El Pescador que Desveló el Testamento Oculto del Millonario Secuestrado

La voz de Ricardo, helada como el acero, me paralizó. La puerta se abrió de golpe, revelando su figura imponente. No estaba solo. A su lado, el abogado Fonseca, con su rostro afilado y sus ojos pequeños y calculadores, me observaba con una sonrisa sardónica. Detrás de ellos, dos hombres fornidos, con el porte de matones profesionales. La trampa se había cerrado.

"El viejo Arturo siempre fue un sentimental", dijo Ricardo, avanzando hacia mí con lentitud, como un depredador acechando a su presa. "Creíste que podías burlarnos, ¿verdad, Mateo? ¿Que un simple pescador podría desbaratar años de planificación? Ese baúl... es lo que buscamos."

Mis manos se aferraron al baúl, mi único trofeo y mi condena. Intenté retroceder, pero uno de los matones me bloqueó el paso. El otro me arrebató el baúl con un tirón brusco. Ricardo lo abrió de inmediato, sus ojos brillando de codicia al ver los documentos y el mapa.

"¡Aquí está!", exclamó, con una euforia mal disimulada. "¡El mapa de la caja fuerte en la finca de caza! ¡Y la llave! ¡Y el estúpido codicilo!" Se rio, un sonido áspero y desagradable. "Ahora sí, la herencia es completamente nuestra. Y tú, viejo entrometido, vas a desaparecer como mi querido tío."

Fonseca, el abogado, se acercó, examinando los papeles. "Ricardo, esto es peligroso. El viejo pescador nos ha visto. Y si Arturo sigue vivo, todo esto se complica."

"Arturo está muerto", sentenció Ricardo con frialdad. "O lo estará muy pronto. Y este viejo... nadie lo echará de menos. Llévenlo con los otros. Que vea lo que les pasa a los que se interponen en mi camino."

Los matones me agarraron con fuerza, arrastrándome por el pasillo. Mi mente, a pesar del terror, funcionaba con la claridad de la desesperación. Tenía que avisar a Don Arturo. Tenía que salvar a Elena y Miguel. Mientras me arrastraban, vi el mapa que Ricardo había dejado caer en su prisa. Mi mirada se fijó en un detalle: un pequeño símbolo, casi imperceptible, en una de las esquinas. Un pez. El mismo símbolo que Don Arturo tenía grabado en un viejo reloj de bolsillo. Era una clave.

Me llevaron a una camioneta oscura y me metieron en la parte trasera, junto a los otros prisioneros. Y allí estaban: Elena, una mujer joven y asustada, y Miguel, un hombre corpulento, con la mirada perdida. Sus ojos se abrieron de par en par al verme.

"¿Don Mateo?", susurró Elena, su voz quebrada. "Nos han atrapado a todos."

"Don Arturo vive", les dije, mi voz intentando transmitir esperanza. "Lo saqué del río. Está a salvo. Y sabe dónde estamos. Tenemos que resistir."

Ricardo y Fonseca nos llevaron a la finca de caza de Don Arturo, un lugar remoto en lo profundo de la sierra. Era una antigua casona de piedra, rodeada de bosque denso. El mismo lugar donde Don Arturo había sospechado que estaban. Nos encerraron en el sótano, un lugar húmedo y oscuro.

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Mientras Ricardo y Fonseca se afanaban en encontrar la caja fuerte secreta con el mapa y la llave, nosotros, en el sótano, intentábamos urdir un plan. Les conté a Elena y Miguel todo lo que Don Arturo me había revelado: el segundo testamento, la hija secreta, la codicia de Ricardo.

"La caja fuerte está detrás de la chimenea del estudio principal", dijo Miguel, que conocía la finca como la palma de su mano. "Pero está blindada. Necesitarán el código."

"El código...", musité, recordando el símbolo del pez en el mapa. "¿Alguna vez Don Arturo les habló de un número especial, algo relacionado con un pez?"

