El Rancho del Olvido: Un Legado Envenenado y la Sombra de un Pasado Que No Era Mío

Las Sombras Que Reveló la Luz

La tela cedió bajo mi mano, revelando lo que ocultaba. No era un tesoro. Tampoco un arma. Era algo mucho más inquietante.

Debajo del paño, sobre la mesa de madera rústica, había una colección de objetos extraños, cuidadosamente dispuestos.

En el centro, un diario de cuero envejecido, sus páginas abultadas y manchadas. A su lado, una brújula antigua, con el cristal roto y la aguja inmóvil, apuntando al vacío.

Había también un mapa. Un mapa dibujado a mano de la región montañosa, con círculos rojos y símbolos indescifrables marcados en tinta descolorida.

Y una fotografía. Una vieja fotografía en blanco y negro de un hombre con una barba espesa y ojos penetrantes. Ramiro Vargas. Mi tío.

Su mirada parecía seguirme desde el papel. Una mirada cargada de una extraña melancolía.

Mi corazón dio un vuelco. No era solo un rancho. Era una caja de Pandora.

Tomé el diario con manos temblorosas. El cuero era suave y frío al tacto.

Lo abrí. Las primeras páginas estaban llenas de una caligrafía apretada, casi ilegible.

La fecha. Más de cincuenta años atrás.

Empecé a leer, descifrando cada palabra como si fuera un código ancestral.

El diario no hablaba de la vida cotidiana de un ranchero. Hablaba de la tierra. De sus secretos. De una "presencia" en las montañas.

Ramiro escribía sobre "la veta". No una veta de oro o plata, sino algo más etéreo, más oscuro.

"La veta de la memoria", la llamaba. Un lugar donde el tiempo se diluía, donde los ecos del pasado persistían con una fuerza sobrenatural.

Escribía sobre desapariciones. De personas que se perdían en las montañas y nunca más eran encontradas.

No eran accidentes. Ramiro estaba convencido de que la veta las reclamaba.

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"Son los olvidados", escribió en una entrada. "Aquellos cuyas historias fueron borradas, ahora atrapados en el eco de la sierra".

Sentí un escalofrío. ¿Qué clase de locura era esta?

Leí durante horas, la luz de mi linterna bailando sobre las páginas. El sol se había puesto por completo, y la oscuridad de la habitación era absoluta, salvo por el pequeño haz de luz.

El diario se volvía más y más obsesivo. Ramiro describía sus exploraciones, sus intentos de encontrar y comprender la veta.

Mencionaba a un "guardián". Una figura misteriosa que protegía la entrada a este lugar.

Y luego, una entrada me heló la sangre.

"Hoy, el guardián me visitó. Me advirtió. Dijo que la veta me reclamaría si no la dejaba en paz. Pero no puedo. Hay algo que debo encontrar. Algo que perdí".

¿Perdió? ¿Qué podía haber perdido en un lugar así?

Dejé el diario un momento. Mi mente giraba.

Esto no era la herencia de un tío excéntrico. Era la obsesión de un hombre, y ahora, la mía.

Miré el mapa. Los círculos rojos. Uno de ellos, el más grande, estaba marcado con una "X".

Y debajo, una pequeña nota con letra temblorosa: "Aquí está la entrada".

No podía creerlo. Mi tío, el hombre que nunca conocí, no solo me había dejado un rancho en ruinas, sino también la llave a su locura.

De repente, un crujido.

No fue el crujido de la madera vieja de la casa. Fue un sonido seco, como de pasos sobre hojas secas, justo afuera de la habitación encadenada.

Mi corazón se detuvo.

Apagué la linterna de golpe. La oscuridad me envolvió por completo.

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Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración.

Otro crujido. Más cerca. Luego un raspado suave, como algo rozando la pared exterior.

¿Había alguien ahí? ¿Alguien me había seguido?

Los nervios se me subieron a la garganta. Estaba solo, en medio de la nada, con la herencia de un loco y una presencia invisible acechando.

Recordé las palabras de Ramiro sobre el "guardián". ¿Era una persona? ¿O algo más?

El silencio volvió, pero era un silencio cargado de tensión.

Esperé, mi cuerpo tenso, listo para saltar.

Minutos que parecieron horas.

Nada. Solo el sonido de mi propia respiración agitada.

Lentamente, encendí la linterna de nuevo, el haz de luz tembloroso en mis manos.

La habitación seguía vacía, los objetos en la mesa, inalterados.

Pero la sensación de no estar solo persistía.

Salí de la habitación, cerrando la puerta con cuidado. No volví a encadenarla. Sentía que ya no tenía sentido.

Esa noche, no pude dormir. Me quedé en una de las habitaciones vacías, envuelto en una manta sucia, el diario de Ramiro bajo mi almohada.

Cada sombra, cada crujido del viento, me parecía una amenaza.

La idea de vender el rancho y huir se cruzó por mi mente. Pero algo me lo impedía.

Una curiosidad malsana. Una necesidad de entender.

Al día siguiente, con los primeros rayos de sol, decidí que no podía ignorar esto. Necesitaba respuestas.

Volví al diario, releyendo cada palabra, buscando pistas.

Ramiro había estado obsesionado con una leyenda local. La leyenda de los "espíritus del olvido", que se llevaban a aquellos que no eran recordados.

Y una de las entradas hablaba de una cueva. Una cueva oculta, que era la verdadera entrada a la veta.

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El mapa. Volví a él. La "X" marcaba un punto en las cimas más altas y remotas de las montañas.

Un lugar donde nadie se atrevería a ir.

Pero yo sí.

No tenía nada que perder. O quizás, tenía todo que perder.

Me preparé. Tomé una mochila vieja que encontré en la casa, la llené con agua, algo de comida enlatada, la linterna, y, por supuesto, el diario y el mapa.

El sol de la mañana era engañoso. El aire en las alturas sería gélido.

Mientras salía de la casa, volví a sentir esa mirada. Esa presencia.

Miré hacia los pinos que rodeaban la propiedad. Nada. Solo el viento moviendo las ramas.

Pero el escalofrío en mi espalda era real.

Empecé a caminar, siguiendo el sendero que marcaba el mapa.

El ascenso fue agotador. Mis músculos, debilitados por años de inactividad, protestaban.

Pero la adrenalina me impulsaba. La promesa de una verdad, por terrible que fuera, me arrastraba hacia adelante.

Horas de caminata. El paisaje se volvía más salvaje, más inhóspito.

Los árboles eran más viejos, retorcidos. Las rocas, más afiladas.

Y entonces, lo vi.

Una formación rocosa imponente, como una garra gigante que se alzaba hacia el cielo.

Y en su base, oculta por la vegetación densa, una oscuridad. Una boca.

La cueva.

El aire se volvió frío, denso. Un olor a tierra húmeda y a algo más... algo rancio, antiguo.

Mi corazón latía con fuerza. Este era el lugar. La entrada a la veta.

Saqué la linterna. El haz de luz se perdió en la negrura de la cueva.

No había vuelta atrás. Había llegado demasiado lejos.

Di el primer paso.

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