El Pescador que Desveló el Testamento Oculto del Millonario Secuestrado

La revelación de Don Arturo me golpeó como una ola fría. No era solo un rescate; era el inicio de algo mucho más grande, más oscuro. Mi pequeña cabaña, mi refugio de paz, de repente parecía vulnerable, expuesta. ¿Qué significaba "no soy el único"? ¿Y un testamento, una herencia? Yo solo quería volver a mi tranquila vida de pescador.
"¿Qué... qué quiere decir, Don Arturo?", pregunté, mi voz también un susurro, como si temiera que las paredes de mi humilde morada tuvieran oídos. Habíamos logrado llegar a mi cabaña, él apoyándose pesadamente en mi hombro, sus piernas aún débiles. Lo senté en mi única silla, cubriéndolo con una manta raída. Su traje de alta costura, ahora empapado y sucio, contrastaba brutalmente con la sencillez de mi hogar.
Él miró a su alrededor, sus ojos escaneando la habitación, como si buscara algo, o a alguien. "Están buscando algo, Mateo", dijo, usando mi nombre sin que yo se lo hubiera dicho. Supuse que lo habría oído en las noticias. "Algo que está en mi testamento. Pero no el oficial, el que todos conocen. Hay otro. Un codicilo secreto. Y no se detendrán ante nada para encontrarlo."
Mi mente intentó procesarlo. Un magnate, secuestrado por su propia herencia. "¿Quiénes son 'ellos'?", inquirí, el miedo apoderándose de mí. "¿Su familia? ¿Socios de negocios?"
Don Arturo suspiró, un sonido pesado, cargado de dolor y traición. "Mi sobrino, Ricardo. Siempre ha sido ambicioso. Y mi mano derecha, el abogado Fonseca. Pensaron que estaba muerto. Que nunca nadie encontraría el segundo testamento."
"¿Un segundo testamento?", repetí, incrédulo. "¿Por qué un segundo?"
"Porque el oficial... el público... dejaba la mayor parte de mi fortuna, mis empresas, mi querida mansión de la Sierra, a Ricardo. Él esperaba ser el dueño absoluto. Pero hay una cláusula, Mateo. Una condición que yo puse. Y un beneficiario inesperado en el codicilo secreto. Alguien que ellos no quieren que reciba nada."
"¿Y quién es ese beneficiario?", pregunté, la curiosidad luchando contra el temor.
Don Arturo dudó, sus ojos se nublaron. "Mi hija. Sofía. La que di en adopción hace más de cincuenta años. La que nadie en mi familia sabe que existe. La que nunca he conocido. Quería que ella, y no Ricardo, fuera la verdadera heredera de mi legado si algo me pasaba. Pero Ricardo y Fonseca descubrieron la existencia de ese codicilo. Y el miedo a perder la fortuna, a perder la mansión, el estatus... los volvió locos."
La historia me dejó sin aliento. Un secreto familiar oculto durante décadas, ahora desenterrado por la avaricia. "¿Y los otros?", recordé, la voz de Don Arturo resonando en mi cabeza: "No soy el único...".
"Mi secretaria, Elena. Y mi jardinero, Miguel. Ellos sabían dónde estaba la clave para encontrar el codicilo. Eran leales. Intentaron advertirme. Por eso los secuestraron también. Los tienen en algún lugar... por la zona de mi antigua finca de caza, creo. Un lugar aislado. Ricardo solía ir allí de joven."
El peso de la responsabilidad me abrumó. No podía ir a la policía sin poner en peligro a Elena y Miguel. Pero no podía quedarme de brazos cruzados. Mi moral, forjada en la sencillez y la honestidad, no me lo permitía.
"Necesitamos un plan, Don Arturo", dije, sintiendo una determinación que no sabía que aún poseía. "Tenemos que encontrarlos."
Los días siguientes fueron una mezcla de tensión y planificación. Don Arturo, a pesar de su debilidad, mostró una mente aguda. Me contó detalles de su finca de caza, de los caminos ocultos, de las viejas cabañas que nadie usaba. Yo, por mi parte, conocía los senderos del bosque como la palma de mi mano. Había cazado y pescado allí toda mi vida.
La primera noche, Don Arturo me pidió que le trajera un viejo baúl que tenía escondido bajo un tablón suelto de su habitación en la mansión. "Ahí está la última pieza del rompecabezas", me dijo. "Un mapa. Una llave. Y la prueba irrefutable de que Ricardo es un ladrón y un secuestrador."
Me negué. Era demasiado peligroso. Ir a la mansión de un millonario, donde seguramente la policía ya estaba investigando, era una locura. Pero Don Arturo insistió. "Confía en mí, Mateo. Es la única forma de salvar a Elena y Miguel. Y de exponer a Ricardo. No le he dicho esto a nadie. Solo a ti."
Sentí el peso de su confianza. Mi corazón latía con fuerza. A la mañana siguiente, antes del amanecer, me puse mi ropa más vieja, camuflándome en la oscuridad del bosque. Me dirigí a la mansión Valdés, un enorme complejo de piedra y cristal que se alzaba sobre una colina, visible desde mi cabaña. La idea de irrumpir en la propiedad de un millonario me parecía absurda.
Me acerqué con cautela, usando los arbustos como cobertura. La mansión estaba extrañamente silenciosa. No había coches de policía, solo un par de guardias de seguridad que patrullaban con lentitud. Me escabullí por la parte trasera, por donde Don Arturo me había indicado que había una puerta de servicio que él solía dejar sin llave.
La adrenalina corría por mis venas. Mis manos temblaban, pero no por el reumatismo, sino por el miedo. Abrí la puerta con un chirrido apenas audible. El interior de la mansión era un laberinto de lujo y oscuridad. Los muebles cubiertos con sábanas, el aire denso y frío. Subí las escaleras, cada crujido de la madera resonando en el silencio sepulcral.
Llegué a la habitación de Don Arturo. Una suite opulenta, con vistas al río. Busqué el tablón suelto bajo la alfombra persa, tal como me había indicado. Mis dedos encontraron el hueco. Tiré, y el tablón cedió. Debajo, había un pequeño compartimento secreto. Y dentro, un baúl de madera de ébano, no más grande que una caja de zapatos.
Lo abrí. Dentro había un mapa antiguo, un juego de llaves ornamentadas, y varios documentos sellados con un lacre rojo. En la parte superior, una fotografía en blanco y negro de una joven sonriente, con un bebé en brazos. Sofía. La hija secreta.
De repente, un ruido. Un golpe seco en el piso de abajo. Mi corazón dio un vuelco. Me congelé. ¿Me habían descubierto? ¿Era Ricardo? ¿Fonseca? El silencio volvió, pero la tensión era palpable. Sabía que tenía que salir de allí. Guardé el baúl y el tablón. Me dirigí hacia la puerta, mi mano en el pomo. Un escalofrío me recorrió la espalda. Sentí una presencia. Un susurro.
Y entonces, la voz de Ricardo, fría y calculadora, resonó desde el pasillo. "Sabía que volverías, viejo. O que enviarías a alguien. Ese testamento es mío." La puerta se abrió de golpe.
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