Elena se iluminó. "¡Sí! Su número de la suerte. Siempre decía que el día que pescó un pez gigante en su río, el 12 de septiembre de 1968, fue cuando conoció a la madre de Sofía. Y el tamaño del pez... 68 centímetros. ¡120968! Ese es su número de la suerte, lo tenía grabado en su encendedor."

De repente, oímos pasos en el piso de arriba. Voces. Ricardo y Fonseca estaban frustrados. "¡No encontramos la caja fuerte!", gritó Ricardo. "¡El mapa es una trampa! ¿O es que el viejo pescador no nos ha dado el mapa completo?"

Una idea salvaje cruzó mi mente. Si no podían encontrar la caja, no podrían acceder al codicilo. Pero si Don Arturo venía, también estaría en peligro. Tenía que haber otra forma. Recordé que Don Arturo me había dicho que el codicilo era la "última pieza del rompecabezas".

En ese momento, la puerta del sótano se abrió. Ricardo bajó las escaleras, con el rostro enrojecido por la ira. "¡Hablen! ¡Dónde está la caja fuerte! ¡O juro que no verán la luz del día!"

Miguel, con una valentía inesperada, se interpuso. "Nunca te lo diremos, Ricardo. La fortuna de Don Arturo es para Sofía, no para ti."

Ricardo le dio un puñetazo, y Miguel cayó al suelo. Elena gritó. Mi corazón se encogió. El terror se volvió rabia. Ricardo se giró hacia mí. "Tú, viejo. Dime dónde está. O tu amigo morirá."

Levanté la vista, mis ojos fijos en los suyos. Sabía que Don Arturo no podía aparecer. Tenía que ganar tiempo. "El mapa que tienes... no es el único", mentí, esperando que mi voz no temblara. "Hay otro. Un mensaje oculto en la mansión. Solo Don Arturo y yo sabemos dónde está."

Ricardo dudó. Su codicia era su punto débil. "Llévame allí", ordenó, empujándome hacia las escaleras. "Si mientes, serás el primero en morir."

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Mientras subíamos, sabía que estaba caminando hacia una trampa, pero también que era la única forma de alejar a Ricardo de Elena y Miguel, y quizás, de darle tiempo a Don Arturo para actuar. Mis piernas flaquearon, pero mi mente estaba clara. La suerte de todos dependía de mí.

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El viaje de regreso a la mansión fue tenso. Ricardo me mantenía a punta de pistola, su ira apenas contenida. Fonseca, más pragmático, observaba con desconfianza. Los matones permanecían vigilantes. Mi corazón latía desbocado, pero intentaba mantener la compostura. Sabía que mi vida dependía de mi capacidad para engañar a Ricardo.

"¿Dónde está ese supuesto mensaje, viejo?", me espetó Ricardo al entrar de nuevo en la mansión. Las luces estaban encendidas, proyectando sombras largas y fantasmales.

"En el estudio principal", dije, señalando una puerta tallada en madera oscura. "Don Arturo siempre fue muy aficionado a los acertijos. El mensaje está oculto en una de sus colecciones."

Ricardo me empujó hacia el estudio. El lugar estaba lleno de libros antiguos, mapas y objetos de arte. Un escritorio enorme de caoba dominaba la habitación. "No hay nada aquí", gruñó Ricardo, empezando a revolver los estantes.

"Paciencia, Ricardo", intervine, mi voz más firme de lo que esperaba. "Es una adivinanza. Don Arturo adoraba la historia. Busca la 'llave de la sabiduría', la que abrió el mundo."

Ricardo y Fonseca se miraron, confundidos. Los matones empezaron a reírse. "El viejo está loco", dijo uno.

"¡Cállense!", espetó Ricardo. Se giró hacia mí. "¿De qué hablas, viejo?"

"La primera imprenta, Ricardo. El invento que cambió el mundo. Don Arturo tenía una réplica en miniatura. Y dentro, un microfilm. Con la verdadera ubicación de la caja fuerte y el código."

