El Paseo al Abismo: Lo que los Ojos Ciegos Vieron y el Corazón Sordo Ignoró

El Pacto Silencioso Bajo la Luna
El primer ladrido fue grave y resonante, un eco en la noche que hizo temblar a Doña Elena hasta los huesos. Luego, otros se unieron, una sinfonía de gruñidos y ladridos que se acercaban con una velocidad aterradora.
"¡Ay, Dios mío!", gimió Elena, intentando retroceder, aunque no sabía hacia dónde.
Se acurrucó en el suelo frío, las manos temblorosas cubriendo su rostro, esperando el dolor, el fin.
El olor a animal, a tierra húmeda y a algo salvaje, la envolvió. Podía sentir la respiración caliente de las criaturas muy cerca.
Un gruñido bajo, profundo, resonó justo a su lado.
Pero el ataque no llegó.
En cambio, sintió un hocico húmedo y frío rozar su mano. Luego, una lengua áspera lamer suavemente su palma.
Elena paralizó su respiración. ¿Qué estaba pasando?
Con lentitud, bajó las manos. El miedo no había desaparecido, pero la curiosidad, una chispa de ella, empezaba a crecer.
"¿Hola?", susurró, su voz apenas un hilo.
Un suave gemido respondió. No era agresivo. Era... ¿triste?
Estiró su mano temblorosa de nuevo. Sintió el pelaje grueso y áspero de un perro. Grande, sin duda.
Lo acarició, con una cautela infinita. El animal se frotó contra su mano, un gesto que en otras circunstancias habría sido tierno.
De repente, un suave empujón en su espalda. Otro perro.
Y luego, sintió algo más. Un objeto frío y liso fue puesto con delicadeza en su mano.
Lo tanteó. Era una piedra. No, no una piedra. Era un hueso. Un hueso pequeño, limpio.
Los perros no la estaban atacando. La estaban... ¿alimentando?
La incredulidad se mezcló con una desesperada esperanza.
A medida que la noche avanzaba, Elena descubrió que no eran feroces depredadores, sino un grupo de almas errantes que, por alguna razón incomprensible, habían decidido protegerla.
Eran cinco perros. Un pastor alemán mestizo, grande y protector, al que Elena mentalmente llamó "Guardián". Una perra pequeña y ágil, de pelo negro azabache, a la que imaginó como "Sombra". Y tres cachorros, más pequeños, pero ya con la fiereza de la calle.
Guardián se acostó a su lado, su cuerpo caliente un bálsamo contra el frío cortante. Sombra trajo más cosas: una manzana medio mordida que encontró en algún lugar, un trozo de pan seco.
Elena comió con lágrimas en los ojos, no de tristeza, sino de una gratitud abrumadora.
"No entiendo... ¿por qué me ayudan?", murmuró, acariciando la cabeza de Guardián.
El perro lamió su mejilla, como si entendiera.
Los días se convirtieron en una lucha por la supervivencia. Los perros la guiaban. Guardián siempre iba delante, Sombra se quedaba atrás, y los cachorros trotaban a sus lados.
Aprendió a distinguir el sonido de sus pasos, el sutil roce de sus cuerpos.
La llevaban a pequeños arroyos para beber, a arbustos con bayas comestibles. Dormían a su alrededor, formando un círculo protector.
Mientras tanto, en el pueblo, la ausencia de Doña Elena no pasó desapercibida.
Manuel, su nieto, un joven de corazón noble, fue el primero en sentir que algo andaba mal. "Las tías dicen que la abuela se fue de viaje con una amiga", le dijo a su esposa, Sofía, con el ceño fruncido. "Pero la abuela nunca se va sin avisarme."
Sofía asintió, compartiendo su inquietud. "Y esas tías... Isabel y Laura... siempre han sido muy interesadas."
Manuel fue a casa de su abuela. Las nueras estaban allí, con rostros de falsa preocupación.
"Manuel, qué sorpresa", dijo Isabel, intentando sonar natural. "Tu abuela se fue de viaje. Un poco de descanso, ya sabes."
"¿De viaje? ¿A dónde? ¿Con quién?", preguntó Manuel, la voz tensa. "La abuela no tiene amigas que viajen."
Laura intervino, con una sonrisa forzada. "Oh, sí, una vieja amiga de la infancia. Quería que fuera una sorpresa."
Manuel las miró fijamente. Conocía bien la frialdad en los ojos de sus tías.
"Quiero ver la habitación de la abuela", exigió.
Ellas titubearon, pero no pudieron negarse.
La habitación de Elena estaba extrañamente ordenada. Demasiado ordenada. Faltaban sus cosas más personales, su foto favorita de él, su pequeño rosario.
Pero Manuel notó algo. Un pequeño sobre, escondido bajo el colchón.
Lo abrió con manos temblorosas. Dentro, una carta.
"Mi querido Manuel", comenzaba la letra temblorosa de su abuela. "Si lees esto, es porque ya no estoy. Sé que tus tías tienen planes para mi pensión. Me han amenazado. Si algo me pasa, busca a los perros del sendero viejo. Ellos saben."
La última frase lo heló. "¿Los perros del sendero viejo? ¿Qué significa esto?"
Manuel salió de la casa con la carta en la mano, el corazón martillándole el pecho.
"¡Mintieron!", gritó, enfrentando a Isabel y Laura. "¡Ustedes le hicieron algo a mi abuela!"
Las nueras palidecieron. "¡De qué hablas, Manuel!", exclamó Isabel, intentando recuperar la compostura. "Estás delirando."
Pero Manuel no las escuchó. Salió corriendo, la carta arrugada en su puño.
Fue directo a la policía, pero lo miraron con escepticismo. "Joven, su abuela es adulta. Puede haberse ido."
"¡Pero está ciega! ¡Y tenía miedo de ellas!", insistió Manuel.
Solo un viejo detective, el Sargento Ramos, que conocía bien a Doña Elena, tomó su historia en serio. "Muéstrame esa carta, muchacho."
Cuando Ramos leyó la carta, sus ojos se abrieron de par en par. "Los perros del sendero viejo... ¿dices?"
Mientras tanto, Doña Elena, guiada por Guardián, Sombra y los cachorros, había llegado a un viejo y abandonado cobertizo. Un refugio precario, pero mejor que el cielo abierto.
Se acurrucó con los perros, el calor de sus cuerpos una bendición.
De repente, escuchó un sonido. El sonido de un motor de coche, acercándose. Y luego, voces.
Voces humanas.
Los perros se pusieron alerta, gruñendo suavemente. Guardián se interpuso entre Elena y la entrada.
Elena sintió un nudo en la garganta. ¿Eran las nueras? ¿Habían vuelto para asegurarse de que no quedaran rastros?
El sonido de pasos se hizo más fuerte. Los perros tensaron sus cuerpos.
"¡Abuela! ¡Abuela Elena!", gritó una voz familiar, llena de desesperación.
Era Manuel.
El corazón de Elena dio un vuelco.
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