El Perro Leal Reveló la Traición y el Plan Secreto por la Herencia Millonaria justo en el Altar

El silencio que siguió a la revelación de la jeringa fue ensordecedor. Sofía no podía creer lo que veían sus ojos. Una jeringa. En su vestido de novia. Apuntando a su pierna. ¿Qué significaba eso? Su mente intentó procesar la imagen, pero era demasiado surrealista, demasiado grotesca para ser real. Miró a Marcos, buscando una explicación, una negación, cualquier cosa que desmintiera la pesadilla que estaba viviendo. Pero la expresión en su rostro, ahora completamente desprovista de su encanto habitual, era de pura frialdad. Una máscara de furia y frustración.
"¡¿Qué demonios es esto, Marcos?!", la voz de Sofía apenas era un susurro, pero resonó con una fuerza inquebrantable en el absoluto silencio de la iglesia. Los invitados, antes meros espectadores, ahora eran testigos horrorizados. Algunos se levantaron de sus asientos, otros susurraban con incredulidad.
Marcos intentó recuperar la compostura. Dio un paso adelante, su mano extendida. "Sofía, mi amor, no sé de qué hablas. Max debe haber encontrado algo, es solo una broma de mal gusto, te lo aseguro". Su voz era demasiado suave, demasiado controlada. No había sorpresa, no había indignación. Solo una calma calculada que heló la sangre de Sofía.
Pero Max no le dio tregua. Con un ladrido potente, que ya no era un gruñido sino una clara advertencia, el perro soltó el vestido y se interpuso entre Sofía y Marcos, mostrando los dientes al hombre que segundos antes iba a ser su dueño. Era una barrera viva, peluda y feroz.
"¡Max, fuera!", exclamó Marcos, su voz elevándose, perdiendo la fachada de calma. La gente en los primeros bancos, familiares de Sofía, comenzaron a levantarse. Su tía Elena, una mujer de carácter fuerte, se acercó con el ceño fruncido.
"Marcos, ¿qué está pasando aquí?", preguntó Elena, su voz grave. "Esa jeringa... ¿qué es lo que tiene Sofía en el vestido?".
Marcos se giró hacia ella, una sonrisa forzada volviendo a su rostro. "Tía Elena, por favor, es un malentendido. Algún niño ha debido dejar un juguete. Sofía está nerviosa, es el día de su boda...".
"¡No estoy nerviosa! ¡Y esto no es un juguete!", Sofía interrumpió, su voz cobrando fuerza. Con manos temblorosas, desenganchó con cuidado la jeringa del vestido. Era aún más pequeña de lo que parecía, diseñada para pasar desapercibida. El cable finísimo que se conectaba a ella se perdía en el forro interior del vestido, un trabajo de costura impecable que sugería una planificación meticulosa. "Esto... esto es un dispositivo de inyección. Mira, el cable va hacia arriba, hacia el corsé. Alguien lo cosió ahí".
Un murmullo de horror recorrió la iglesia. El sacerdote, atónito, se acercó al altar. "Joven Marcos, ¿puede explicar esto?".
Marcos palideció. Miró a Sofía, a Max, a la multitud de caras acusadoras. La máscara se le cayó por completo. Su mirada se posó en la jeringa que Sofía sostenía, y un pánico genuino, no fingido, apareció en sus ojos. "¡Suelta eso, Sofía! ¡No sabes lo que haces!".
Pero Sofía ya había visto el líquido. Era incoloro, pero su instinto le decía que no era agua. Max, a su lado, seguía gruñendo, su cuerpo tenso, listo para atacar.
"¿Qué hay en esta jeringa, Marcos? ¿Qué me ibas a inyectar? ¿En el día de nuestra boda?", la voz de Sofía temblaba de furia, no de miedo. La traición era un golpe más doloroso que cualquier veneno.
Marcos se quedó en silencio, sus ojos buscando una salida, una excusa. Pero no había ninguna. El plan había sido descubierto, y su fachada se había derrumbado por completo.
