El Precio de la Traición: Lo que mi hermana no esperaba encontrar en mi vida

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con mi hermana y mi prometido. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas.
La Sombra del Pasado
La copa de champán temblaba violentamente en la mano de Sofía. Gotas frías salpicaron su vestido de seda, pero ella no pareció notarlo. Sus ojos estaban fijos, desorbitados, en la entrada de la sala.
Mi corazón latía con una calma extraña.
Una calma que no había sentido en años.
Desde aquel día, seis años atrás, cuando Sofía, mi propia hermana, me robó a Ricardo, el hombre con el que iba a casarme.
Un hombre que, en aquel entonces, parecía tener el mundo a sus pies.
Millonario, carismático, el sueño de cualquier mujer.
Y ella lo había tomado.
Sin remordimientos.
Sin una sola palabra de disculpa.
Hoy, en el funeral de nuestra madre, el dolor de la pérdida se mezclaba con la punzada de su crueldad.
Su sonrisa de victoria, su anillo deslumbrante, sus palabras venenosas: "Pobre de ti, sigues sola a los 38. Yo conseguí al hombre, el dinero y la mansión".
Pero esa sonrisa se había borrado.
Su mandíbula se desencajó.
Sus pupilas se dilataron al ver a mi marido acercarse.
Y entonces lo reconoció.
No del todo.
Pero sí lo suficiente para que el pánico se apoderara de su rostro.
Mi esposo, Daniel, caminaba con una elegancia serena. Alto, con una presencia imponente que llenaba cualquier habitación. Sus ojos, de un azul profundo, transmitían una inteligencia aguda y una calma inquebrantable.
No era Ricardo.
Pero para Sofía, su aparición era casi peor.
Se detuvo a mi lado, su mano se posó suavemente en mi espalda baja, un gesto que me ancló.
"Amor, ¿está todo bien?", preguntó con una voz grave y tranquila.
Su mirada se posó en Sofía, que seguía muda, petrificada.
Sofía intentó balbucear algo.
Un sonido gutural escapó de su garganta.
"Tú... tú...", logró articular, señalando a Daniel con un dedo tembloroso.
Daniel le dedicó una sonrisa educada, casi imperceptible.
"Buenas noches", dijo, extendiendo una mano firme hacia ella. "Daniel Ferrer. Encantado."
Sofía no tomó su mano.
Retrocedió un paso, tropezando ligeramente con el borde de la alfombra.
"Ferrer", susurró, y la palabra se disolvió en el aire como un fantasma.
Sus ojos se movieron frenéticamente entre Daniel y yo.
Elisa, mi nombre, sonaba como un eco lejano en su mente.
Intentaba procesar lo que veía.
Intentaba darle sentido.
Pero la realidad que se le presentaba era una distorsión de todo lo que creía saber.
"¿Qué haces tú aquí?", preguntó Sofía, finalmente encontrando un poco de voz, aunque su tono era un hilo delgado de incredulidad.
Daniel, siempre sereno, me miró con una ceja arqueada, como pidiéndome permiso para responder.
Le di un apretón imperceptible en la mano.
"Él está aquí porque es mi marido, Sofía", le dije, mi voz clara y firme. "Te lo acabo de preguntar."
La frase la golpeó como una bofetada.
Sus ojos se abrieron aún más.
Un rubor violento subió por su cuello y se extendió por sus mejillas.
Era una mezcla de vergüenza y furia, una combinación explosiva que yo conocía muy bien.
En ese momento, Ricardo, su marido y mi ex prometido, apareció a su lado.
Había engordado un poco.
Las líneas de preocupación se habían acentuado en su frente.
Ya no tenía el brillo arrogante en los ojos que recordaba.
Se acercó a Sofía, su mano se posó en su brazo.
"¿Qué pasa, cariño? ¿Estás bien?", preguntó, su voz teñida de impaciencia.
Y entonces, sus ojos se posaron en Daniel.
Y la misma expresión de asombro y reconocimiento, aunque más sutil, cruzó su rostro.
Pero en Ricardo, no era pánico.
Era algo más cercano a una profunda incomodidad.
Un malestar que intentó disimular con una sonrisa forzada.
"Daniel Ferrer", dijo Ricardo, extendiendo su propia mano, esta vez con una falsa cordialidad. "Qué sorpresa encontrarte aquí. Mis condolencias por tu pérdida, Elisa. Y, eh, ¿cómo estás, Daniel?"
Daniel le estrechó la mano con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
"Bien, Ricardo. Y tú", respondió, su tono completamente neutral.
Pero había algo en la forma en que Daniel pronunció su nombre, una pausa apenas perceptible, que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
Sofía, recuperando algo de su habitual altivez, aunque con un temblor en la voz, intervino.
"Elisa, ¿desde cuándo conoces a... a Daniel?"
Mi hermana estaba desesperada por entender.
Desesperada por encontrar una fisura en mi aparente felicidad.
Una explicación que no la dejara a ella en desventaja.
"Desde hace un tiempo, Sofía", respondí, manteniendo la calma. "Nos conocimos de una forma un tanto peculiar."
Daniel me miró y una ligera sonrisa se dibujó en sus labios.
Una sonrisa que, de alguna manera, prometía una historia aún más compleja.
Sofía y Ricardo se intercambiaron una mirada rápida, cargada de una preocupación que no lograban esconder.
Era evidente que la presencia de Daniel Ferrer en mi vida, y como mi marido, era una pieza que no encajaba en su perfecto rompecabezas de triunfo.
Y apenas comenzaba el juego.
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