Ricardo y Fonseca comenzaron a buscar frenéticamente. Sabía que era una invención, una distracción desesperada. Pero la avaricia los cegaba. Mientras buscaban, mis ojos se posaron en el teléfono fijo del escritorio. Una oportunidad.

En un movimiento rápido, mientras Ricardo estaba de espaldas, empujando una estantería, me abalancé sobre el teléfono. Mis dedos temblorosos marcaron el número de emergencia que Don Arturo me había enseñado. "¡Policía!", grité, con la voz ahogada. "¡Estamos en la mansión Valdés! ¡Ricardo Valdés tiene a Don Arturo y a otros secuestrados! ¡Y un testamento secreto!"

Ricardo se giró, su rostro contorsionado por la furia. Lanzó un grito y se abalanzó sobre mí. El arma cayó al suelo. Forcejeamos. Fonseca intentó intervenir, pero uno de los matones, que había visto la pistola, se lanzó a recogerla.

En ese instante, la puerta principal de la mansión se abrió de golpe. Varios agentes de policía uniformados irrumpieron en la sala, armas en mano. Don Arturo, apoyado en uno de ellos, apareció en el umbral, su rostro pálido pero firme.

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"¡Manos arriba! ¡Policía!", gritó el agente al mando.

Ricardo se quedó petrificado, la rabia y la sorpresa luchando en su rostro. Fonseca intentó huir, pero fue interceptado por otro agente. Los matones, al ver la situación, soltaron las armas y se rindieron.

Don Arturo me miró, una mezcla de alivio y gratitud en sus ojos. "¡Mateo! Lo has hecho."

La policía arrestó a Ricardo y a Fonseca, junto con sus secuaces. Don Arturo explicó rápidamente la situación, la existencia del segundo testamento, la ubicación de Elena y Miguel en la finca de caza. Un equipo de rescate fue enviado de inmediato. Horas después, Elena y Miguel fueron liberados, ilesos pero traumatizados.

La noticia del rescate de Don Arturo Valdés y la revelación del complot por su herencia y el testamento secreto se convirtió en un escándalo nacional. Ricardo y Fonseca fueron acusados de secuestro, intento de asesinato y fraude. La justicia, aunque lenta, actuó.

Don Arturo, una vez recuperado, cumplió su promesa. El codicilo secreto fue validado. Sofía, su hija, fue localizada en una pequeña ciudad de provincias, viviendo una vida modesta, sin saber nada de su verdadera filiación. La reunión fue emotiva, un torbellino de lágrimas y revelaciones. Sofía, la verdadera heredera, se convirtió en la dueña de la fortuna, las empresas y la majestuosa mansión de los Valdés.

Yo, el viejo pescador, volví a mi cabaña. Pero mi vida nunca volvió a ser la misma. Don Arturo, en un gesto de profunda gratitud, me ofreció una recompensa. No acepté dinero. Le pedí algo diferente. Le pedí que invirtiera en la protección del río, en proyectos para limpiar sus aguas y preservar su ecosistema. Él, conmovido, aceptó de inmediato.

Además, Don Arturo me visitaba a menudo. Se sentaba a mi lado en la orilla, escuchando el murmullo del agua, compartiendo historias. Se había convertido en un amigo, un confidente. Y mi pequeña cabaña, que una vez fue un refugio solitario, ahora era un lugar de encuentros, de historias compartidas, de esperanza.

La codicia de Ricardo había desatado una tormenta, pero de ella había surgido una verdad oculta y una justicia largamente esperada. Y yo, un simple pescador, había sido el humilde instrumento del destino, demostrando que incluso en las aguas más tranquilas, se pueden esconder las corrientes más poderosas que cambian el curso de una vida. A veces, la mayor riqueza no se hereda, sino que se encuentra en los actos de valentía y la honestidad que el dinero no puede comprar.

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