza, y sin una gota de agua, en medio de la nada.
El pánico se convirtió en terror. La oscuridad de la noche, que para ella era constante, se hizo más profunda, más fría.
Sintió un miedo primario, un terror que nunca antes había conocido.
Las lágrimas brotaron, invisibles para ella misma, pero reales, calientes, rodando por sus mejillas arrugadas.
Intentó gritar, pero su voz se quebró.
"¡Mis hijos! ¡Mis hijos!", sollozó, arrastrándose a tientas.
Entonces, un sonido rompió el silencio. Un ladrido. Luego otro. Y otro más, cada vez más cerca.
Un grupo de sombras, grandes y amenazantes, se movía entre los árboles, directo hacia ella.
Eran los perros callejeros del pueblo, conocidos por su ferocidad, por sus ojos brillantes en la oscuridad.
Elena, indefensa, pensó que ese era su final. Su corazón se encogió.
Lo que hicieron esos perros por ella, lo que revelaron sobre la lealtad y la crueldad, dejó al pueblo entero sin palabras, y a muchos, con una vergüenza profunda.
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