Fue entonces cuando un hombre de traje oscuro, que Sofía no había visto antes, se abrió paso entre la multitud. Llevaba un maletín de cuero en la mano y una expresión seria en el rostro. "Disculpen la interrupción", dijo con voz firme. "Soy el Dr. Alejandro Vargas, toxicólogo forense. Fui contratado para examinar el contenido de esa jeringa, si Sofía me lo permite".
Sofía lo miró, confundida. "¿Usted... fue contratado? ¿Por quién?".
Antes de que el Dr. Vargas pudiera responder, la tía Elena dio un paso al frente, su rostro una mezcla de tristeza y determinación. "Fui yo, Sofía. Tenía mis sospechas sobre Marcos. No confiaba en él, no desde que tu abuela te dejó la herencia. Y Max... Max ha estado actuando extraño cada vez que Marcos se acercaba a ti. Su instinto animal es más fiable que cualquier palabra".
La palabra "herencia" resonó en la iglesia como un trueno. Los invitados se miraron, conectando los puntos. La herencia millonaria que la abuela de Sofía le había dejado hacía solo seis meses. Una fortuna considerable que incluía propiedades, acciones y una vasta colección de joyas antiguas.
Marcos, al oír la palabra "herencia", se encogió. Su rostro se puso aún más pálido. "¡Esto es una locura! ¡Una conspiración contra mí! ¡Tía Elena siempre me ha odiado!".
"No te odio, Marcos", respondió Elena con calma, aunque sus ojos brillaban con furia. "Solo veo a las personas como son. Y tú no eres quien dices ser. Contraté al Dr. Vargas hace semanas, después de que Max empezara a mostrarse tan agresivo contigo. Algo no encajaba. Y luego, el incidente con el vestido de novia...".
"¿Qué incidente?", preguntó Sofía, el rompecabezas empezando a encajar en su mente.
"El sastre llamó", explicó Elena. "Dijo que Marcos insistió en hacerle un "retoque especial" al dobladillo del vestido, y que la forma en que lo hizo le pareció extraña. Se negó a dejar que el sastre supervisara el trabajo. Me alarmé. Le pedí al Dr. Vargas que se preparara. Max no te dejó salir de casa esta mañana, ¿verdad? Te detuvo en la puerta con el vestido puesto".
Sofía recordó. Max había bloqueado la puerta, gruñendo al vestido, no a ella. Había tardado veinte minutos en sacarlo de la casa. Era una advertencia. Siempre había sido una advertencia.
El Dr. Vargas se acercó a Sofía. "Permítame, señorita. Necesito analizar esto con urgencia". Con guantes, tomó la jeringa con extremo cuidado. "Si mi hipótesis es correcta, el contenido es un potente sedante de acción rápida. Lo suficiente para dejarla inconsciente en cuestión de minutos. Y el cable... el cable está conectado a un pequeño detonador remoto. Alguien planeaba inyectarle esto en el momento oportuno, sin que usted se diera cuenta".
Las palabras del toxicólogo fueron como puñales. Sofía retrocedió, su mente mareada. Marcos, al ver que su plan se desvelaba por completo, hizo un movimiento brusco. Intentó huir. Pero Max, siempre vigilante, se lanzó contra sus piernas, derribándolo al suelo con un gruñido feroz.
La gente gritó. El caos estalló en la iglesia. Los familiares de Sofía se abalanzaron sobre Marcos, mientras otros intentaban calmar la situación. Sofía, con la jeringa en una bolsa de pruebas que el Dr. Vargas le entregó, se dio cuenta de la magnitud de la traición. No era solo un sedante. Era el inicio de algo mucho peor, algo que involucraba su fortuna, su libertad y quizás su propia vida. La herencia millonaria que creía suya estaba en el centro de una conspiración que se había desvelado de la forma más brutal e inesperada posible.
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